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Cuento

«Un coro de ángeles», por César Santivañez

La primera vez que nació en el pueblo un bebé deforme yo tenía diecinueve años y todavía usaba la falda por debajo de las rodillas. Se llamaba Marcos. El niño tenía el hígado por fuera, y ya desde las pocas horas de nacido todos sabían que no viviría demasiado. Marquito murió al día siguiente, sumiendo a su madre en un mutismo traumático.

Las ocurrencias, como se les empezó a conocer a los nacimientos de niños con deformidades, se sucedieron en intervalos cada vez más breves. Al cabo de un tiempo, nadie sabe cómo, los pobrecitos se las arreglaron para seguir viviendo a pesar de tener todas las estadísticas en contra. Fue más o menos por aquella época cuando empecé a ayudar a mi madre en su labor de partera. Cuando recibía a uno de ellos en mis brazos para lavarlos, los pequeños desgraciados me sonreían con su boquita hecha una costra, o me tocaban con sus manitos de tres dedos. Yo los miraba mientras les pasaba la esponja con agua tibia, y pensaba que en su inocencia vivía Dios.

Las madres acudían a nosotras para ahorrarse el papeleo del hospital, y porque solíamos ignorar cualquier cosa que no tuviera que ver con el parto. De hecho, hacernos de la vista gorda era casi parte de nuestro trabajo. Las botellas de aguardiente debajo de la cama, el montoncito de cocaína en el velador. Incluso nos lo pensábamos dos veces antes de mencionar cualquiera de esos detalles en el confesionario, y en más de una ocasión llegamos a callar por mutuo acuerdo.

Hubo, sin embargo, un caso particular. Era el día de mi cumpleaños número veinte, y mamá había caído postrada en cama debido a un malestar general. Una mujer llamó por teléfono sollozando, diciendo que era una emergencia. Le dije que iríamos de inmediato. Cuando corrí al cuarto de mamá para avisarle, la vi tan débil que decidí callar y encargarme del asunto yo sola. Dije que iría a la playa con unos amigos, tomé el maletín con instrumental médico y salí en dirección al caserío más alejado del pueblo.

Ya en la casa me topé con un hombre mirando la televisión en una sala de estar, como si los gritos que provenían del final del pasillo no significaran nada en absoluto. También vi a un niño de trece años ebrio en la cocina. Había vomitado sobre sí mismo, y se miraba las manos con ojos vidriosos. Su camisa llevaba un dibujo de un cachorro jugueteando con una pelota de colores.

Asomé por la puerta del dormitorio al mismo tiempo que el bracito del bebé asomó por la vagina ensanchada. Sin perder un segundo saqué los instrumentos del maletín y los coloqué sobre la cama, a la vez que pedí un balde con agua tibia que una anciana trajo con desgano. Hice dos incisiones arriba y abajo del sexo de la madre. La sangre brotó, generosa. Recité varios salmos en voz baja, al tiempo que deslicé la mano hacia el interior de la mujer y tiré con cuidado del cuerpecito resbaloso.

Era la criatura más horrible que me había tocado tener en brazos. Incluso por debajo de la sangre podía verse su cabeza lisa y carnuda como un tumor. Carecía por completo de cabello, y tenía solo dos orificios en el rostro: uno que podía tomarse por nariz, y una boca que exhibía extrañamente los dientes completos. Su gran tórax indicaba una respiración dificultosa, y en lugar de piernas tenía dos apéndices pequeños y mal formados que asemejaban las alas de un ave desplumada. Por el rostro de la anciana, que resultó ser la abuela del recién nacido, sospeché que este había sido fruto de concupiscencia.

Recién entonces me percaté de la habitación en la que me encontraba. Las paredes estaban manchadas de heces y un hedor a semen y a comida podrida flotaba en el ambiente. Por lo demás solo estaba el catre de fierro donde la madre había dado a luz, una palangana y una cómoda de madera. La anciana me explicó que la madre era una enferma mental que la gente del pueblo conocía como Adita. Su hermano la ofrecía para satisfacer los deseos sexuales de los marineros que pasaban por La Serena, a cambio de unas cuantas monedas. Lo más seguro era que, en unos minutos, la abuela o el hermano terminaran lanzando a esa criatura al mar.

