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«Delicias nocturnas o breve perfil de un íncubo», por Mónica Bustos

El intruso se mete a la casa a las tres de la madrugada. Ella lo escucha desde su cama. Los vasos y las copas de cristal tintinean, es el mismo sonido que haría una ráfaga de viento atravesando el cristalero. Afuera se desata una tormenta, pero las ventanas están cerradas.

Cada cosa que hace el intruso provoca en ella un sueño lúcido. El intruso tuerce cuadros y voltea fotografías, así es dominada. Él se desliza por toda la planta baja como si fuera el dueño del lugar. Si ella pudiera levantarse a cerrar la puerta de su habitación, lo haría.

Los ojos de ella están abiertos, pero su cuerpo permanece dormido. Tiene una sensación extracorporal: se ve en la cama con los miembros entumecidos, dura como una tabla, rígida como un cadáver; el frío recorre su cuerpo y sus labios se pliegan hacia adentro dejando a la vista sus dientes torcidos y amarillentos. Su sonrisa grotesca refulge en la oscuridad, y cuanto más se mira, más se gusta. Es su rostro, pero no es su boca; no es su boca, pero sí son sus músculos faciales.

Una bola azul flota en la oscuridad.

―¿Vas a robarte algo? ―pregunta el bebé hermafrodita que nació ayer.

El parto fue duro y el recuerdo, intachable. El bebé siempre nació ayer. El bebé siempre no tuvo cura. Tenía un ombligo largo y con él tejió una colcha. O tejió una bola azul que flota en la oscuridad. El caso es que el bebé y la pelota siempre aparecen juntos, siempre.

La parálisis, el miedo, la hipersensibilidad; todo se le viene encima al mismo tiempo.

―¿Vas a comerte eso?

La voz es diferente, pero ella sabe quién es. No es el momento, nunca es el momento. Esta conversación ya la tuvo con su madre hace muchos años, no en este lugar.  El café era, y todavía es, amargo. El olor a huevo y placenta sigue en el aire. Ese olor podría paralizarte el corazón, porque es imborrable el recuerdo. Pudo o no pudo haber pasado, pero lo cierto es que sucedió. Pudo ser allá o en el otro lugar, sin embargo, ahora es aquí.

Su madre ha vuelto, ya no tiene el tumor, pero sigue siendo la muerte. Cuando todos se van, ella se queda. Invade, destruye y reemplaza. Esa mentalidad podrida, esos abrazos sucios. Esas ganas de arruinarle la vida; mientras ella, pobrecita, se suicida por obediencia, mata lentamente su voluntad, se olvida de ser libre.

―¿No lo has besado aún?

Lava los platos con guantes de acero. Piensa lo que no puede pensar, se desconoce en su propio reflejo. La escucha, pero solo se escucha a sí misma. Ella está en cama y a la vez lava los trastes limpios en la cocina. Quita la suciedad que nunca estuvo ahí y esa misma suciedad se mete bajo sus uñas, entonces ella toma un cuchillo y con la punta se levanta las uñas para lavarse con la presión del agua.

Sal de su mente, sal de su cama.

Muchos años atrás, ella no se casó. El tumor todavía no hablaba, ni la bola azul que flotaba en la oscuridad, ni nada de esto podía ser previsible y sin embargo ella no se casó. El novio compró un ajuar usado. Todas las huestes, todas, fueron a parar al manicomio. Su madre le dijo, todavía le dice, que el novio es un perro malo, que si se casa, ella se mata.

Sal de su mente, sal de su alma.

Ellos fueron a buscarla una madrugada, el hechizo estaba agotado, los días estaban contados. Uno, ocho, cincuenta, murmuró uno de ellos y todos se rieron. En ese momento los demonios se escaparon y durmieron en el ajuar de novia.

Hice cosas de las que no estoy orgullosa, dijo antes de hacerlo. Ahora está postrada en la cama sin poder dejar de recordar y las sombras espesas se abalanzan sobre ella; gimen, lloran, se vuelven azules y flotan. ¿Es este el recuerdo o es la vida que se le va? En ese caso, solo hablamos de futuro.

Lo siguiente que hizo fue preparar el ajuar funerario. Ellos no sabían con quién se estaban metiendo, nunca lo sabían. No sabían el daño que le estaban haciendo, nunca lo sabrán. Ella era hermosa, los candados no la cambiaron. Cuando era pobre, tenía gallinas mestizas en el cobertizo, con plumas negras o grises, eran flacas, eran feas: eran mestizas. Ella recuerda a las gallinas todo el tiempo, pero ¿adónde fueron a parar? Todas fueron al mismo lugar y ella de eso no se acuerda, pero sospecha que posiblemente todas estén muertas. Cuando siente dolor, piensa en todo lo que le hicieron y que en el fondo los candados no la cambiaron.

