«Confeti en el cielo», por Solange Rodríguez Pappe

Decidí pasar la última noche de la tierra en el sillón de la sala, arrullada por la luz de las fogatas públicas que habían empezado a proliferar desde que se agotó la electricidad. Las sirenas de los rastreadores se activaban a cada rato, y costaba mucho conciliar el sueño. Bakunin, sobre mis muslos, estaba tomado por un sopor extraño. Su barriga peluda se inflaba de golpe y luego dejaba salir el aire con un gru­ñido reconfortante, seguido del monótono ronroneo que emiten los gatos cuando están cómodos. Esa fue la única noche, en meses, en la que nadie intentó saquear la casa. Ya no quedaba gran cosa de todos modos, solo periódicos viejos, hojas sueltas que no le interesaban a nadie. Los mue­bles de aglomerado eran combustible malo y solo habían sobrevivido a las casas de empeño artefactos que ya na­die podía hacer funcionar. El último enlatado lo habíamos compartido por la tarde el gato y yo, mitad y mitad. Aparte de un botellón de agua medio vacío, ya no quedaba nada.

Tras unas horas de dormitar con la cabeza ladeada, me incorporé para estirar las piernas y mirar por el ventanal: una pareja se había colocado al pie de un fuego muy vivo; en ocasiones él lloraba, en ocasiones lloraba ella, hasta que llegó un hombre que se lanzó a las llamas y los espantó como se espanta a las polillas. El suicida, mientras ardía, dio gritos hasta desplomarse sobre la hoguera, girando en círculos, como un fuego de artificio. Muertes de ese tipo ya eran cotidianas; un olor dulce las anunciaba calle arriba y calle abajo.

Miré el reloj y aún faltaban unas horas para ir a la casa de Santiago, así que decidí intentar dormir un poco más. Busqué una manta porque había empezado a morder el frío. Eran las diez de la mañana, pero ya no se podía dis­tinguir el día de la noche. Y dormí. No soñé nada en particular, fue un sueño blanco, parecido al que deben de tener los muertos. Como todos, yo también había contemplado la posibilidad de apurar la muerte, pero luego de conocer a Santiago había aceptado su sugerencia de no recurrir a ningún escape analgésico y enfrentar estos tiempos con la misma dignidad con la que los dinosaurios habían enfren­tado el final de su era.

Mi propio vecindario resumía el patetismo del apoca­lipsis: los de al lado estaban construyendo un arca, los de enfrente un búnker nuclear, los del costado izquierdo no salían a buscar comida desde hacía más de una semana; quizá se habían matado o estaban ya guarecidos bajo la tierra que los vi excavar. Bajo metros y metros de escom­bros cenicientos íbamos a terminar todos, daba lo mismo. Santiago nos habló una vez de la lucidez que daba el do­lor y por eso yo había dejado de tomar pastillas para los nervios y me aguantaba los nudos del estómago sentada en el sillón. Aprendí a dormir doblada sobre mis rodillas porque así el dolor se calmaba. A veces me despertaban los calambres en los muslos, pero el dolor apaga el dolor. «Sabemos que la muerte es la única conclusión», decía él, «la definitiva». Los músculos se engarrotaban en espasmos cuando la sangre volvía a circular, la vida era lo doloroso. El cuerpo quería vivir, el cuerpo era muy necio, había que entrenar al cuerpo.

Mientras me preparaba para salir a los fuegos de la calle, pensé en mi madre. Nos había llegado el rumor de que ciertos asilos habían practicado el sueño piadoso con sus huéspedes y que otros, en cambio, habían abierto sus puer­tas para que los ancianos se fueran adonde quisieran. Mi madre siempre deseó conocer el mar y quise pensar que hacia allá se había ido. Arropé a Bakunin con una bolsa de tela gruesa para que no le diera tanto el frío. Era la prime­ra vez en todo ese tiempo que pensaba en el hombre que amaba y al que había dejado en otro país. «¿Qué tienen en común los extranjeros y los cometas?» —había bromeado yo en vísperas de tomar el avión— «que vienen de fuera, rozan tu existencia por poco tiempo y te dejan completamente alterada». Él no se había reído, alejarse no era cosa de risa. En serio, yo pensaba que volveríamos a vernos… ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿También habría ido al mar para acabar todo más pronto o habría subido a las monta­ñas como aconsejaban?

