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«Cenizas de hueso», por Poldark Mego

—¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Digno de un emperador como yo!

«El traje nuevo del emperador»

Hans Christian Andersen


Querida Christie,

Quiero creer que esta misiva llegará a ti, como todas las anteriores que envié, aunque en todo el tiempo que llevo en la ciudad de la niebla nunca he visto ni un solo cartero o envío saliendo de la oficina postal, la cual parece deshabitada. Sin embargo, las cartas van a parar a algún lugar, pues los buzones son vaciados por seres que prefiero no describir para ahorrarte el horror que produce una imagen mental de esa naturaleza.

Me prometí escribirte cada vez que un paciente con alguna historia de las más aberrantes llegara a mi puerta con deseos de expiación. Sigo sin entender por qué soy un psicólogo en esta ciudad, o por qué recuerdo quién fui antes de llegar aquí… O ser convocado, como prefieras percibirlo. El punto es que ese es mi rol, y a mi puerta y a mi clínica llegan seres rotos que necesitan hablarme de sus demonios. Quiero creer que mi papel en Nowhere City es escuchar y ayudar, y quizá cuando asista a la persona adecuada podré salir por fin de la ciudad maldita.

El caso por el cual te escribo hoy es el de Billy Edwards. Billy fue el chef a cargo de la cocina del magnate de los negocios Frank Griffin, un hombre nefasto, dueño de todos los casinos del centro, además de unos prostíbulos clandestinos, los cuales funcionaban impunes gracias a sus conexiones en la alcaldía. Verás, querida Christie, se dice mucho sobre que las grandes ciudades corrompen a las personas, que la gente vive envenenada con deseos de venganza. En esas metrópolis el problema es que los anhelos pueden nunca hacerse realidad. Aquí, en Nowhere City, es quién o qué escucha y responde a esas plegarias corruptas.

Griffin pertenecía a la élite de esta tenebrosa ciudad. Miembro de un club selecto que se reunía una vez por semana en la mansión de cada integrante. ¿El motivo? Disfrutar de los manjares más exquisitos que el dinero pudiera comprar. Te sorprenderá saber que hacía mucho habían traspasado la filigrana de lo permisible, cayendo en conductas antropófagas. Para no enredarme, y es que me resulta repulsivo narrar esta parte de la historia —aunque después no se ponga mejor—, los prostíbulos de Griffin servían de granjas y mataderos para este retorcido club caníbal. Comprendo que la enajenación que provoca el poder motiva a cruzar todos los límites, porque se puede, porque una vida palaciega termina aburriendo al espíritu, que necesita reafirmar su posición de dominio para seguir sintiendo algún nivel de placer. La soberbia, querida Christie, es el pecado más extraño, pues solo ocurre cuando convences a alguien de que eres superior, aunque todo sea un espejismo.

La noche que Billy Edwards tocó a mi puerta llevaba bajo su abrigo un libro, tapa de cuero, cosido, sin portada ni relieves, era un bloque color negro poco más grande que mi mano; por dentro el titulo decía: Recetas. Era evidente que se trataba del recetario de Billy. Para mí fue imposible leerlo, estaba lleno de apuntes para cocinar diversas partes del cuerpo humano, las especias a usar, el vino para acompañar. Todo era exquisito y detallado. Retorcido y enigmático.

Edwards sostuvo el texto contra su pecho, y sus labios, temblorosos, comenzaron a narrar el motivo de su visita, la culminación de su venganza y su absoluta e inapelable resolución.

Billy Edwards necesitaba que Frank Griffin pagara por su arrogancia.

Aquí pasan dos detalles, querida Christie. Ya te había comentado, en ocasiones anteriores, que esta ciudad no es como cualquier otra. Aquí suceden cosas. No se trata de leyendas urbanas. Las calles y habitantes de Nowhere City responden a una oscuridad palpable, enigmática e indescifrable, que respira en la nuca de todos, mas sabes que si en la noche el miedo te hace gritar, esa pesadilla acudirá a ti como los lobos a la sangre.

