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Cuento

«Oxígeno», por Felipe Hugueño

—Buenos días. Estoy buscando un árbol lo suficientemente longevo para mi familia. Necesita ser resistente al calentamiento global, que va de peor en peor—dijo Esperanza.

—Buenos días, señora. Estoy encantado de ayudarle, pero con lo que sé, porque la arboricultura es compleja. Después de hoy, lo más probable es que Usted necesite investigar más por su cuenta. Hay muchos factores que influyen y cada uno debe ser estudiado detenidamente. 

—Sí, claro que sí. Lo he estado postergando y mucho. Por ahora, si puedes y no es mucha la molestia, dime lo que consideras importante, así voy descartando opciones.

—Los clientes que nos frecuentan tienen la misma preocupación que Usted tiene, pero en mi opinión, no le toman el peso que le corresponde a la ubicación geográfica en la que desean plantar el árbol. Hay árboles que se adaptan bien en ciertos lugares, pero no en otros. Cada especie es única y requiere un valor pH, cantidad de agua y temperatura ambiental diferentes. Esto significa que Usted debe ser flexible, siempre abierta a la posibilidad de mudarse, y claro, mudarse también depende de su situación económica, laboral e incluso emocional. Lo segundo que le recomiendo es que se asegure de que el árbol que escoja tenga la capacidad de producir la cantidad de oxígeno que su familia requiere. Vinculado a la producción de oxígeno, le sugiero que seleccione un árbol, cuyo mecanismo para la extracción del gas, haya sido perfeccionado. Algunos árboles producen bastante oxígeno, pero la tecnología aún no está afinada para la extracción o incluso la transferencia eficiente al usuario. Los científicos han hecho avances importantísimos, pero lo prometido no siempre se cumple cuando se dice que se cumplirá y es mejor no dejárselo al destino.

—Gracias por tu honestidad y tiempo —le respondió Esperanza.

Esperanza se dio una última vuelta por el vivero, anotó nombres de árboles, sacó fotos de etiquetas con precios, se despidió del joven y se subió al auto que se había autorecargado mientras ella había estado consultando. Al sentarse en el asiento trasero, los electrodos inalámbricos le leyeron los pensamientos y el vehículo programó automáticamente la ruta de vuelta a casa. También le hizo sugerencias telepáticas de varios pódcast para escuchar en el trayecto. Ella escogió uno que exploraba el reciente interés científico hacia la extracción del oxígeno producido por las algas marinas. Los científicos saben hace tiempo que las algas superan a los árboles en la producción de oxígeno, pero la demanda no había sido tan alta para despertarles la curiosidad. Ahora no solo se trataba de curiosidad, sino de necesidad, lo cual propulsó una migración intelectual de investigadores científicos a las costas norteñas y sureñas del Océano Pacífico, a las sudafricanas, australianas, de Alaska y de Nueva Zelandia. Allí la gran alga parda Macrocystis sigue abundando y en tiempos pasados formó bosques marinos que sustentaron ricos ecosistemas. Replicar la eficiencia del alga fuera del océano sería una posibilidad prometedora para la humanidad.

—Hola. ¿Cómo te fue? —le preguntó el esposo, jadeante.

—Más o menos. Tengo que investigar más. Mejor dicho, tenemos que investigar más.

—Yo me adelanté. ¿Te acuerdas que te mencioné que mi bisabuelo vino a México de Chile en los años 70 del siglo pasado? Quizá pueda demostrar parentesco de consanguinidad y solicitar la ciudadanía chilena y después reclamarte a ti y a Laura. Podríamos mudarnos allá con perro y todo. Está lejos de México, pero está modernizado, sigue estable económica y políticamente, tiene bastante litoral que me aliviaría el asma y en el sur se dan bien los alerces. Estos son árboles muy longevos. Lo único malo de mudarnos a Chile sería que allá se habla inglés. Antes hablaban español, pero como tienen estrechas relaciones con Estados Unidos, cambiaron el idioma oficial hace unos cuarenta años, pero con los traductores instantáneos no sería ningún problema desenvolvernos. Lo que sí puede resultar preocupante es que ciertas ciudades han desaparecido con el aumento del nivel del mar. Valparaíso, la ciudad puerto de donde era mi bisabuelo, ya no existe o quedaba muy poco de ella, así que le incorporaron lo que quedaba a Santiago, que ahora se llama St. James. Le cambiaron de nombre, pero mantuvieron el nombre del país. Los chilenos ahora lo pronuncian de manera agringada. Llego hasta pensar que Chile puede convertirse en el próximo estado libre asociado de los Estados Unidos. Hay que aprovechar ahora que aún no lo es y que sus leyes de inmigración siguen relativamente razonables. Si Estados Unidos se apodera oficialmente de Chile, es capaz de construir un muro en territorio chileno como lo hizo en las fronteras con México y Canadá. Además, creo que habría suficiente apoyo de parte de los chilenos para una semejante propuesta, ya que en las décadas recientes la desaprobación hacia los inmigrantes ha crecido. Lo que estoy tratando de decirte es que Chile no va a desaparecer del mapa de un día para el otro, pero de que va a cambiar, sea geográfica o políticamente, lo hará.