Volví a mirar al pequeño desgraciado, anhelando que la vida se apagara en él como en las primeras ocurrencias. Pero, al contrario, vi que sus manos se crispaban, intentando aferrarse al vacío. Aquel pequeño ser volteaba su cabeza hacia los lados, como reconociendo el espacio de una manera insólita. El niño se congraciaba con el mundo, a pesar de su mala estrella. De pronto vi nuevamente a Dios encerrado en aquella masa de carne. ¿Y si esa era realmente su imagen y semejanza?

Me desconocí. Hasta hoy creo que fui imbuida por algún espíritu bondadoso cuando le propuse a la anciana quedarme con el recién nacido. No fue necesario insistir demasiado.

Mi madre no tenía intenciones de levantarse de la cama, y así fue por varios días. Al parecer su malestar era más fuerte de lo que pensábamos. Eso me dio la oportunidad de acondicionar el cuartito de costura para nuestro nuevo huésped, sin levantar sospechas. Coloqué algunas mantas en una caja, a modo de cuna, y con los retazos de mis ropas viejas le confeccioné pañales. Por más que oré apretándome los pechos no conseguí sacar ni una gota de leche, así que terminé dándole un poco de la que mi madre, desde su habitación, me encargaba comprar para el desayuno.

El pobre desgraciado parecía estar al tanto de su condición. Apenas gritaba y, si lo hacía por hambre o sueño, se limitaba a emitir un chillido agudo, casi inaudible. Cuando lo escuchaba me albergaba un sentimiento de profunda paz. Le acariciaba la cabeza, que cada vez perdía más la delicadeza propia de los recién nacidos, y pasaba mis dedos por donde deberían estar sus ojos. Recién entonces me di cuenta de que tampoco tenía orejas.

Una noche tomé un frasco vacío de alcohol medicinal, salí de casa a hurtadillas y trepé hacia el interior de la iglesia, la única en toda La Serena. Caminé en medio de la oscuridad, entre los bancos y las imágenes de yeso, y llegué hasta la pileta de agua bendita. Llené el frasco con cuidado y lo llevé a casa. Tomé al niño en mis brazos, destapé el frasco y me dispuse a echar en su frente un poco de agua bendita. Él gritó, y cuando digo que gritó, no exagero. Era una voz casi de hombre, que me sobrecogió. Lo más probable era que el pequeño, mi pequeño, haya estado tan deforme por dentro como por fuera.

Me sorprendí cuando sus gritos se empezaron a mezclar con los de mi madre, que me llamaba entre sollozos. Dejé a Jeremías, así había decidido llamarlo, en su cuna. La ceremonia quedó inconclusa.

Ese día, cuando entré a trompicones a la habitación de mi madre, la vi sentada en su cama, sobre un pantano rojo. La sangre había empezado a emanar de su sexo sin previo aviso y a borbotones. Ella estaba en medio de un ataque de histeria, con las piernas abiertas debajo del camisón que se confundía en un mismo color con las sábanas y el edredón. Vi el miedo en sus ojos. El cuarto olía a carne descompuesta. Nos abrazamos, y en seguida la cargué y la saqué de la casa por la puerta trasera, rezando para que a Jeremías no se le ocurriera llamar la atención con aquel rugido horrendo.

En el hospital pasamos varias horas de angustia. Al final, el médico la constriñó a algunas semanas en cama, con reposo absoluto. Caí en cuenta que lo que tenía mi madre no era cosa de juego. Lucía pálida y apenas podía hablar, así de cuarteados y llagados tenía los labios. Parecía mentira que hacía unas semanas esa boca suya me había llenado de besos.

Ya era de noche cuando volvimos a casa. Entramos a la habitación y la senté de espaldas a la cama, para que no me viera cambiando las sábanas empapadas en su propia sangre. Ella no hizo ningún ademán de querer voltear. Luego fui a la cocina y le preparé un poco de leche tibia.

¡Leche! ¡El miedo a perder a mi madre me había hecho olvidar a Jeremías!

Corrí a la habitación donde ocultaba a la criatura. La encontré de cara arriba y con la boca abierta. Al instante le preparé un poco de leche, mojé en ella un paño y le introduje la punta en la boca. Repetí la operación hasta que mi niño estuvo saciado. Luego escuché, aliviada, el rugido. Mis oídos lo recibieron agradecidos. Sentí lástima por no poder compartir con nadie la maternidad que Dios me había regalado, pura y sin dolor.

Lo único que enturbiaba nuestra felicidad era la enfermedad de mamá. Pasaron algunos días más y ella siguió perdiendo sangre, si bien en cantidades menores. Todavía lucía demacrada, y cuando hablaba lo hacía casi sin fuerzas. La llevé dos veces más al hospital, pero los médicos no pudieron identificar el mal que la aquejaba.

