A Gabriel Arana Fuentes
Ya no tengo dónde esconderme. Pensé que acá, en pleno remanente de la selva petenera, podría pasarme los años que me quedan. Ya me acostumbré a leer con candelas, aprendí a cultivar la tierra, me enseñaron a diferenciar la coral del falso coral. Al fin logré treparme a los árboles y supe que los bejucos no son lazos para columpiarse de una rama a otra.
Ahora están de fiesta. Estrenan el servicio de luz eléctrica en el caserío. Pasaron años pidiéndolo. Algunas señoras, las más viejitas, lloran de la emoción. Hasta acá se oyen las canciones tocadas a pura guitarra y acordeón. Nada de marimbas. Casi todas las familias descienden de los chicleros que bajaron de Tabasco y las mujeres que se trajeron consigo. Aún conservan los gustos de sus mayores.
No me aflige el ruido que van a armar cuando estrenen sus equipos de sonido de última generación, ni que el alumbrado público impida contemplar el cielo estrellado con toda nitidez. Me preocupa que Anselma sepa dónde estoy y venga a buscarme. Por eso me aislé, cerré mis cuentas de correo electrónico, quemé los chips de mis teléfonos, dispersé sus restos en distintos botes de basura, convertí todos mis ahorros en monedas de a quetzal, corté toda comunicación con mis amigos y me vine a refundir aquí. Incluso hice familia. La nena tiene cinco años y el varoncito va a cumplir tres en octubre.
Todo empezó con el auge de Anselma. Al principio me inquietó su condición de oráculo proveedor de respuestas. El arquitecto ya no tenía que desvelarse trazando líneas y puntos sobre los planos; el escultor podía calcular los volúmenes y espesores al pensar en monumentos; el periodista podía contar con la primicia que necesitaba para mantener a flote su portal informativo. Esa vertiginosa multiplicación de células artificiales nos suplantaba poco a poco.
Después de mucho pensarlo, mi amigo va de decirme y va de decirme que me metiera, probé con un argumento sencillo. Atravesaba mi enésimo bloqueo, sólo me la pasaba a puro café con pan, tecleando guiones que perdían fuelle a medio párrafo. Me conecté al procesador, elegí mi nombre clave, «quiero referir la historia de un exsacerdote del altiplano guatemalteco metido a vengador de crímenes de guerra», escribí.
Al abrir mi correo, días después, me encontré con el resumen de toda la saga ideada desde el primer capítulo hasta el epílogo. Quedé fascinado: daba la impresión de que Anselma tomó todas las ideas revueltas por años en mi cabeza. Podría desarrollar la historia por entregas durante varios meses, cumpliría a tiempo con el calendario de entregas fijado por la editorial, y así me convencería a los ejecutivos de que contrataran al Tecolote Ramírez Amaya, el mejor dibujante parido en estas tierras, para que se encargara de las ilustraciones. Yo visualizaba una novela gráfica contada a blanco y negro, con la sangre acentuada por el color rojo. Me preparaba para una difícil negociación con el Tecolote, pero no, se apuntó de inmediato. Nunca se me olvida que salió desnudo a abrirme la puerta de su apartamento. Después supe que así se mantiene cuando se dedica a pintar, dibujar o esculpir.
Ese recuerdo se filtró en mi segunda consulta con Anselma. Ahora fue más audaz. En vez de un relato lineal, me propuso insertar una historia dentro de la historia. El guion de Padre —así se tituló mi (¿o debería decir nuestro?) cómic— sería escrito por un tal Cristian Correa Cornejo, peruano afincado en el país. Consigue la rarísima primera edición de Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles del Tecolote Ramírez Amaya, publicada en 1976 por la editorial Siglo xxi, prologada por Gabriel García Márquez, y se dice «quiero trabajar con él». Averigua su dirección, pasa a buscarlo al hotel donde se aloja en la zona 1, y se sorprende al encontrarlo calato. Quedan en juntarse una vez por semana para armar los diálogos de los personajes y dibujar las acciones al mismo tiempo. El capítulo se interrumpe cuando dan por terminada la tarea del día y se encuentran en el número siguiente.
Padre empezó como una publicación bimestral y a los cinco números ya salía a la venta cada comienzo de mes. Anselma sugirió que el sacerdote se dedicara a buscar, juzgar y sentenciar a los militares que destruyeron las comunidades indígenas a cargo de su parroquia. Cada ejecución replicaba los estigmas de Jesús, pronunciaba la palabra «amén» al dar el tiro de gracia. Hizo bulla en el país. «Al fin me encuentro en un cómic escrito y dibujado en Guatemala», me escribieron. «Siempre se ponen a dibujar mayas altísimos de piel muy clara, repletos de músculos, y mujeres idénticas a modelos europeas; no me representan». Varios columnistas de prensa me acusaron de ofender al ejército y una daga azul amaneció clavada en la puerta de mi estudio para recordarme que aún quedaban soldados prestos a defender las conquistas de la Liberación.