—Lo que sé es que tenemos que actuar rápido. Nosotros estamos viejos, pero Laura tiene toda una vida por delante. Me da pavor imaginar que la contaminación le afecte cuando quiera tener hijos. Ella se rehúsa a usar mascarillas para protegerse de las impurezas del aire. El casco trasparente con el visor removible que se conecta a los alerces puede resultarle más cómodo. Estaría limitada con la movilidad, pero siendo de esta generación, creo que se acostumbraría sin mayores problemas, ya que el salir poco es parte de su rutina.

—Es una lástima lo que estamos viviendo. Mejor no hubiésemos tenido hijos.

—No digas tonterías, Marcelo. No me lo hubiese imaginado diferente. Acordamos que tendríamos uno y así fue.

Cuando Laura bajó, le dio un beso a cada uno y se tomó el batido que su madre le había preparado. Se lo agradeció con la mirada. Les dijo que estaría en su habitación todo el día y que por favor no la interrumpieran. Tenía clases virtuales y después reuniones de trabajo. Bajaría a almorzar a las doce de la tarde durante la hora libre que tenía entre la universidad y el trabajo. Antes de desaparecer por completo, la madre le dijo:

—Laura, es necesario que nos mudemos. Recién estábamos imaginándonos viviendo en Chile. La salud de tu padre está frágil y también queremos que tú tengas una vida más sana. Podemos vivir en el campo, criar gallinas y ganado y estar cerca del mar…

—¿Y de qué sirve vivir cerca del mar, si no podemos bañarnos? Los océanos son demasiado ácidos y están repletos de enjambres de medusas.

—No podremos nadar en el mar, pero por lo menos que nos sirva para relajar la vista. Prefiero mil veces que mires el mar y las montañas cuando no estés trabajando o estudiando a que te la pases en línea mirando una pantalla. Tú podrías continuar trabajando de manera remota, pero podrías también salir un poco más.

—Puede ser —dijo Laura.

Laura no tomó los comentarios en serio. Quizá haya sido muy temprano en la mañana para digerirlos o eran una más de las cosas que sus padres decían, pero que jamás ejecutaban. Continuó subiendo las escaleras hacia su dormitorio, pensando en el día que tenía por delante.

—Bueno, Laura, no has hecho ningún comentario desde que llegamos a Chile —dijo la madre–. Ya llevamos dos meses viviendo acá y tú callada.  

—Mamá, no sé qué esperas que les diga. De un día para el otro me cambió la vida. Aún sigo absorbiéndolo todo. Si quieres te cuento lo que me ocupa ahora —como Esperanza no se opuso, continuó—. Dejé de hablarle a un chico que conocí el año pasado, para no ilusionarlo y no ilusionarme yo misma. Tú sabes lo complicado que es confiar en alguien que conoces en línea y decidir tomar el siguiente paso de conocerlo en persona. Ahora, imagínate tener que decirle que no puedes continuar con la relación porque te mudas fuera de México. No los estoy culpando, para nada, porque de todas formas estoy muy joven para un compromiso amoroso, pero no puedo negar que me hubiese gustado haber salido más con él. Era decente y nos llevábamos bien. ¿Qué más te puedo decir? No queda otra que acostumbrarse. Tendré que aprender inglés. Ahora no tengo ninguna excusa para trabajar ese punto débil en mi CV. Y quiero aprenderlo porque no pienso andar con traductores colgados a mis orejas y ser prejuiciada como bicho raro. Lo positivo: me fascina la naturaleza que nos rodea acá. Siento cierta conexión con la tierra que no he sentido en ninguna otra parte. Siento que mi cuerpo se acopla bien, que mis pulmones han dejado de cargar un peso que lo creía normal, que mis mucosas han perdido esa acidez que me irritaba hasta el ánimo y siento que mi vista se relaja al mirar las montañas.