A pesar de los reclamos de mi madre, tuve que tomar las riendas del negocio. Empecé a recibir las llamadas, y avisaba a las madres que solo yo iba a poder asistir el parto. Ninguna tuvo problemas. A fin de cuentas, con mi madre en cama, yo era la única partera del pueblo.

En la siguiente casa me recibió una mujer rubia y esbelta, con un vestido de organdí ceñido al cuerpo. En el interior, todo el decorado era blanco hasta la náusea. La mujer me dio una manzana, que fui comiendo a bocados grandes mientras me condujo hasta el ala de la casa destinada a la servidumbre. No me hizo falta preguntar en qué habitación iba a producirse la ocurrencia. Los gritos marcaron el camino.

El parto fue breve, pero el horror intenso. Cuando cargué a la criatura para enjuagarle el cuerpo, vi una masa oscura y viscosa asomando desde su ano. El pobre desgraciado había nacido con las entrañas vueltas hacia afuera. La madre empezó a chillar de pánico, y la mujer del vestido de organdí, que estuvo presente durante todo el proceso, la tomó del cabello y la arrastró fuera de la habitación. Al cabo de media hora volvieron ambas, muy dueñas de sí mismas. La mujer me pagó tres veces lo pactado y me dijo que me encargara del problema. El niño, gordo y rubio, empezó a reír apenas salimos de la casa. Sus intestinos manchaban las sábanas que lo envolvían.

Caminé a lo largo de la playa con el bebé en brazos. Me senté frente al mar. Siempre he creído que Dios se oculta en las profundidades. Y así, mi mente empezó a esclarecerse. Me di cuenta de que tenía contra mi pecho a la prueba viviente de la existencia de un Ser Supremo. No me cupo la menor duda de que mi camino era la santidad.

Entonces el horizonte me habló. De pronto comprendí el porqué de la enfermedad de mi madre. Ella no salvó a esas criaturas, ella decidió abandonarlas a su suerte. ¡Mamá estaba cumpliendo un castigo del que solo yo podía salvarla!

Me puse de pie y levanté a Pedro, así había decidido llamarlo, de cara hacia el mar. El sonido de las olas y el llanto del niño me llevaron a un éxtasis pacífico y silencioso.

            Cuando llegué a casa fui directamente a ver a mamá y le di un beso en la frente. Le mentí, diciéndole que los médicos habían encontrado la causa de su mal. Los ojos le brillaron, y yo agradecí al Señor en toda su dimensión. Antes de que pudiera seguir hablando, salí del cuarto y cerré con llave. Tuve que gritar más fuerte que ella para decirle que hacía eso por su bien. Ambas lloramos, cada cual de su lado de la puerta.

Las semanas siguientes fueron duras. Atendí cada llamada de trabajo. Era sencillo persuadir a las madres de que dejaran sus criaturas a mi cuidado. A veces les cambiaba a los niños por una botella de aguardiente o una bolsita de cocaína que ellas aceptaban gustosas.

A Jeremías y a Pedro se les sumó Magdalena, una niña preciosa, con un par de muñones en lugar de brazos. Días después llegó Santiago, quien tenía la complexión de un anciano, y la cuenca de uno de sus ojitos totalmente expuesta. La familia crecía, y la vida se complicaba. La leche no alcanzaba para todos, así que a veces los entretenía dándoles de beber manzanilla, o hasta mi propia orina.

Abrí una rendija en la puerta de la habitación de mamá. Le deslizaba la comida por ahí. Procuraba alimentarla con abundante carne y verduras. Dos veces al día recogía sus heces en una palangana, y era entonces cuando su llanto se hacía más difícil de soportar. A pesar del dolor en mi corazón, debía dejar que se recuperara por sí misma del castigo que Dios Todopoderoso le había impuesto. Yo estaba haciendo mi parte con los niños.

Al cabo de poco tiempo, las criaturas aprendieron a desplazarse. Sus ganas de vivir y de descubrir el mundo eran asombrosas. Inquietos como eran, me fue imposible seguir reduciéndolos a un espacio tan pequeño como el cuarto de costura. Al cabo de una semana los cuatro invadieron la sala, y empezaron a retorcerse como podían para meterse a los rincones y llamarme a gritos. Empezó a importarme poco que mamá los escuchara, y que me preguntara qué estaba pasando desde el otro lado de la puerta. Me hice más dura, y más optimista por cuanto veía que, a más grandes mis pequeños, mamá veía renovada su vitalidad. Bien dicen que los niños traen alegría a un hogar.