Eso pasó con Billy Edwards, cansado del maltrato que su jefe le propinaba, las humillaciones, los denuestos, las injurias, las amenazas. Un buen día el chef llegó a casa abotargado de rabia y se desquitó con su esposa. Su pareja recibió todo el desprecio directo a la cara, hizo sus maletas y se fue. Nunca más supo de ella. Nunca, hasta que tocó el turno de la cena en el palacio de Griffin y sus buitres trajeron la materia prima. Edwards vio cómo su mujer era extraída de un saco mortuorio y depositada con delicadeza sobre la mesa de preparación. Le dijeron que la encontraron vagando por las calles, desarrapada y sin recuerdos. Obviamente desconocían de quién se trataba. Por su apariencia daba la impresión de ser alguien a quien nadie recordaría.

No imagino la terrible angustia que debió experimentar Billy, querida Christie, pero entiendo completamente el proceder del chef desde ese momento. Si algo te pasara a ti…

Billy me contó que, encerrado en el baño, llorando amargamente a su esposa, un deseo ingente y poderoso se ocupó de él. La venganza rozaba su sangre, sus labios, sus uñas arañando su rostro, sus lágrimas, cada órgano de su cuerpo. Sintió como si su alma se retorciera de dolor hasta no sentir nada, obsesión solamente, y en ese nuevo estado algo le respondió, algo le prometió que su deseo sería consumado a fuego lento, con severa exquisitez.

Lo que salió del baño ya no era el chef Billy Edwards, era una herramienta. Totalmente impertérrito cocinó el cuerpo de su amada para esa sarta de enfermos caníbales. Sazonó las carnes, maceró otras, acompañó con finas especias los intestinos y sirvió el corazón con una deliciosa salsa mezclada con las cenizas de los huesos —que fue lo único que incineró y almacenó celosamente en un recipiente. El platillo final rebosaba de una lujuria gastronómica; parecía incluso que el músculo cardiaco aún latía.

Aquella velada fue gloriosa. Inolvidable. Marcó un antes y un después en la rutina de la congregación. Los comensales, estirados señores y respingadas señoras de risas forzadas, quedaron embelesados con la maestría del cocinero, a quien observaron con curiosidad, extrañeza y deseo. Frank, por su parte, alimentó su ego con aquella dosis de envidia que se respiró en el salón por largo rato. Edwards me confesó que cuando preparó el cuerpo de su mujer se desconectó, fue como si algo tomara posesión de él y lo comandase para tratar los alimentos de una manera endemoniada. Quizá, querida Christie, no estaba lejos de la verdad.

La soberbia de Griffin se acostumbró rápidamente a ese nuevo nivel de placer, más aún cuando en los turnos en los salones de los otros miembros, ningún platillo llegaba a lograr el mismo orgasmo gastronómico que consiguió el chef Billy. Al punto que cuando se acercaba la fecha de la cena en casa de Frank, este fue muy específico en que la dinámica debía repetirse, es más, debía ser superior a la última experiencia, de lo contrario lo mandaría a azotar en público. Billy no sabía si esto era posible, sin embargo, bajó la cabeza y con total humildad se ofreció a superar el primer acontecimiento, pero para esto necesitaba un ingrediente especial.

Frank no escatimó en recursos para conseguir la materia prima solicitada. No importaron el dinero y los recursos que debió mover fuera de la ciudad para ello.

Cuando el club se volvió a reunir, Billy Edwards los recibió con un foie gras hecho con el hígado del hombre más obeso del mundo, un jugoso platillo acompañado de una reducción de oporto con ciruelas, entremezclado con la ceniza del frasco, y chips de higos deshidratados. La mano cirujana del chef había logrado un balance de sabor que hizo que varios de los presentes enmudecieran. Frank no pudo hinchar más el pecho porque su propia carne se lo impedía. Con sorna el dueño de casa confesó que lo que hacía especial al platillo eran dos cosas: que el ingrediente era único en su especie y que el toque que el chef le ponía a la salsa sobrepasaba cualquier lógica terrenal.

