«Sobre la arena, bajo la piel», por Ramiro Sanchiz

Se dijo después que había sido descubierta por los primeros pescadores en bajar a la playa, pero cuando la gente del pueblo corrió a ver lo que había traído la marea nadie declaró haber sido quien la encontró, como si el cuerpo gigantesco de mujer llevase sobre la arena días enteros y solo de pronto la población de Punta de Piedra hubiese reparado en que estaba allí.

Salvo por la cabeza ausente, en aquellos primeros momentos la mujer estaba casi intacta. El metal y el plástico asomaban aquí y allá donde había cedido la piel sintética, pero el cuerpo entero alcanzaba a imponer su belleza a la luz de la mañana. Era fácil imaginarla en funcionamiento, con el cabello color cobre articulándose sobre los hombros o las ranuras rubí de los ojos rompiendo la niebla sobre los cerros. Esos días habían sido de bajante, y la noche anterior el aire pesaba con la inminencia de una tormenta que nunca estalló. Algunos recordaron que los turistas de paso permanecieron más tiempo en el pueblo y los bares cerraron más tarde, las estrellas se dejaron ver pasadas las tres de la mañana y todo parecía diferente, como si se pudiera de pronto percibir las cosas con sentidos renovados. Quién sabe quién soñó, y qué, pues ninguna de las historias del día de la mujer varada dan cuenta de esos sueños: solo aparecen más adelante, cuando el cuerpo empezó a decaer y las grandes estructuras de metal se desplegaron hacia el cielo, más allá de toda forma humana.

Nadie sabe cuánto medía exactamente. Hay quien habló de veinte metros desde los pies hasta las clavículas; algunos dijeron cuarenta y no pocos doce, o quince.

Hacia el mediodía un grupo de niños (porque era sábado) jugaba a las escondidas sobre el tórax inmenso. Después agotaron los juegos conocidos e inventaron otros tantos, que solían implicar alguna forma de escondite. No es que abundaran los recovecos, pero las tetas se mantenían erguidas, rígidas en su simulacro. Fue la parte que menos resistió: por la noche se llevaron la piel y los pezones, dejando el armazón de metal a la vista. Quizás fue esa la causa (aunque, naturalmente, todos lo habían sabido al momento del hallazgo) por la que la visión de la gigante empezó a inquietar. Si durante el primer día Punta de Piedra había parecido de fiesta en torno al cuerpo, a lo largo de los siguientes se volvió más común encontrar excusas para no bajar, para quedarse en casa. Solo por las tardes se reuniría parte del pueblo ante el mar: en esas asambleas improvisadas, en las que no faltaban el fuego y los gritos, la circuitería intrincada de las tetas centelleaba con la luz de las llamas y pocos lograban fijar la vista en ellas por más de unos instantes. Incluso la herida enorme en lugar del cuello, con su caverna de acero y cables, parecía más tolerable.

Con la piel hicieron banderas, toldos, alfombras y cortinas, que cambiaron la cara del pueblo durante esos meses. Pero poco a poco la gente empezó a avergonzarse de aquellas superficies color caramelo: la textura satinada de los primeros días se había perdido hacía tiempo y era difícil mantener a raya los insectos y las larvas. Cualquier lugar húmedo donde se dejase mal doblado un pedazo de piel sintética terminaba por convertirse en una infestación de hongos o de bichos. Solo el sol mantenía a salvo algunos pedazos: los secaba hasta que parecían lino o pergamino y, curiosamente, servían para ahuyentar las moscas.

Los sueños empezaron con esos bichos y esos hongos. Los niños se contaban las visiones de la noche anterior en los recreos de la escuela y constataban, entusiasmados, que había lugares en común, una suerte de mapa onírico de Punta de Piedra, apenas diferente al pueblo real. Los adultos sufrieron pesadillas y ataques de sonambulismo, y empezó a volverse tabú hablar de los sueños. Solo a los niños más pequeños se les toleraban los relatos, pero todos se estremecían al encontrar imágenes en común, figuras que se repetían como si el pueblo completo fuese de alguna manera un durmiente único que se adentra en sueños a cada noche más nítidos y detallados. Siempre estaban los insectos, pero ya no eran exactamente criaturas vivientes sino tornillos, arandelas y engranajes articulados en maquinarias inmensas, grandes embarcaciones a vapor que además podían volar y recorrer la tierra, o fábricas de cuerpos humanos que avanzaban por una cinta transportadora hasta el lugar preciso donde se les acoplaba una cabeza.

