«Vergel», por Yamila Bêgné

Hay una mujer sentada en una silla con apoyabrazos cromados. El metal está frío. Ella lo siente en las manos. Los dedos envuelven los dos tubos de metal, como si fueran el único punto de apoyo en el universo. La espalda descansa en el respaldo. Hay eso. Detrás de ella no se sabe qué hay. Ella nada más escucha una voz que le dice que cuente, que cuente la historia sin darse vuelta.

Ella lleva puesto un camisón deshecho, desplumado en los bordes. Es de mangas cortas, por debajo de los hombros. Algunos hilos sueltos alcanzan a tocarle los codos, pero son nada más tirones de tela. De largo, le cubre un poco las rodillas. Pero si la mujer se mueve se le destapan y quedan expuestas, puntiagudas, la derecha llena de cascaritas endurecidas, entre rojas y anaranjadas.

Detrás, ella no sabe qué hay porque no puede darse vuelta. Una voz le dice que cuente la historia, pero sin girar. No mires para atrás, le dice. A ella le parece que la voz es grave, que suena como adentro de un túnel. No gires, le dice de nuevo. Y entonces ahora la voz le suena aguda, aunque no sabe decir muy bien cuál es el cambio o por qué se da o si el tono nuevo tiene algo que ver con la frase. Simplemente, la voz le parece más finita, filtrada, la mitad de la misma voz.

El pelo de ella, lacio, está desatado pero no suelto, sino armado en gajos que se le pegan a la cara y al nacimiento de la espalda. Ella se lo despega de las orejas y de las mejillas. Cuando se toca la cara, se imagina un gesto suyo de hace mucho tiempo, de cuando era chica y vivía muy lejos, en un lugar donde parecía que el viento era lo único que definía el espacio. El viento y el olor de los limoneros. Eso y ninguna otra cosa. Y se acuerda también de un gesto de cuando era un poco más grande y caminaba por las veredas de una ciudad que quedaba ya un poco más cerca, caminaba por las veredas y miraba vidrieras, vestidos de flores en verano, o sacos con estampados en invierno, y botones inmensos. Se acuerda de eso: los botones grandes en los sacos, grandes y pocos, dos o tres, que estuvieron de moda en algún momento. Se imagina o recuerda esas imágenes cuando se saca el pelo de la cara y se toca la piel.

La voz empieza a hablar cuando el sol cae todavía en diagonal. Ella ve la luz en el techo y desde las ventanas que dan al patio. La voz le dice que empiece ya a contar la historia. Ella mira cómo la luz del sol pega en las baldosas del patio y piensa que, en algún punto, sería hasta mejor que ese patio no existiera. Sería más congruente que fuera todo paredes y espacio interior. Tendría más sentido. Pero no. Hay un patio. Y el patio además tiene tres macetas con plantas. Ninguna tiene flores, pero están verdes y vivas. Hay también una canilla y una sola reposera. A la reposera empieza a darle el sol oblicuo y ella escucha que la voz habla de nuevo. Que cuente la historia, que empiece ahora, le dice. Y que nunca se dé vuelta.

Ella mira el patio. Se sienta derecha, despega la espalda del respaldo y empieza a hablar. La historia que tiene que contar es breve y la palabra de arranque le resulta fácil. Había, dice. Mientras pronuncia, recuerda el modo escrito de la historia, esta historia una vez estuvo en un papel, piensa, y se acuerda de haber escrito ella misma una hache, y después una a y una be larga que le salía siempre muy alta en el rulo de su cursiva, y después una í, con la tilde, y otra a, redonda y casi sin patita. Se acuerda de la hache, sobre todo, ahora que la pronuncia y no la siente en la lengua. El papel tenía renglones y la birome era nueva, ella la había comprado ese mismo día más temprano, se acuerda de eso. Dice había, entonces, y sigue con una vez. Había una vez.

