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CÓSMICA CALAVERA #NoEsUnMundoOrdinarioCÓSMICA CALAVERA #NoEsUnMundoOrdinario

Cuento

«Los cerdos de la mansión Akerman», por Larissa Rú

La lumbre se balancea con el viento, su calor crece y disminuye, como un pálpito estable, un vientre materno seguro, cálido. Al abrir los ojos, espero el paso de las pesadas botas de Lukas en la superficie, o alguno de sus amigos, los que haya traído esta vez para jugar conmigo.

El corpiño de mi vestido de bodas ahora está sucio, y me aprieta. Al intentar quitármelo, encuentro una atadura más potente y pesada. Me han encadenado. ¿Qué querrán hacerme ahora? Usaron escobas, dedos, puños, se turnaron conmigo como adolescentes en un carnaval, ¿para qué encadenarme ahora con cadenas de hierro?

Lukas Akerman fue un error. El engaño más grande de toda mi vida. Fui tonta. Quizá me lo merezco. Al menos me ha dejado una lumbre encendida, una vela para calentarme en el frío de la madrugada, para esperar a que vuelvan por mí. Mi noche de bodas nunca la imaginé de esta forma. No cuando Lukas me trajo flores de la pradera, a escondidas de mis padres, y me rogó que huyese con él.

Lukas siempre había sido un misterio. Es dueño de la mansión Akerman, la que yo observaba desde pequeña, como un castillo, desde la ventana de mi humilde hogar—una casa con molino de agua escondida entre un riachuelo y prados—. Nadie nunca supo quién vivía allí, en la misteriosa mansión. Lukas salió de ella un día, buscando diversiones en medio de un pueblo fantasma, y me encontró a mí recogiendo flores en un canasto para adornar la casa. Dijo que era hermosa, me pidió acompañarlo a dar un paseo por el bosque, y ahí empezó a relatarme su historia.

Resultó ser que la familia de Lukas era de carniceros y criadores de cerdos cuya industria se concentra en esta misma casa. Sus padres murieron hace mucho. Lukas era el misterioso y atractivo fantasma de la mansión. Por eso, cuando me propuso casarme con él, pensé que mis padres, dos humildes molineros de una casita casi abandonada en las afueras del bosque, estarían muy complacidos. Pero había algo que no les gustaba de Lukas. Y no los escuché. Hui con él. Y heme aquí.

Mi noche de bodas me envolvió con alas negras, las rosas de mi ramo se marchitaron, mi vestido blanco ha quedado ensangrentado y roto. Y Lukas me encerró aquí, para la próxima juerga con sus amigos. Yo soy solo un juguete, estoy aquí hasta que sus juegos se vuelvan lo suficientemente violentos como para matarme.

No veo nada entre la oscuridad, la luz de la candela tienta a apagarse. Ruego en silencio que no lo haga, por favor que no lo haga…

Los pisos y paredes de la mansión son muy gruesos, pero me tiene cerca del desolladero de cerdos, donde todo es madera. Así que puedo escuchar sus pasos acercándose. Y me acurruco en mi propio cuerpo, como una oruga con miedo.

Abre la compuerta, con una lámpara de aceite en mano y las llaves en la otra. Viene por mí. Pero me atrevo a suplicarle. Quizá aún encuentre en mí belleza, o lo que sea que lo haya motivado a tomarme entre otras chicas. Quizá pueda pensar en mis padres, ya ancianos, que se preguntan dónde está su única hija. Quizá si le ruego que solamente me deje ir a despedirme de ellos… O que solo me quite las cadenas, o que me dé otra candela.

—Lukas —le ruego, arrastrándome a hacia él. —Por favor…

Me ve con desagrado. Los ojos que antes me parecían hermosos ahora no tienen más que opacidad, como dos rocas negras. Los rizos de su cabello le caen, endureciendo su complexión entre sombras. Pero pronto un horror se dibuja en su rostro. Gime con espanto, por poco tropieza y deja caer las llaves al fondo del sótano.

—¿Quién demonios hizo eso? ¿Qué mierda es eso…?

Y cierra la compuerta torpemente, para echarse a correr.