Yo por mi lado, dedicaba las tardes a hablarles a los niños acerca del reino de Dios. A Santiago la cuenca del ojito se le llenaba de pus, y cada tanto me veía obligada a limpiarlo. Cuando eso ocurría, Jeremías frotaba su cráneo calvo y liso contra mis piernas, como un cachorro. A Pedro le era más complicado moverse, pero me las había arreglado para colocar sus interiores en una bolsa que amarraba a su cintura con un poco de cinta adhesiva. Magdalena, mientras tanto, se deslizaba boca arriba por el piso y a veces dejaba un rastro de saliva que me causaba mucha gracia, dentro de lo que cabía. A pesar de estar rodeada de esos pequeños ángeles, no era fácil trabajar mientras cuidaba de ellos y de mi madre. Pero era consciente de que debía sobreponerme si quería ver a mamá sana otra vez. Tenía que aprender a sobrellevar la carga que Dios Padre había puesto sobre mis hombros.

Un día, llegó Satanás. Yo no estaba preparada. Tenía a Magdalena sentada sobre mis piernas, cuando sentí un calor bajando por mi vientre y esparciéndose por mi ropa interior. No me hizo falta ver para saber que aquello que mojaba mis muslos se trataba de sangre espesa. Vi pequeños coágulos cayendo al suelo, como sanguijuelas. El Enemigo reclamaba su territorio. No podía tolerar una madre de naturaleza incorrupta, y sin embargo yo lo era, y además una hija generosa. Grité salmos y loas, y me debatí contra el Maligno. Los niños huyeron a esconderse a su rincón mientras yo me golpeaba el vientre, el origen de todos los males.

Escuché la voz de mi madre, que me llamaba desde su habitación. Un golpe, dos golpes desde dentro, contra la puerta. Una parte de mí se sintió aliviada: mamá había recuperado sus fuerzas. Satanás, sin embargo, seguía reclamando mi cuerpo para sí.

Entonces los vi, y tuve la epifanía. Ahí estaban Jeremías, Pedro, Santiago y Magdalena, sufriendo el calvario de la deformidad. Eso era lo que los hacía salvos, lo que los acercaba a Dios en su infinita sabiduría. Sus pequeñas almas jamás serían corruptas, pues habían sido bendecidos con el don de la misericordiosa mortificación.

A trompicones cogí el maletín de trabajo. Tijeras, pinzas, fórceps, bisturí. Hice una primera incisión. A la par que el dolor aumentaba, el fuego que quemaba mi alma empezó a aplacarse. Satanás se replegaba.

La tarde ha quedado atrás, y ha dejado paso a una noche de luna llena. He despertado acurrucada en el suelo, en medio de una mancha pegajosa. Veo por un solo ojo. Tal parece que he obrado en éxtasis, y ya no logro reconocer mi propio cuerpo. Intento incorporarme, pero donde antes estaba mi pie derecho ahora hay un amasijo de carne que resbala al intentar apoyarlo contra el suelo. No me queda más remedio que arrastrarme. Me pregunto si causaré tanta risa dejando tras de mí este rastro de sangre, como cuando Magdalena se arrastra boca arriba y esparce su saliva por el suelo. La busco con la mirada, en el rincón de la sala, y ella reacciona. Se ríe. Los cuatro niños ríen al verme en el suelo, y han empezado a arrastrarse detrás de mí. Juntos, celebrando jubilosos como un coro de ángeles, vamos hacia la habitación de mamá, que permanece cerrada. Casi no puedo esperar para darle las buenas nuevas. Oigo su respiración agitada mientras con mi única mano útil saco la llave del bolsillo trasero de mi pantalón.

Abro la puerta.


© César Santivañez | De la antología El monstruo era el humano (Ed. Cthulhu, 2018)

César Santivañez | Perú, 1980

Escritor y guionista peruano. Panelista en conversatorios relativos a la ciencia ficción latinoamericana. Editor de las antologías de ciencia ficción Llaqtamasi (2021) y La Rivolta degli Oggetti (2023). Director de la revista Future Fiction Magazine en Español. Ha participado en antologías como Pacífica: crónicas atemporales de guerra (2021) e Hipernatura (2024). También es guionista de la novela gráfica Panóptica (2023).

Foto: Archivo

Foto de encabezado: Pawel Czerwinski

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