Fue un alivio sentir que esa acreción nocturna empezaba a mermar. Se pudo hablar en confianza de estos temas cuando ya importaban poco: las imágenes se desdibujaron en recuerdos remotos o deseos triviales y pronto se volvió infrecuente dar con alguien capaz de recordar los sueños de los meses anteriores, que habían llegado a tocarse en un relato único y muy vasto (algunos, sin embargo, llegaron a escribirlo), paralelo al deterioro creciente del cuerpo en la playa.

No faltó quien dijera que aquella no era la primera vez que pasaba: ahí mismo, en Punta de Piedra, habían quedado varadas ballenas, calamares gigantes, pulpos monstruosos, delfines, toninas, marsopas e incluso un narval, cuyo esqueleto fue reconstruido con alambres y suspendido del techo del museo de historia. A los pocos años desapareció, sin embargo, aunque el cuerno adornaría la fachada de la iglesia matriz hasta el incendio y derrumbe que solo los más viejos recordaban.

En cuanto a las gigantes, dijeron, se sabía que habían recorrido la tierra miles de años atrás: pelearon guerras, montaron las bestias marinas, las subyugaron, las redujeron a la barbarie, reinaron durante siglos y, finalmente, desaparecieron. Federico, uno de los niños del pueblo, encontró en un sótano una enciclopedia que contaba la historia de los arqueólogos y aventureros que habían dado con sus restos: estos, confundidos con el paisaje, solían tomar la forma de grandes cavernas ocupadas por marañas de metal en las que apenas era posible reconocer lo que alguna vez fue un armazón de huesos. En otros casos se trataba de valles escondidos o lechos de ríos secos donde abundaban, como fósiles, los restos de circuitos capaces de replicarse, y en las regiones más remotas se hablaba de brazos completos con las manos abiertas y los dedos extendidos, levantados por los moradores de aquellos parajes a modo de advertencia.

Los niños no tardaron en abrirse camino hacia el interior del cuerpo. Posiblemente desmontaron primero la articulación del cuello y el gran canal de circuitos que en algún momento había conectado la cabeza, aunque también es posible que prefirieran otras vías de entrada. Pronto, de cualquier forma, habían vaciado buena parte del interior y excavado cuartos y salones, llevándose cables y placas al pueblo, donde los artesanos los convertirían en adornos y bisutería. Al principio pasaban las tardes jugando allí, después de la escuela, y era común encontrarse con padres y madres que se paraban al borde de la costanera y les gritaban que volvieran, que se hacía tarde, que salieran de allí porque había que ir a bañarse, comer y hacer los deberes. Se habló de una suerte de magia o espíritu presente en aquellos restos de circuitos, capaz de atraer a los niños como los flautistas de los cuentos o las criaturas que, de vez en cuando, aparecen en las afueras de los pueblos, al borde de los bosques, esas que, se dice, consumen la razón de aquellos que se atreven a tocarlas. Algunos días la escuela quedó vacía: solo un puñado de niños confundidos permanecía en sus pupitres, y no eran, se dijo, los más brillantes.

Cuando los padres prohibieron la bajada a la playa algunos de los niños se organizaron en una república, para resistir: pasaron noches enteras en el cuerpo ahuecado, alumbrados por linternas y por velas. Durante una noche especialmente fría intentaron prender una fogata, que dio cuenta, descontrolada, de la poca piel que quedaba en la zona del abdomen. Eso logró ahuyentarlos. A la mañana siguiente los padres tramaron un cerco y un sistema de vigilancia por turnos; duró poco, sin embargo, en gran medida porque muchos jóvenes y adultos bajaban a la playa después del atardecer para esconderse entre los pliegues del cuerpo y hacer el amor con sus parejas o masturbarse. Nadie quería ser testigo de este tipo de cosas, aunque todo el pueblo siguió con interés los relatos de orgías y desenfrenos.

Si bien las medidas de exclusión no se sostuvieron por mucho tiempo, con el tiempo los niños perdieron interés. Muchos de ellos temían a los trabajadores de otros pueblos (los que pasaban por vendimias o cosechas o esquilas y recorrían la región de zafra en zafra, en una vida nómade que los hacía buscar siempre refugios baratos en cavernas o en roqueríos donde pudieran montar campamentos protegidos del viento), que se las habían arreglado para reclamar el interior del cuerpo. Generalmente borrachos, ahuyentaban a los niños que pretendían ocupar su lugar entre cables y pedazos de metal. El pueblo, sin embargo, no los veía con malos ojos: gastaban su dinero en provisiones y compraban su comida a los pescadores locales. Cuando algunos empezaron a verse incapaces de hablar con claridad (o incluso, a todas luces, a enloquecer), pareció que esos extranjeros habían sido convocados espontáneamente a modo de escudo, para que nadie de Punta de Piedra debiera enfrentar semejante calamidad.