A punto de gritar y socorrer por ayuda, la luz vuelve a mermar. Pero no solo eso. Algo se ha despertado con el ruido y la voz de mi marido. Hay algo aquí conmigo.

Las sombras sacan a brillar sus arrugas, parece una masa de piel lustrosa y flácida, tambaleante con bolsas de carne colgándole del vientre y los brazos. Se está moviendo, se mueve hacia la candela, hacia la compuerta.

No tiene ojos, tiene hoyos rojizos y negros, como si se los hubiesen sacado con una cuchara, y la piel de sus mejillas y debajo de sus ojos se ha estirado. La boca la tiene cosida a las comisuras, como si fuese la boca solapada de un pez. El escaso cabello que tiene me deja ver dos parcelas rojas y ardientes en los costados de su cabeza. No tiene orejas tampoco, un orificio negro y sangrante es lo que las reemplaza, como si se las hubiesen cortado. Y alrededor de sus lonjas rosadas tiene enroscadas unas cadenas de hierro tan gruesas como las que tengo amarradas al torso.

Alguien me ha encerrado con esta cosa. La han amarrado y echado aquí como lo hicieron conmigo. ¿Quién pudo haber sido? ¿De dónde salió? ¿Ha estado conmigo aquí todo el tiempo?

No me ha visto, no puede verme. Es ciego, pero sus tímpanos expuestos han escuchado a Lukas cerrando la compuerta. Uno de sus amigos de borrachera pudo haber encontrado a esta criatura y la encerró aquí. ¿O estaba aquí ya, quizá? ¿La encadenaron y la botaron aquí, como hicieron conmigo? ¿Era un humano antes, otra mujer? Si Lukas le teme, es porque él no lo hizo. Él no me encadenó ni encadenó a ese monstruo para lanzármelo y encerrarnos juntos. Y si él le teme, yo estoy lista para ser matada como uno de los cerdos de arriba.

No siente el calor de la candela, no se inmuta ante la luz, no la diferencia de la oscuridad que nos rodea. Gime, como si fuese en malestar, y se vuelve caminando a gatas en un círculo. De pronto, siente algo bajo su mano cuajada. Es la llave del sótano que Lukas dejó caer. La huele con su chato cilindro de piel que le sirve como nariz y saca la lengua por ese hueco que tiene en medio de la línea de los labios. No hace nada, solo lo lame.

Tengo que conseguir esa llave y salir de aquí. Por mí que esa criatura se quede aquí en este sótano. Quizá Lukas se apiade de mí al verme, o quizá yo pueda escapar de ambos.

Puede oír, así que tengo que acercarme con cuidado. Intento en vano quitarme las cadenas de hierro. Están enrolladas como múltiples serpientes en su nido, atadas a mí como una camisa de fuerza. En silencio, trato de escurrir mis brazos. No están tan apretadas como esperaba, así que puedo sacar los brazos y, con cuidado, arrastrarme al frente.

A gatas, logro dar con la llave bañada en saliva. La criatura está andando en círculos, ignorante aún de mi presencia. Está murmullando, la oigo susurrar cosas a través de su orificio de boca. Es como si ya hubiese escuchado ese sonido antes, ese murmullo, esa voz seca. De seguro esa criatura anduvo merodeando cerca de mí mientras yo dormía.

Es horripilante, me pone a lagrimear de solo mirarlo. La llave se empieza a resbalar del temblor de mis manos y la saliva, así que a gatas como el monstruo, me pongo en marcha a las escaleras del sótano.

Arrollo mi vestido de novia y, contando a las tres en mi cabeza, me echo a correr.

Las cadenas pesadas chirrían, como mil gritos que me delatan para no dejarme ir. Mis pisadas presurosas crujen en cada escalón, hacia arriba, casi veo la luz. Pero oigo su tuerce. Me ha oído, y sus cadenas les hacen eco a las mías.

Vislumbro por encima de mi hombro y veo la masa de piel crepitar desesperada tras de mí. Logro por fin darle vuelta a la llave y la luz melosa de las lámparas de aceite de las bodegas me da en la cara, como una tangible esperanza. Y me quiero echar a correr adelante, sin ver atrás.

Pero, al tirar mi cuerpo al frente, una presión me ahorca, me cierne el torso. Y, lentamente, me doy la vuelta.