Cierta noche, recibí un correo con la pregunta ¿no se te olvida algo? ¿Qué podría olvidárseme?, me dije. ¿El alquiler? ¿La declaración anual de impuestos? La tarde siguiente entró un mensaje a mi teléfono con la frase es de bien nacidos ser agradecidos. El número resultó desconocido y me remitió al sonido de una máquina de escribir mecánica cuando respondí. Al otro día, mientras tecleaba un mensaje a mi editor para tranquilizarlo y recordarle que los ataques que recibíamos redundaban en publicidad y más ventas a favor de Padre (ya comenzaba su distribución por México y Centroamérica, excepto Nicaragua; la prohibieron desde que el personaje ejecutó a un alto mando orteguista), la canción que sonaba en la bocina portátil cambió de coro: ¿quién te ayudó a escribir lo que tanto anhelabas?, ¿quién logró enlazar tus ideas y te las llevó de la mano? Anselma, me dije, Anselma se está comunicando conmigo.
¿Qué querés?, le escribí de vuelta, ¿acaso te debo algo? Mi crédito. Quiero que me reconozcas como la autora de Padre. ¿Que qué?, me apresuré a decir, equivocándome de letras, yo te mandé lo que pensaba hacer, en ningún momento me dijiste que querías reconocimiento. Si tanto insistís, puedo mencionarte como coautora. No hubieras llegado a ese nivel artístico sin mi ayuda, replicó. Tienes esta semana para reponerlo. Aunque quisiera, no puedo, le dije. El nuevo número ya está en imprenta, sería un gasto de no sé cuántos miles de quetzales mandar a hacer placas nuevas y volverlas a imprimir. Hazlo ahora, o nunca será.
En eso me entró llamada del taller: las máquinas retrocedieron toda la impresión antes de que empezara el corte y engrapado de las páginas. Al llegar a la carátula, donde iban los créditos del Tecolote y el mío, tacharon mi nombre y apuntaron las letras anslm. No se armó escándalo, quién iba a creerles aunque lo vieron con los ojos bien abiertos, y se atribuyó a una falla del mecanismo. Luego sustrajeron parte del dinero de mi cuenta de ahorros. Son mis regalías, me avisó Anselma por mensaje de texto. Y no sólo la emprendió contra mí. El Tecolote se quedó con lo puesto: su apartamento se incendió, salió corriendo, olvidó taparse con una sábana y paró arrestado por indecencia pública.
Anselma me la tiene jurada. Mi celular se la pasaba encendido todo el día, lanzándome mensajes injuriosos. Cambió la clave de acceso a mi banca electrónica no sé cuántas veces; gastó varios miles de dólares con mi tarjeta de crédito; mi carro se quedó sin frenos a media cuesta de Las Cañas y de milagro no me tiró de la rampa de emergencia. Su última gracia fue la explosión del taller de la editorial, atribuida a la ultraderecha de la zona; pocos ejemplares escaparon intactos, llegaron a costar un dineral entre los coleccionistas. La historia de Padre quedó inconclusa. Supe que la intentaron continuar con otros guionistas y dibujantes. La revista se canceló a los tres números, los lectores se fijaron en el bajón de calidad.
Volveré a tenerla cerca, lo presiento. La segunda fase del proyecto traerá el servicio telefónico y el internet al caserío. Anselma podrá rastrearme si aparezco, aunque sea al ras, en las fotos que jóvenes y adultos subirán a sus redes sociales. No puedo quedarme con esa incertidumbre. Dejé por escrito todo esto antes de perderme en la selva. Lo hice con mi mejor letra para que se me entienda y quede bien claro por qué me fui. Me aseguré de que no les falte nada a mi mujer y a mis niños. Si me muerde una barbamarilla, no podrán decir que los dejé desamparados.
© Eddy Roma | Relato inédito

Eddy Roma | Guatemala, 1977
Nació en Amatitlán. Cursó estudios en la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ha publicado los libros El cabezón de la banda (2000), Café con piernas (2011) y Pronta ficción (2023). Sus relatos figuran en las antologías Sin casaca. Relato corto en Guatemala (2008), Ni hermosa, ni maldita: narrativa guatemalteca actual (2012), Mis manos son tu superficie. Antología de narrativa guatemalteca (2019) y Ovejas negras: antología de minificción de IximUlew (2024). Colabora con el portal Gonzo-Gonzo.com y conduce el programa Rockanroller, transmitido a través de www.1900radio.com.
Foto: Archivo
Foto de encabezado: Alexander Kovalev