En el patio las plantas no se mueven, hasta parece que escuchan muy atentas. Que siga, dice la voz, porque ella se queda callada un segundo, como si no supiera cómo seguir, como si no quisiera. Entonces la voz le pide y ella sigue. Había una vez una chica y un chico, y este es el día en que se van a conocer. Así de rápido la historia pasa de un pasado lejano a un presente absoluto que será todo lo que habrá porque esta es la historia del momento en que un chico y una chica se ven por primera vez. Ella toma aire y el relato sigue en su voz. La voz de atrás, por varios minutos, se deja de escuchar. Ahora habla solo ella y siente que su propia pronunciación se acerca cada vez más a ser perfecta en los tonos, en las modulaciones, en los altos y bajos de las frases. El sol sigue rebotando en el patio, de maceta en maceta, y los sonidos se espesan cuando salen de la boca de la mujer, flotan solos. Había una vez una chica y un chico, y este es el día en que se van a conocer, y nosotros vamos a verlos moverse en su mundo de papel como se mueven los actores en escenarios invisibles. Este y no otro es el momento; ahora mismo va a ocurrir. Ella se llama Ana y viene caminando por una peatonal céntrica de una ciudad importante. Ana mira el piso y después vuelve a mirar arriba y lo ve a él. Él se llama Leo y también viene caminando por la peatonal. De hecho, los dos caminan sobre la misma exacta línea de baldosas, aunque no lo sepan. Leo levanta la vista y la ve a Ana. Se ven por primera vez.

La mujer desprende los dedos de los apoyabrazos metálicos. Se saca el pelo de las mejillas y siente, debajo de la piel, algo que pulsa. Mi carne que late, se dice, pero sin decirlo en voz alta porque eso no está en la historia. Antes de seguir, piensa en Ana y en Leo y en cómo se los imaginó cuando escribió la historia. Era verano en su imaginación, y los dos iban con ropas muy livianas, y la primera vez que se miraban era para ellos un frente de viento ideal, de la misma temperatura que sus cuerpos. La mujer se sienta más derecha en la silla. Atrás de ella, en lugar de hablar la voz tose. Entonces ella se agarra de nuevo de los apoyabrazos y vuelve a la historia. Mientras habla, mira hacia el patio. Ahí el tiempo pasa solo para las plantas, o para las baldosas, que reflejan los rayos del sol. Para el patio, ella no existe. Piensa y habla a la vez, y en su cabeza son dos actividades muy distintas: la de la boca, que articula, y la del pensamiento, que postula imágenes o lógicas o frases para ella sola.

Es casi mediodía en la peatonal y la gente sale de los edificios para el almuerzo. Ana y Leo quedan un poco tapados el uno para el otro, porque las personas pasan y se cruzan. Pero Leo esquiva cuerpos y vuelve a ver a Ana y los dos sonríen. Ahora Ana y Leo están más cerca y pueden ver que la sonrisa de cada uno se parece mucho a la del otro. Sonríe finito, piensa Ana de Leo. Sonríe suave, piensa Leo de Ana. Y están mucho más cerca que hace un segundo. Hay silencio. La mujer deja de hablar y baja la cabeza. Se mira las rodillas. Le parece que las cascaritas están mejor hoy. Si no se las arranca van a cicatrizar bien. Eso piensa, pero casi no termina de pensarlo porque la voz de atrás ahora habla. Seguí, le dice, seguí la historia. Entonces ella se pone los mechones de pelo detrás de las orejas y ya está preparada para hablar de nuevo y terminar.

Ana ve que Leo avanza y Leo ve que Ana está cada vez más cerca. De repente, para ellos, el resto de la calle desaparece. Desaparece todo. Están, como en un vacío, solo ellos dos, que se miran y quedan uno enfrente del otro. La mujer dice uno enfrente del otro y se mueve en la silla, se acomoda. Está inquieta, como si alguna parte de su cuerpo no estuviera enteramente ahí, como si una pierna, o un brazo, o un párpado o una uña hubiera quedado en otro lugar y ahora ella empezara a notar la ausencia. Se mueve, la mujer, y desde atrás la voz le dice que ni se le ocurra darse vuelta: No te des vuelta. Terminá la historia.