La cadena que me da vueltas en el cuerpo no termina en un candado alrededor de mi torso, sino que está tensa. Y al final de esta, está amarrado el monstruo, quien ha sentido el tirón, y ahora tiene sus huecos negros debajo de las cejas fijos en mí.

—¡Lukas! —grito, echándome al frente, mi vestido pesa como si tuviese piedras en los bolsillos, y la cadena se aligera a la criatura sentir mi tirón, y salir corriendo tras de mí. —¡Lukas, por favor!

No hay respuesta. Solo el grito horrísono de la criatura. Chilla igual que un cerdo, y sus patas se mueven más rápido que las mías aun forradas en hierro.

Abro mi paso jadeando y llorando por la bodega. Subo los escalones. Cierro puertas a medias y las bloqueo. Alguien no solo ha sido lo suficientemente cruel como para dejarme encerrada con el monstruo, sino que lo han encadenado a mí.

Tiro un barril frente a la puerta solo para recuperar el aire. Estoy en una de las bodegas para empaque de la mansión Akerman. Hay lonjas de jamón cortadas y cuchillos de todo tipo. Pero ninguna navaja común podrá librarme de un monstruo como este. Tengo que ir al aserradero, al desolladero, donde Lukas tiene la carnicería y usar una sierra potente para cortar la cadena y huir.

De pronto, pulsando como un corazón humano, la puerta comienza a estremecerse. La criatura la está empujando.

Sin esperar a poder agarrar otro vislumbro de su horrible y deformado cuerpo, me echo a correr. Contengo los gritos, es más prudente así, y salgo a la fúnebre luz de los pasillos tapizados de carmesí y dorado de la mansión. Mis faldas blancas me quieren hacer tropezar, mi aliento se marchita y me deja con la garganta seca y raspada.

Cruzo las galerías y verandas ornamentadas de cuadros de mujeres desnudas en pastorales idílicas, la luz mortecina amarilla y escasa me ayuda a llegar a las cocinas y, de ahí, puedo encontrar mi camino entre todos los barriles de grano y festines preparados. Dando la vuelta en la esquina de la mesa, las cadenas me ahorcan, y la porcina criatura se aparece, tanteando a ciegas su camino, al otro lado del salón. Yo me detengo en seco.

El monstruo se mantiene suspendido, intentando adivinar a dónde se ha ido el sonido.

No tiene caso hacer silencio, el arrastre de las cadenas es lo suficientemente sonoro como para atraer su atención, sin mencionar que estamos unidos, y a donde quiera que corra, me seguirá. Su piel reluciente pero jalada cuelga como una cortina estriada bajo sus cuencas. A pesar de que se ve burdo y regordete, como un bebé, tiene también un aire senil, decrépito. Si fue una mujer, ha estado demasiado tiempo en la oscuridad.

No puedo retrasarme. No puedo siquiera volver a la casa de mis padres si llevo este monstruo a cuestas. Tengo que liberarme de estas cadenas, tengo que tener la valentía que esos días en el sótano me han drenado. Así que tomando aire una última vez, abro la puerta de un golpe y persigo la luz al final del pasillo. Tengo que llegar al desolladero.

Bajo corriendo las gradas, amparada por los candelabros agónicos, y al bajar, las cadenas se mezclan con mis faldas blancas, y caigo envolviéndome en ellas. Arrastro cuesta abajo también al monstruo. Y ambos tocamos el suelo de piedra casi al mismo tiempo.

Las cadenas me están sacando el aire, puedo sentir la sangre acumulándose en mi cara, hinchándola como la de un cadáver. Doy vueltas en el suelo, mientras el monstruo también gime, y me arrastro hasta la puerta rojiza del desolladero.

Al abrir la puerta la oscuridad me engola. Lo único que puedo ver son los cuerpos bamboleantes de cerdos serrados por la mitad, colgados desde el techo, como títeres. En medio de ellos está un cerdo deshuesado y abierto, sus carnes han atraído a un enjambre de moscas. Lukas debió haberse olvidado de él. Pero junto a su cuerpo ensangrentado, dejó la sierra.

El monstruo está aún batallando contra sus cadenas, así que, sin pensarlo dos veces, halo de ella, la apoyo sobre la negruzca mesa pestilente y le doy un tirón a la sierra sobre ella.