Una mañana llegó una comitiva de hombres y mujeres vestidos de verde, que portaban instrumentos y máquinas. Dijeron que iban a estudiar las piezas remanentes del cuerpo, a estimar su edad y sacar a la luz la memoria contenida en los circuitos. Como a todos los extranjeros, se los dejó hacer. Unos niños les preguntaron qué estaban buscando, y respondieron que querían asegurarse de que esos restos correspondieran a los de una cabeza encontrada meses atrás en otro pueblo de la costa. Esa noche se los vio entrar al cuerpo. A la mañana siguiente no quedaba rastro de ellos, pero hay quien cuenta que antes del alba abandonaron Punta de Piedra a toda velocidad, en grandes camiones cargados de pedazos de la gigante.

De todas las fotografías que fueron tomadas en aquellos días del cuerpo, la más célebre (y que, curiosamente, llegó a adornar oficinas administrativas y alguna que otra escuela de la zona) era la de los coxales, el sacro y las articulaciones femorales de la mujer, dispuestas nunca se supo por quién a la manera de un portal cubierto por una barba de cables que rodeaba el único resto de piel sintética que había resistido al deterioro. Fue el último juego de los niños, que bajaban a la playa cuando todavía había sol e improvisaban sus partidos de fútbol marcando los tantos con aquella estructura a modo de arco; otros, por supuesto, se divertían atravesando de un salto los labios mayores y menores de la vulva, que permanecía tensa en su armazón de metal (y todavía más grande) como una vela de pliegues pesados, la vasta entrada de una carpa de circo o, también, una tosca forma de tortura. Es posible, incluso, que durante temporadas enteras aquella estructura fuera transportada al recodo de la carretera que entraba al pueblo: Punta de Piedra comenzó su transformación final, dicen, con aquella vulva inmensa plantada a modo de portal.

Mucho después (y también es fácil encontrar en las ferias de los domingos las fotografías que los preservaron) los húmeros fueron dispuestos en cruz a las puertas del basurero de San Luis, a unos ochenta quilómetros de Punta de Piedra. El rastro de todas las piezas del cuerpo se perdió finalmente, pero no faltó en los años siguientes quien reportase haber dado con las rótulas, un fragmento de fémur o incluso el esternón, casi siempre adheridos a costados de edificios e integrados a tantas construcciones del mismo modo que, en otras épocas, podían verse barbas de ballenas en los techos de las iglesias, trilobites embaldozando las calles y grandes amonites en las fachadas de las casas.

No hay manera de saber cuánto duró el cuerpo más o menos entero ante el mar. Fueron muchas las veces en que las olas llegaron a tocarlo, clavado como parecía a la arena o la roca, y en sus junturas y articulaciones se multiplicaron las algas y las colonias de moluscos. Para entonces poco le importaba al pueblo la presencia de la gigante de metal, que había sido asimilada al paisaje de la costa como si se hubiese visto reducida en presencia y memoria a un viejo naufragio. Sin embargo, no faltaba quien entraba a lo que quedaba de aquellas salas y habitaciones excavadas entre los circuitos para arrancar alguna pieza de metal o cristal y convertirla en ornamento o amuleto. Algunos llegaron incluso a olvidar el origen de aquellos adornos, que los turistas compraban como recuerdos o artilugios pintorescos imbuidos de cierta magia débil y antigua. No tardaron en aparecer peregrinos, y después comerciantes que organizaban excursiones de devoción. Se hablaba del pueblo tocado por la última de las gigantes, se contaban historias de la mujer de metal que había salido de las aguas todavía en pie para derrumbarse en la arena de la playa (historias que no eran desmentidas, porque nadie estaba del todo seguro de recordar la aparición del cuerpo); entonces, como si hubiesen permanecido todo el tiempo ocultas en baúles o en armarios, las partes más bellas e intrincadas salieron a la luz, para cubrir fachadas, para articularse en altares y grandes esculturas. Toda Punta de Piedra se transformó: las viejas casas de pescadores, los pocos edificios de más de dos pisos de altura, la Matriz y la alcaldía, todo quedó irreconocible. Incluso la plaza mayor fue cubierta de figuras armadas con circuitos, y nadie entendía cómo era posible que hubiera tantos. No faltó quien aventurara la hipótesis más simple, la de la replicación de las propias partes, movidas todavía por las pautas de su funcionamiento. Se conocían casos similares, después de todo, y por eso no era nada extravagante pensar que un pueblo completo pudiera haber sido cubierto por circuitería en relativamente poco tiempo (aunque nadie sabía cuánto: aunque los niños que habían fundado su república ya tenían sus propios hijos y los padres que habían levantado aquel cerco habían muerto hacía años, era fácil recordar que todo había sucedido hacía uno o dos veranos o, más fácil todavía, que la llegada de la gigante había ocurrido en épocas remotas, no mucho después de la fundación de Punta de Piedra).