La historia está cerca del final y, mientras intenta seguir contando, la mujer se pregunta qué habrá detrás de ella. Se lo pregunta para adentro justo cuando Ana y Leo están muy cerca pero todavía no del todo juntos. La historia llega a ese punto y la mujer se mueve y se pregunta cosas. Se imagina su propio cuello girando de a poco, se imagina que llega a darlo vuelta por completo, que tiene los ojos enfocados atrás y que los abre y ve. A veces lo que ve en su imaginación no es más que una cama desarmada. Otras, piensa que ve un cuadro con barcos y con un mar en la pared de atrás. Y otras veces piensa que si logra girar va a ver a Ana, o a Leo, o a los dos juntos, felices y como en otra dimensión.

No te des vuelta. Terminá la historia. Entonces la mujer deja de moverse, se queda quieta en su silla. Agarra los apoyabrazos entre los dedos y termina la historia de un solo tirón de palabras. Las pronuncia con la boca inmensa, como si las frases que dice solo tuvieran vocales abiertas, y como si las comas y los puntos y los espacios y los silencios dejaran de ser posibles. Entonces Ana le dice a Leo: pienso que me tenés que dar un beso ahora. Y Leo se lo da, muy suave, tan suave que es como si estuviera hecho de vapor. El beso se acaba y Ana y Leo se miran mucho y se saludan. Hola, se dicen. Yo me llamo Ana. Y yo me llamo Leo. Y de algún modo un poco extraño, uno que no conocen del todo pero que sí intuyen por completo, saben ahora que cada una de sus vidas importa mucho para la vida del otro. Se miran de nuevo y la peatonal vuelve a aparecer, entera, en cada detalle, y brilla y tiene sonidos y risas y las palabras de la gente que empieza o termina de almorzar. ¿Vamos?, le pregunta Ana a Leo. Vamos, responde él. Y ese, de ahora en más, es el planeta donde van a vivir los dos.

La mujer cierra la boca de un golpe seco. Las muelas se chocan entre sí y los labios quedan sellados de una sola vez. Ve que en el patio el sol pega un poco más perpendicular sobre las baldosas y que parece que va a ser un día sin nubes. Afloja los dedos y suelta los apoyabrazos. Ahora la mujer reclina toda la columna en el respaldo, intenta estar más cómoda al menos por dos minutos. Suspira. Quiere no pensar nada. Esos dos minutos son de ella y no quiere pensar en ninguna cosa exterior. Ni siquiera en Ana y ni siquiera en Leo. Ellos dos están bien, se dice, están bien sin mí. Ahora no voy a pensar en nada, ninguna imagen, ninguna palabra. Y cierra los ojos y el patio desaparece con las macetas y la reposera, y adentro de la mujer todo está en blanco. El camisón queda inmóvil porque ella no se mueve; las rodillas están juntas, una presiona a la otra y parece que se pincharan entre sí. Dos minutos. No más que eso. No va a ser más que eso.

De nuevo, dice la voz desde atrás. Entonces ella abre los ojos, se pone derecha en la silla, se acomoda el pelo y envuelve los apoyabrazos con las manos. Empieza a hablar. Había una vez, dice, y después vuelve a contar la historia de Ana y de Leo, una historia de cómo se conocen dos personas que van a quererse. Ellos se ven, se dan un beso y van a estar juntos. Esta vez la historia es levemente más corta o levemente más larga porque ella se movió más o se movió menos sobre la silla, o porque estuvo un poco más cerca o un poco más lejos de darse vuelta. Terminá la historia, no te des vuelta. Ella la termina: y ese, de ahora en más, es el planeta donde van a vivir los dos, dice la mujer. Cierra los ojos, descansa dos minutos. De nuevo, escucha que le dice la voz: Contá la historia de nuevo.

© Yamila Bêgné | Del libro de relatos Los límites del control (Alto Pogo, 2017)

Yamila Bêgné | Argentina, 1983

Se licenció en Letras y obtuvo una Maestría en Escritura Creativa. Es autora de los libros de relatos Protocolos naturales (2014), El sistema del invierno (2015) y Los límites del control (2017). Ha participado en antologías como Una terraza propia. Nuevas narradoras argentinas (2006), El tiempo fue hecho para ser desperdiciado. Antología urgente de nuevos narradores argentinos (2011) y La frontera durante (2014). Recientemente publicó la novela Cuplá (2019).

Foto de autora: Umar Timol

Foto de encabezado: Tyler Casey en Unsplash