Lo que tiene que ser un grito liberador, un grito triunfante, no me sale más que como un grito de dolor. Es como si alguien me hubiese apretado los órganos por dentro, como si los hubiesen estrellado. Una tos seca crepita en mi garganta. Y pronto, es mi sangre la que tacha la mesa del desolladero. Es una tos sangrante.

Lo ignoro, solo quiero escapar. Y con llanto jalándome las ojeras como las de la criatura, lo vuelvo a intentar, vuelvo a serrar las cadenas, pero vuelvo a toser sangre al hacerlo. La criatura gime de dolor también.

¿Qué es esto? ¿Qué maleficio han echado sobre mí esos cerdos? No los que cuelgan, sino los que entraron al sótano y me dejaron desgarrada e inconsciente.

La criatura se empieza a acercar, así que lo único que se me ocurre para detenerla es trepar a la mesa. Es como si mi cuerpo ahora pesase una tonelada, mis brazos flaquean, y antes de que se pueda acercar, paso la cadena de mi torso por uno de los ganchos que sostienen los cerdos, y salto de vuelta abajo.

Mi peso empieza a ahorcar al monstruo, que ha quedado suspendido sobre el suelo en las puntas de sus pies henchidos, sangrantes y desnudos. No puede moverse, hemos quedado en una macabra balanza entre los pestilentes y macizos cuerpos de los cerdos que ahora se balancean por el estruendo y el movimiento del monstruo para intentar liberarse.

—¡Mierda! —grito, soltando la sierra y echándome a llorar.

Ya ni siquiera me duele el peso del hierro. Solo quiero liberarme de esto. Quiero tragarme mis pasos, mis palabras, y volver a mi casita del molino. Quiero a mi madre, a mi padre, la margarita que ponían en mi ventana en mis cumpleaños. Teníamos muchas margaritas en el prado, cerca del molino. Pero… ¿Quién sería si volviese así? ¿Puedo pretender que se van a alegrar de verme con el vestido ensangrentado, con una bestia persiguiéndome? ¿Podría volver a mi habitación y pretender dormir? ¿Mis retratos de niña me mirarían de la misma forma después de que hui con Lukas para ser vejada, violada y encadenada a un monstruo como tortura? No sé si me podrían ver, pero yo sí sé que no podría volver a verme a esos ojos incorruptos, impolutos e inocentes. Verían un monstruo, como el que cuelga detrás de mí.

El monstruo empieza a contorsionarse, luchando por liberarse del gancho. Y sus chillidos de cerdo me espinan en los oídos, como si fuese uno de sus compañeros ensartados y desollados. Yo estoy de espaldas a la mesa de desuelle, apenas puedo verlo con el rabillo de mi ojo. Mientras permanezca así, no puede lastimarme.

Aún recuerdo los rostros de los que vinieron al sótano. Todos apestaban a cerveza, ninguno tenía un destello humano en su mirada, ni siquiera si yo los miraba fijo. Pero ninguno se veía tan enfermo como para hacer esto. ¿Qué más podían querer de mí al encadenarme? Ya se llevaron todo.

Uno de ellos, de esos hombres, tenía un perro con él. Lo había bajado al sótano. Era un sabueso manchado, con orejas caídas. Pero no hizo nada mientras yo yacía en el piso, inerte, entumecida y llorando en mudez. Olisqueó el piso. Grité una sola vez, y él solo se recostó en la alfombra y encajó su hocico en medio de las patas delanteras para dormir.

Él pudo haber sido, el perro tenía una cadena y quizá me enfermó con algún químico para quedar débil y tosiendo motas de sangre. Estoy segura de que Lukas no fue quien amarró al monstruo con cadenas a mí, pues vi el horror en sus ojos al ver la criatura, es mi mismo horror.

Solo quiero escapar de esta mansión. Quiero volver a mi casa, a las orillas del riachuelo, escuchar el agua correr y cobijarme con ella, para lavarme la sangre y el vestido debajo de un manto azul y enfriar lo que el dolor de las cadenas, la embriaguez, mi marido y sus amigos han ardido sobre mi cuerpo entumecido y lacerado.