Se diría después que la historia de Punta de Piedra no es única y que, a lo largo de la costa atlántica, no han sido pocos los pueblos en cuyas playas quedaron varadas las gigantes. Es posible que en todos los casos el final haya sido el mismo, pues esa es la vida de los circuitos, que han de replicarse hasta cubrirlo todo, y no hay en ellos verdadera muerte o vida sino una desvida eterna o una muerte animada hasta el fin.

Fue una niña llamada Valeria la que empezó a introducir aquellas partes metálicas y cristalinas en su cuerpo. Circuitos que habían integrado el equivalente de un corazón o un tímpano fueron incrustados en las palmas de las manos, debajo de la lengua, en el ombligo, la mucosa vaginal o el recto. Y allí también se multiplicaron, como quién sabe cuántos años atrás los hongos y los insectos lo habían hecho sobre la piel sintética abandonada a la humedad. Esas primeras híbridas (pues así se hacían llamar) recorrían las calles enjoyadas de Punta de Piedra como esculturas vivientes: alargaban las terminaciones sensoriales en la punta de sus dedos para fundirse las unas con las otras brevemente y sentir el estremecimiento de la electricidad, breve y deslumbrante, bajo las miradas de los turistas.

No está claro qué fue de los hombres. Quizás había sido parte de la intención de los circuitos —o, dicho de otro modo, de los resabios de su funcionamiento— que terminaran asimilados y convertidos en cuerpos de mujeres.

No tardaron en fundirse unas con otras, las híbridas, y también a las esculturas, las casas y los edificios. Hacía tiempo que en Punta de Piedra no crecían árboles ni plantas: para entonces todo había sido tomado por el metal y el cristal. El pueblo completo centelleaba al sol como una joya única, inmensa y compleja.

Los últimos turistas reportaron que las fusiones se habían vuelto insoportables de contemplar: demasiado perturbadoras, decían, como si el proceso en sí hubiese quedado imbuido en alguna forma de terror: el retorno de algo horrible que los siglos y los milenios habían querido olvidar. Décadas más tarde Punta de Piedra se había convertido en un pueblo fantasma: el gobierno imperial decretó una zona de exclusión aduciendo radiaciones peligrosas que, sin embargo, pocos pudieron comprobar. Los relatos de viajeros que se acercaban a los límites del pueblo y terminaban arrojados a una desesperación suicida terminaron de zanjar la cuestión.

Con el tiempo, dado que la autoridad del imperio retrocedía una vez más, empezaron a aparecer aventureros que organizaban expediciones a lo que había sido Punta de Piedra: con todas las protecciones concebibles pasaban una tarde en la zona de exclusión, tras haber ingresado por mar o por carretera, en ómnibus inmensos blindados contra radiaciones que no existían. Se bajaban, entonces, enfundados en sus trajes protectores, y recorrían las calles desiertas. Las fotos que se tomaban posando junto a lo que quedaba de alguna de las esculturas o las fachadas todavía pueden encontrarse hoy, si se busca bien. Durante décadas fueron consideradas de mala suerte o mal agüero, y en el delicado ambiente ominoso que encierran acaso sea fácil entender por qué: si se mira con cuidado, todas las formas fotografiadas (e incluso, a veces, se da la ilusión óptica de que esos perfiles invaden a los visitantes) parecen replicar una mujer, acostada, con los brazos extrañamente tensos, rectos junto al cuerpo.

Incluso las imágenes de lo que fue Punta de Piedra tomadas desde aeronaves sugieren ese contorno: un cuerpo de mujer recostado contra el mar. Lo más curioso, o lo más inquietante, es que la mirada se posa invariablemente en la cabeza, zona de bordes difusos, estallada, espiral.

© Ramiro Sanchiz | De la antología Lo sintético. Narraciones sobre robots, seres poshumanos e inteligencias artificiales (Hal 9000 Editor, 2019)

Ramiro Sanchiz | Uruguay, 1978

Es narrador, crítico literario y traductor. Ha publicado diversas novelas, entre las que destacan El orden del mundo (2014; Premio Nacional de Literatura), El gato y la entropía #12 & 35 (2015), Las imitaciones (2016) y La expansión del universo (2018). Textos de su autoría han sido recopilados en El descontento y la promesa. Nueva/joven narrativa uruguaya (2008), Neues vom Fluss (2010) y Hasta acá llegamos. Cuentos del fin del mundo (2012). Blog: aparatosdevuelorasante.blogspot.com

Foto de autor: Mauro Martella

Foto de encabezado: Annie Spratt en Unsplash