Esta vez las miradas y ansias de los presentes rayaban en lo extraño, parecía que aquellos poderosos señores estarían dispuestos a besarle los pies al cocinero si así lograban que les hiciera una miserable tortilla francesa.

Este es el vicio del que tanto te advierto, querida Christie, el vicio de la enajenación, cuando una experiencia supera tu umbral buscas más, deseas más, incluso si es contraproducente para ti mismo. Frank gozaba de una saludable soberbia, que lo consumía como un agresivo cáncer; sus congéneres en el club también sufrían de la misma enajenación, no podían esperar a que sea el turno en casa de Griffin; las demás cenas habían perdido total sentido, aquella carne sacrificada no representaba nada sino tenía el toque especial del chef Edwards. Cada bocado era recordado durante semanas y, en muchos casos, opacaba cualquier otra actividad.

En la tercera cena, Frank y su cocinero Billy recibieron a sus invitados con una terrina romana hecha de los pulmones del nadador más veloz del mundo, un medallista olímpico, estos fueron picados y cocinados con una mezcla de hinojo, el ingrediente especial, y portobellos finamente tratados, acompañados con un exquisito Syrah siciliano. Una delicia que escurrió saliva por las comisuras de los presentes. El aroma terminaba siendo casi sexual y la recompensa que el ego de Frank recibió fue afrodisiaca.

Pronto las esperas para los encuentros se redujeron. El club, por regla, debía pasar por cada integrante, pero todos deseaban llegar a la mansión Griffin. Las visitas pasaron de ser semanales a cada cuatro días, así la rueda giraba más rápido. Nadie explicaba cómo si usaban la misma materia prima, el chef de Frank lograba cocinar exquisiteces que sobrepasaban placeres sexuales, cada bocado humedecía la entrepierna de las damas y los hombres se tocaban frenéticamente sus miembros durante el postre. Edwards, por orden de su amo, jamás revelaría sus secretos; solo quedaba subyugar la voluntad, aparentar y comer.

Billy conjuraba un platillo perfecto con cada nueva receta. Sabía que su alma estaba condenada desde que preparó a su esposa para aquella sarta de animales, así que ya no tenía nada que perder; su motivación era el único consuelo y combustible. Querida Christie, el tormento en la eternidad es insignificante para aquellos que en vida han logrado, al menos por un instante, la satisfacción de la venganza.

Para el siguiente turno, Frank se mostró pedante cuando la bandeja fue servida. Su sonrisa lujuriosa despertó al ver cómo sus invitados se obnubilaban con el aroma que despedía el crujiente de sesos. Era la masa encefálica de un genio ajedrecista, una promesa rusa de dieciocho años. El platillo de sesos empanizados a fritura profunda con el secretillo, acompañado de una guarnición de vegetales de estación y una reducción de chiles y vinagre, les hacía estallar los sentidos a los presentes. Los paladares quedaron prendidos de los platos, incluso algunos no tuvieron reparos en lamer todo lo que aún guardaba la esencia de la comida. Eran perros ansiosos, desesperados y patéticos.

Esta bestial actitud se repitió en una nueva reunión en la casa de Frank, esta vez fue un platillo doble, pues se empezó con un consomé con decenas de ojos de sobrevivientes del Holocausto, lo que esos ojos vieron le dio al platillo un aura única, etérea. El plato central fue una parrilla usando los preciosos senos de actrices porno idolatradas, estos habían sido laminados para asemejar un baby beef, con sal gruesa y pimienta negra; sin olvidar el toque especial. Parecía básico, pero fue sumamente efectivo. El acompañamiento, un pinot noir, dio el toque preciso para la gala. Los asistentes se chuparon los dedos, uno lamió la cara de su acompañante para disfrutar de lo que tenía pegado en la mejilla, otro, de plano, dio un mordisco a quien tenía a su derecha, por un momento los dientes probaron carne viva hasta que las ansias fueron satisfechas por completo.