Las horas pasan. El monstruo ha dejado de chillar, pero de vez en cuando vuelve a intentar escaparse. Mis párpados comienzan a pesar. No quiero dormir, no puedo dormirme en medio de todo esto, pero pesan, y mi lucha es en vano.

Como si hubiesen pasado meros segundos después de cerrar los ojos, un espasmo violento me fuerza a abrirlos de nuevo. Algo me duele. Es una presión en el pecho, una pesadilla en todos los sentidos de la palabra, algo vivo empieza a crecer desde mis omoplatos. Me enderezo en la pata de la mesa y estiro la mano derecha para masajear mi espalda, pero mis dedos no rozan con piel. No alcanzan a hacerlo, porque antes de ello tocan una arandela gruesa, pegada a ella.

No es parte de mi cuerpo, pero sale de él. Y como una margarita del prado, empieza a surgir. Me rompe el resto de la piel que la circunda y sale para caer en tierra, chirriando pesado. Es una cadena.

El extremo suelto de la cadena se bambolea a un centímetro de tocar el suelo. Unos segundos después, las sombras de la noche se mezclan y se acumulan al final de la cadena, en un único mendrugo de negrura, que lentamente va tomando la forma de un hombre.

No, no es un hombre, tampoco un humano, aunque tiene cuerpo largo, cabeza sobre sus hombros, y cerca del cuello tiene un par de orejas estiradas, como triángulos. Pero, al voltearse, en lugar de un rostro tiene una abertura desde la frente hasta la barbilla, una matriz con colmillos, como si fuesen fauces.

El miedo es paralizante, hay silencio, hay oscuridad.

Sin notarme, camina hasta el otro monstruo, hasta la bestia que aún cuelga del techo. Este monstruo parece tener un sentido de orientación más refinado que el otro. Su cadena se ha estirado, ha corrido medio círculo y se ha enredado entre mi pierna derecha y mi tórax. Alza un brazo, pero en vez de mano, tiene una pezuña de cerdo y empieza a juguetear con el gancho, empujándolo con la pezuña hasta que este se rompe, y su compañero cae al suelo.

Se miran, aunque ninguno tenga ojos humanos, se huelen y, después de un momento, se ignoran. Empiezan a rumear por el espacio, sus cabezas rozando con los cuerpos de los cerdos muertos, lanzándolos como péndulos en este matadero. La herrumbre y la sangre son uno.

Ahora hay dos. No tengo por dónde salir, no puedo cortarlos. Mi frente se une a mis rodillas, y la tela de mi vestido roto, maloliente y amarillento enjuaga las lágrimas, cuyo camino de sal ya han recorrido muchas veces, los surcos están ya demarcados. Y me cobijo con el dolor de la espalda henchida, la sangre de la herida de la cadena gotea hasta mis nalgas como si fuese sudor.

Odio en lo que me he convertido. ¿Cómo pude dejar pasar esto? ¿Cómo terminé aquí, entre monstruos y cerdos desollados en una mansión que no conozco? ¿Fue todo por Lukas, tan enamorada estaba? Fue el primer hombre que vi, apuesto como ninguno. Y le creí. ¿Cómo pude llegar aquí, atada las bestias, dejándolas nacer de mí y que me posean?

Antes de que pueda encontrar la respuesta a esas preguntas, un estruendo tamborilea fuera. Los monstruos tuercen las cadenas, en expectación. Alguien ha bajado las escaleras.

—¡Esposa mía!

Es Lukas.

Me pongo en pie, apoyada en la mesa de desolladero, con el pánico empuntando mis nervios. ¿Y si me encuentra? Los monstruos chillan como cerdos de ultratumba. Y al instante, mi duda es contestada. Lukas sabe dónde estamos. Su silueta se mezcla con la oscuridad, pero lo veo con una lámpara de aceite en el umbral, y con un cuchillo de carnicero en la otra, con un desafío de muerte en su mirar, postrado en los monstruos.

—Monstruos asquerosos. Si planean quedarse contigo…

Y blande el cuchillo.

—¡Lukas, no!

Al momento en que lo hace, le da a uno de ellos en el torso. Pero no se inmuta. Ni siquiera sangra mucho. Así que antes de que el monstruo de las pezuñas de cerdo se le vaya encima con su vulva dentada, Lukas vuelve a hachear con la navaja de carnicero, pero esta vez, sobre la cadena.