Una vez soñó que viajó a Chile, cruzó la cordillera con un ala delta. Lo triste es que la memoria no guarda gallinas, ni mares chilenos. La memoria mezquina y traicionera se aferra a la mierda. Embassy of the United States of America, estoy enfrente mientras pienso en estas líneas. El diablo le metió el dedo. La violó la muerte y le dio un hijo que era sueño. El diablo no puede tener hijos, pero engendra ángeles. El ala delta está abandonada en la Embajada de los Estados Unidos de América, nadie sabe a quién pertenece.

Sueñan con gallinas sin alas las personas que pueden volar. Sueñan con ángeles caídos las que ya no pueden volar.

Ella iba a tener un hijo al que iba a llamar Pablo, pero al final Pablo no era un buen nombre. No había un nombre adecuado para lo que ella iba a tener.

Los perritos iracundos salieron a morder a los judíos mientras las monjas se comían moscas tibetanas muertas, estaban todas envenenadas. A ella le dio epilepsia, era su madre la enferma, pero era ella la condenada, entonces los perritos iracundos, los judíos mordidos, las monjas y las moscas muertas, todos contaron una, dos, tres y el día de su cumpleaños le dieron una sorpresa: ella estaba embarazada y a su madre la cubrieron con una sábana.

El hombre empezó engañándola para no tener nada que ocultar después, pero con el tiempo terminó engañando a las amantes para poder acostarse con su mujer. La amó a pesar de que ella no tenía solución. La amó tanto que se enfermó.

Sus problemas no desaparecieron solos, también se llevaron las soluciones.

Ahora sí, su cuerpo regresa a la normalidad. Puede sentirlo no por la ausencia de dolor, sino por la diferencia en el dolor. La sangre ya no circulaba y ahora la carne tiene que volver a distenderse, pero parece que al cuerpo le cuesta volver a la normalidad. Lo primero que siente es que puede respirar, vuelve a ser consciente de su respiración, su pulmón está funcionando, ella es un ser vivo.

Sus seis sentidos vuelven a asumir esta realidad, regresan a este mundo. Lo primero que hace es ver e interpretar en dónde está, tarda un poco en darse cuenta de que es su habitación y que está sola en la casa. Eso le recuerda que hay un intruso abajo. Lo oye subir las escaleras. Es ligero, su movimiento casi suena a silbido. Al silbido del viento. Tiene calambres, pero debe ponerse de pie, debe ponerle llave a la puerta antes de que el intruso llegue hasta su habitación. Mover ese cuerpo es como mover troncos atados al cuerpo. Se pone detrás de la puerta y con mucho cuidado da vuelta a la llave. Ni siquiera respira para que él no la oiga. Espera detrás de la puerta, no tiene sentido volver a la cama. Se queda inmóvil. El intruso revisa cada habitación y ella lo sabe. Entonces, aún en la oscuridad y por detrás de la puerta, ella puede verlo: él está parado del otro lado. Su presencia le da escalofríos, la aterra tanto que ya no puede seguir así, el miedo la va a ahogar.

―¡Fuera de mi casa! ―grita con todas sus fuerzas, sin abrir la puerta, sin confirmar con sus ojos que realmente hay alguien ahí―. ¡Fuera! ―grita una vez más―. ¡Regresa por donde viniste!

Siente cómo el intruso retrocede: se aleja caminando hacia atrás, baja las escaleras de espaldas, se desliza por la casa buscando la salida —las copas y los vasos tintinean como si una ráfaga pasara a través de las cristaleras—, vuelve a la puerta cerrada, y sin hacer ruido, se va.


© Mónica Bustos | Relato inédito

Mónica Bustos | Paraguay, 1984

Nació en la ciudad de Asunción. Tras publicar su primera novela, León muerto, en el año 2003, publicó el libro de relatos Complejo de Bustos (2004). Su segunda novela, Chico Bizarro y las moscas, le valió el Premio Augusto Roa Bastos de Novela 2010. También ha publicado los libros El club de los que nunca duermen (2012), Novela B (2013) y Humberstone (2016). Sitio web: monicabustos.com

Foto de autora: Iván González Mejía

Imagen de encabezado: Doun Rain

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