Durante algunas semanas el circulo dejó de reunirse, los miembros se habían lastimado seriamente y algunos incluso salían de cirugías reconstructivas. Todo se paralizó, y Frank, al no tener esa inyección a su ego, a la que ya se había hecho adicto, nuevamente enfrentó a su cocinero. Aunque no había sido su culpa que los miembros intentasen devorarse entre sí, Griffin amenazó con asesinarlo si no alzaba más la valla. Ese fue el último peldaño que Edwards requería: ver la desesperación transfigurarse en la piel de Frank fue la señal.

¿Cuál es la carne más exquisita de mundo, querida Christie? ¿Cómo juzgar por unanimidad un platillo que deleite a todos sin excepción? Billy Edwards conocía muy bien a su presa, a su materia prima. Lo convenció como se caza a los necios: a través del ego. ¿Qué podía ser más fino, más preciado, más añorado que la propia piel y carne de Frank? El amo y señor de Nowhere City, el hombre que tenía postrada a toda la élite de la ciudad macabra. Querida Christie, no deseo repetir las palabras que Billy usó para persuadir a Griffin, solo te diré que cuando las dijo parecía que alguien más hablaba a través de él, con un discurso irrefutable, seductor, demoledor. Sentí la necesidad de amputarme un brazo y dárselo para que preparase algún plato que me hiciera estremecer, quería experimentar lo mismo que Griffin sintió al ser seducido por la lengua de Edwards —o de lo que sea que hablara utilizando su boca—. Después de aquella charla, Frank aceptó una serie de vejaciones y torturas bajo la excusa de que era necesario preparar su carne para el platillo, una obra magna que dejaría obsesos a los comensales por toda la eternidad.

Entonces Billy engordó a Frank con una mezcla especial que les daría a sus músculos un sabor inigualable, porque eso era Frank: un hombre inigualable, un señor único, un emperador, un ser perfecto e irrepetible y ahora su carne sería la prueba de que no existía nadie mejor o superior a él. Frank Griffin accedió, codicioso de vivir la experiencia máxima de ser adorado hasta la locura. Para ello Billy ablandó su carne, masajeándola y vapuleándola con todo tipo de herramientas. Lo tuvo desnudo y lo bañó en aceites, lo dejó reposar y lo mantuvo con una dieta líquida que limpió su colon, depurando años de mala alimentación. Le afeitó todo el pelo del cuerpo, incluyendo cabellos, cejas y vello púbico.

Bajo los efectos de la anestesia, Edwards amputó las piernas de Frank y las deshuesó para reservar la carne. Le arrebató los brazos e hizo lo mismo. Le extrajo un riñón y un pulmón. Por último, le extrajo los dientes. Los médicos que asistieron la intervención no comprendían por qué el magnate permitió tamaña mutilación, pero todos los documentos estaban en regla y el pago calló cualquier duda o reclamo.

La tan ansiada noche llegó y los comensales del club caníbal llegaron raudos en sus mejores autos y con sus mejores galas. Se sentaron a la mesa expectantes de la triunfal entrada de Frank, pero cuando lo vieron, quedaron horrorizados del homúnculo que se les expuso. Un ser cercenado, un gusano tumefacto depositado sobre un trono, con una sonda nasofaríngea incrustada en la nariz y una horripilante sonrisa sin dientes, satisfecha, e incluso más ansiosa que la de los presentes.

Todo por la soberbia.

La reunión enmudeció y en medio de aquel silencio un aroma embriagó el ambiente desviando la atención de los presentes. Billy hizo su aparición rompiendo el macabro momento y trajo consigo un carrito donde aguardaban los platillos de la velada. Se entendió de inmediato que la carne excepcional de aquella noche sería la del anfitrión. Aquello hizo dudar a la mayoría de dar el primer bocado, pero siempre hay uno que se atreve. Un mordisco. Su lengua abrazó la pieza de carne y la boca salivó como si hubiera besado a un ángel. Los demás, en principio temerosos, imitaron la conducta, y luego todo fue una caída libre hacia el festín.