—Hija, los cambios que estás viviendo, nosotros también los sentimos. Nuestros cuerpos están volviendo a la normalidad o a lo más cercano que hay de normalidad.  En algún futuro, este paraíso edénico también estará contaminado porque todos querrán venir. Lo que te puedo aconsejar es que lo disfrutes lo más que puedas —dijo el padre.

Laura favorecía el cambio, pero a veces, lo resistía.

Antes de mudarse a Chile, Esperanza había leído que la región de los Ríos había recibido tal nombre por su riqueza hidrográfica y que los lafkenches —«la gente del mar»— la habían habitado desde que había memoria. El problema con los lafkenches es que son muy protectores del entorno natural y se oponen rotundamente a cualquiera que represente un peligro para su bienestar. Entienden mejor que nadie que si ellos protegen la naturaleza, la naturaleza los protegerá. Ellos son conscientes de que su región se ha convertido en un destino popular para los adinerados. Esperanza y su familia representan ese peligro externo.

Cuando regresaba a casa después de visitar un vivero, Esperanza vio por el retrovisor que una camioneta destartalada la seguía. Cada vez que su auto doblaba, la camioneta también lo hacía. No podía llegar a casa por la seguridad de su familia, así que se dirigió a la comisaría más cercana. Cuando ambos vehículos se detuvieron, el chofer de la camioneta no se intimidó y se bajó a hablarle.

Ella llevaba su traductor puesto y se aseguró de que estuviese programado de inglés-chileno a castellano mexicano y viceversa, pero el dispositivo la instruyó a programarlo a detección automática. Lo que el anciano hablaba no era inglés-chileno, y bajo tales configuraciones el dispositivo era inservible. Cuando aceptó la recomendación, Esperanza empezó a darse cuenta de que el anciano hablaba un dialecto hibrido entre el español y el mapudungun, ambos moteados por un inglés estadounidense de registro bajo. Era una mezcolanza lo que salía de la boca del anciano, pero poco a poco fue adquiriendo sentido cuando ella llenaba los vacíos que el traductor no podía descifrar. En ocasiones cuando el anciano hablaba alto y lento, ella podía desprenderse del traductor porque asociaba las pocas palabras en español que escuchaba a la situación y a la comunicación corporal del anciano. 

Se saludaron respetuosamente. Él le explicó quién era y le dio a entender sus preocupaciones sin rodeos. Alihuen Nehuen se lo dejó muy claro: que, si ella y su familia querían vivir en la región, tendrían que cuidarla con tenacidad. Podrían adoptar alerces para el suministro de oxígeno, como deseaban, pero tendrían que hacerlo de manera responsable. Por cada alerce adoptado, tendrían que plantar tres adicionales en los bosques circundantes a los nativos y proveerles todo el cuidado necesario. Quizá por su situación adinerada o porque realmente entendía la importancia del mensaje, Esperanza le dijo que no se preocupara, que su familia venía a Chile a echar raíces. Era cierto que venían con necesidades, pero tampoco venían a explotar los recursos de los cuales el sur de Chile todavía gozaba. Alihuen la miró intensamente a los ojos, le penetró el alma y le creyó. La ingenuidad indígena había traicionado a sus antepasados, primero con los conquistadores europeos y luego con el gobierno chileno; pero, sin embargo, sentía que a ella podía confiarle.

Se despidieron, Esperanza se sentó en el asiento trasero y antes de que el vehículo le leyera la mente para programar el siguiente destino, escuchó cómo la camioneta de Alihuen se alejaba. Cuando llegó a casa, corrió al dormitorio de Laura a contarle lo sucedido. Fue en esos breves segundos en que cruzaron las miradas que sintió una extraña e inexplicable conexión futura entre su hija y Alihuen y sus descendientes. Se guardó ese presentimiento. No se lo comunicó a nadie.


© Felipe Hugueño | Relato inédito

Felipe Hugueño | Chile, 1986

Es catedrático de estudios hispánicos en Virginia Wesleyan University. Ha publicado artículos académicos, reseñas de libros, poemas y cuentos en revistas como Latin American Literary Review, Letras Hispanas, Letralia, Altazor y Hostos Review. Autor de los poemarios De la resistencia a la reconquista (2020), Poemas y relatos de luto (2021) y Caminemos juntos (2025).

Foto: Archivo

Foto de encabezado: Paul Berthelon Bravo

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