Un relámpago me estalla en el cuerpo. Y caigo al piso. Mi mejilla, abrazando el suelo hediondo, se llena del canal de sangre que empieza a surcar de mi boca. Vuelvo a repetir su nombre, pidiéndole que se detenga. Rogándole, llorándole en mudez.

El otro monstruo le da un zarpazo en el cuello a Lukas, forzándolo a retraerse. Le ha dejado la mitad de la cara deformada, le ha tocado el ojo, ahora la mitad de su rostro está bajo una cortina roja. Lukas, combustionado por ira, vuelve a blandir el cuchillo, pero esta vez se lo clava en la frente, y cae al suelo.

Mis ojos se cierran, como una apedreada que me manda al abismo.

Al abrirlos, escucho el sonido de la cuchilla como si serrara cuero. Sigo en el piso, con un rastro seco de sangre por toda mi mandíbula. Y veo a Lukas de pie, con el delantal puesto y los calderos de agua hirviendo al frente. Pero él está obrando en la mesa, veo sus botas marrones empapadas de sangre. Y sobre la mesa, está abriéndole las entrañas al monstruo, que aún se contorsiona.

Sus tripas empiezan a colgar de la mesa, un sangrerío empapa también el delantal satinado de Lukas. Le ha escaldado la piel, le ha sacado los intestinos y las tripas por el ano, lo ha colgado de un gancho en el techo justo como yo lo había hecho antes. Lo serró a la mitad como el resto de los cerdos, y ahora, con el cuchillo de carnicero, le ha cortado la cabeza.

Es la manera en la que sabe matar cerdos. Y le ha funcionado.

Vuelvo mi mirada hacia el costado, donde el otro monstruo se retuerce en sus propias cadenas. Lukas lo ha amarrado y me ha dejado a mí a mi suerte. Pero la única manera de escapar de este luchar es llevándome al monstruo y al cuerpo a rastras.

El monstruo no me ve, no me distingue. Pero yo tengo la cadena enredada en mi pierna, la cual le ahorca. Entonces, sigilosa, alzo la pierna. Es como si alzase un madero de roble, pero logro hacerlo. Y la cadena se tensa. El monstruo encuentra el peso levantado y comienza a luchar para desenredarse la cadena. Y una vez que está libre, chilla y se echa a correr. El cuerpo descabezado del otro monstruo se desliza por la mesa, siguiendo el tirón, y yo también me veo forzada a seguir a la criatura, que huye de Lukas.

Lukas grita de ira, pero el monstruo se ha adelantado, me lleva a rastras y lleva el cuerpo del otro como una cola. Tengo que luchar con mi propio peso y el del cuerpo, ya no doy más. Cruza la galería y mi costado revienta en la esquina al girar. Y frente a nosotros, tenemos la galería de corrales de cerdos, chillando y chillando.

Si por mí fuese, me caería aquí y ahora. Ya no puedo seguir, pero la criatura mueve las orejas al escuchar los pasos de Lukas, persiguiéndonos detrás.

—¡Vuelve aquí, cerdo!

Los cerdos gritan en notas disonantes, tensadas y agudas, pero poco saben ellos que no tienen el peor destino asegurado. La criatura se echa a correr de nuevo, y esta vez, no puedo seguirle el paso. Me tumbo en el suelo y me arrastra, como el cuerpo del monstruo que yace a mi lado. Las pantallas de sombra corren a los lados, apenas logro distinguir las masas rosadas de los cerdos vivos llorando. Y el monstruo corre, corre…

De pronto, se detiene. Ha cruzado las galerías, se ha perdido en la mansión. Aprovecho su desorientación para ponerme en pie y recuperar el aire. Pronto, nos encontramos en la maraña de cadenas de vuelta en los aposentos de la mansión, en una encrucijada. No conozco más de aquí que él, así que solo pienso en los aposentos de arriba, donde me llevó Lukas la primera vez a nuestro lecho nupcial, porque me quería para él solo primero. Así que, sin pensarlo, empiezo a subir las escaleras, corriendo, y el monstruo arrastra a su compañero sin cabeza por los escalones, como si ahora me siguiese.