Billy me describió cómo fue que aquellos hombres y mujeres de modales refinados se transformaron en perros rabiosos, entes deseosos de consumir todo el malsano alimento servido. Nuevamente lamieron platos y se mordisquearon entre ellos. El placer gastronómico abrió paso al sexual. Toda la experiencia culinaria invitaba al deleite del cuerpo. Los presentes comenzaron a copular sobre la mesa mientras seguían degustando las partes de Frank, que reía a carcajada suelta al ver cómo las respingadas personalidades se comportaban como zafios anencefálicos, brutos dominados por sus bajos instintos, por sus impulsos primarios de comer y follar. Y comían mientras follaban, y se follaban la comida y entre ellos mismos, buscando, incansables, mermar sus ansias.

El barbárico grupo parecía insatisfecho con el deleite efímero que produjo la sesión caníbal y sexual. Billy llamó la atención de los presentes con un silbido, como si llamara a una jauría, esta respondió atenta. El chef sacó un largo cuchillo de cocina y con brusquedad abrió la boca de Frank, que no pudo resistirse al ataque ni defenderse mordiendo, pues ya no tenía ni brazos ni dientes. Billy extrajo la lengua de su jefe y la cortó de un solo tajo.

La manada vio caer el trozo de carne sangrante a la mesa y se mantuvo a la expectativa. Billy espolvoreó un poco de la ceniza de su preciado frasco sobre el músculo aún palpitante y aquello movilizó a la piara rabiosa, una decena de extasiados lucharon por la carne cruda de su benefactor. Entonces, el chef Billy Edwards vertió más ceniza sobre el cuerpo del amputado, que se desangraba entre delirios agónicos, y aquello despertó un nuevo nivel de necesidad sobre los comensales, sobre las bestias. Se abalanzaron así sobre Frank Griffin.

Mientras lo devoraban haciendo uso de cuchillos, dientes y uñas, Billy esparció la ceniza restante sobre los caníbales, que pronto dejaron el cadáver de Frank a medio comer, con el vientre abierto, revelando una oquedad repulsiva en sus jugos y hedores, para morderse entre ellos, arrancarse partes entre sí o de sí mismos. La escena cobró un cariz surrealista cuando el grupo de depredadores comenzó a devorar partes de sus propios cuerpos donde hubiera caído la ceniza, o abriendo en canal a los desprevenidos para degustar sus efluvios. No saciados con eso comenzaron una oda onanista en la que trozos de carne se confundían con gemidos y goces desaforados, hacían lo que fuera por matar la ansiedad, pero nunca culminaba, los consumía, los devoraba. Billy vomitó sobre ellos una bilis bituminosa y hedionda, una melaza inexplicable, como si fuese la materialización de aquel ente que le prometió vendetta. Entre arcadas y extrañas risas demenciales recuperó el control de sí mismo, tomó su recetario y se retiró.

Querida Christie, escribo esta carta un par de horas después de que Billy Edwards abandonara mi morada. No sé si logré expiar sus pecados escuchándolo, solo sé que quien se retiró no era el ente que perpetró aquella aberrante obra; quien se fue era una cáscara vacía, de esas que andan deambulando por estas tristes calles, una envoltura para la Venganza que sigue buscando, consumiendo y cobrando víctimas.

Siempre tuyo,

Conrad Taylor


© Poldark Mego | Relato inédito

Poldark Mego | Perú, 1985

Psicólogo, actor y director de teatro. Como autor ha publicado los libros Pandemia Z: Supervivientes (2019), El Domo, historias distópicas (2020) y Pandemia Z: Cuarentena (2021). Es antólogo de las compilaciones Pulp primitivo y Cyberterror (ambas publicadas en 2020) y director editorial del sello de literatura fantástica Pez del Abismo. Como gestor cultural ha organizado la convención internacional de literatura fantástica Uróboros.

Foto de autor: Archivo

Foto de encabezado: Kyle Mackie

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