En la planta de arriba, no hay ni una luz encendida. A tientas, logro dar con la puerta de uno de los aposentos principales. Y cierro la puerta una vez que el monstruo y el cadáver cruzan el umbral. El fulgor rojo del matadero no existe aquí, ya no hay sangre. Ha desaparecido. La madrugada trasluce una perpetua luz azul diáfana por la gran ventana que da a los bosques, recordando una casa que ha sido inundada, olvidada bajo el mar y los únicos rayos del sol que le llegan son a través de las olas índigo.

Pero pronto, la efímera paz azul se rompe. Lukas empieza a arremeter su cuerpo contra la puerta que he hecho una barricada con seguro. Pero su fuerza es grande, es la fuerza de un carnicero de brazos fuertes que tan fácilmente pudieron tomarme en nuestra noche de bodas y quebrarme como si no fuese más que una rama. Y la puerta se abre.

Tiene el cuchillo de carnicero en sus manos. La criatura a mi lado chilla, retrayéndose a la oscuridad, halando aún el cuerpo de su compañera. Y Lukas corre, y de un cuchillazo en medio de su boca dentada la deja en el suelo.

Los dos cadáveres de los monstruos pesados, entre cadenas, yacen a mis pies. Lukas alza la mirada hacia mí sin soltar el cuchillo aún. Está cubierto de sangre de pies a cabeza, sus rizos están goteando en el suelo.

—Ven, querida. Todo ha terminado.

Entonces deja caer el cuchillo y alza su palma hacia mí. Como si quisiese tomarme el rostro, como la primera vez que nos vimos y me dijo lo bella que me veía a la luz de la luna. Y empiezo a sollozar porque me duele, porque el terror aún no me ha abandonado.

—Oh, mi vida… esas cadenas te han roto todo el vestido. Ven, te ayudo a quitártelo.

Mi respiración es intermitente, pero no por las cadenas, sino por el llanto. Lukas no se inmuta, lo encuentra refrescante. Significa que aún estoy tibia, aún respiro. Pero entonces, alzo una de las cadenas que me rodean y me la paso por el cuello, sujetándola bien, sin parar de llorarle.

Lukas frunce el entrecejo.

—¿Qué haces? ¿Qué estás haciendo, maldita zorra…?

Lanzo mi cuerpo al vacío, a la ventana abierta, y mi visión se cierra.

Hay agonía, pero es placentera, es callada. Y las cadenas se cierran en mi cuello. Hay oscuridad densa, hay un río…

Pero al abrir los ojos, el agua sigue corriendo. La madrugada sigue fresca y celeste al horizonte, aunque los mosquitos se deleiten pegados a mi piel ensangrentada. El cielo se mueve, pero mis piernas no lo hacen. Alguien me lleva a rastras.

Las cadenas no se han roto, están enredadas en mi torso y brazos. Y, como dos toros halando una carreta, el monstruo dentado tira de un lado al frente. Del otro lado, de mi brazo izquierdo, un cuerpo sin cabeza camina llevándome adelante. No se ha muerto ninguno, Lukas no pudo con ellos. Yo tampoco pude, debieron de haber saltado conmigo sin dejar que me rompiese el cuello. No se matan, no se controlan.

La hierba no me corta la piel, sino que la acaricia como una alfombra verde. Y sigo oyendo el río. Lo reconozco, es el mismo río que oía desde que era pequeña. Y, con el rabillo del ojo, veo el prado, las margaritas y el molino de agua. Me están llevando de vuelta a mi hogar.

Una sonrisa muerta se dibuja en mi rostro. Conozco ese aroma, es un horno tibio que hace pan. Y sé que he llegado.

—Mamá, papá… estoy en casa.


© Larissa Rú | Del libro Monstruos bajo la lluvia (Encino Ediciones, 2022)

Larissa Rú | Costa Rica, 1998

Nació en San José. Es escritora e historiadora del arte. Autora de las novelas Cómo sobrevivir a una tormenta extranjera (2020) y Plenilunio (2021), y del libro de cuentos de terror Monstruos bajo la lluvia (2022). Ha sido merecedora del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de novela, en 2020, y del Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de cuento, en 2022.

Foto: Archivo

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