Abrí la puerta y salí. En la calle la oscuridad era cerrada y, de no ser por las hogueras que estaban prendidas aquí y allá, habría tenido que avanzar a tientas. Parejas de todas clases copulaban desaforadamente en los ángulos más os­curos de las esquinas; otros se golpeaban con rabia. Únicamente por los sonidos, no se hubiera podido distinguir a los que follaban de los que peleaban. Debía avanzar rápido, guiada por la luz, si no quería ser tragada por las sombras.

A los pocos minutos un hombre me salió al paso; lucía uniforme de rastreador, aunque podía estar disfrazado con una ropa negra cualquiera; era fácil engañar en las tinieblas.

—¿Tú dónde vas, si ya se acerca la hora? —Nos habían ordenado encerrarnos a cal y canto, o bien acudir a los re­fugios. Y, bajo ninguna circunstancia, salir.

—A ver a mis padres —dije, sosteniendo su mirada enro­jecida y vidriosa.

—Tus padres ya estarán muertos, ya no importa adónde quieras largarte. ¿Qué llevas en esa bolsa?

Me la quitó de un tirón. Asombrado se topó con el gato y con la botella de agua.

—Ya no necesitarás esta comida… —dijo roncamente.

Fue fácil darle una patada en la espinilla, un golpe en la nariz y luego salir corriendo con la bolsa. Podría haber­le entregado el agua, pero Bakunin no era comida. Debía tener cuidado con los desesperados, cualquiera podía ser un enemigo mortal. Santiago nos había convocado para aleccionarnos sobre almas perdidas que no tenían motivos para llegar al final y darnos esperanza: dijo que durmié­ramos mucho para encontrar sueños en el sueño, y que pasáramos juntos la llegada de «la hora fría». Nos pidió que aceptáramos los tiempos por venir como los romanos aceptaron la llegada de los bárbaros: sentados, hermosos, cuadrándonos serenos ante la muerte; ser una quien sujeta a la muerte del brazo y no ella la que te tome por sorpresa y te rompa el cuello.

Fue difícil avanzar. Vi animales tumbados a la orilla de la calle, profundamente dormidos, conejos, venados, hasta lo que parecía un elefante pequeño. Ya se habían abierto todas las puertas, descorrido los cerrojos, rasgado los se­llos. Reos y locos y amas de casa se cruzaban por la ciudad, mirándose con desconcierto. Los que más pena me daban eran los niños extraviados, hijos de madres suicidas o pró­fugas. Berreaban aquí y allá. El viento sopló desde el norte con un color ceniciento y yo corrí y corrí.

Llegué al parque sin aliento. Frente a la casa de Santia­go ya se había reunido un pequeño grupo de devotos que esperaban a que él terminara de cubrir de tierra un último montón de libros: el cuerpo vivo de la civilización. Santia­go, enorme y melenudo, enterraba con vigor la pala, para luego lanzar el polvo al aire poderoso que soplaba en nues­tra dirección. Iluminado por el fuego, era como un pirata o un mago. Todos sabíamos, sin embargo, que este acto de esperanza iba a terminar mal. Cuando acabó y el parque lu­cía lleno de agujeros, se aproximó muy fatigado, el cabello blanquecino pegado a su rostro. Le entregué el agua que me quedaba y él me abrazó con fuerza, en señal de aprecio. Bebió un poco y me devolvió la botella. Decidí compartirla con los que se animaron a colocar los libros dentro de la tierra. Excavábamos lentamente, con las manos, pese a que sabíamos que se acababa el tiempo.

Ya eran casi las seis cuando un grupo de rastreadores, con bocinas y silbatos, detectó nuestro movimiento en la penumbra. Eran los únicos que aún conservaban algo de energía en sus linternas y radios. Bajo la luz amarillen­ta de sus farolas, todos parecíamos sucios, perturbados y enfermos.

—Ya empezó el toque de queda —gritaron por sus par­lantes—. No pueden estar aquí, vayan a sus casas, con sus familias…

—Somos una familia —replicamos—. Sí, claro —contestó alguien con la voz distorsionada por el megáfono—. ¿Qué están haciendo con esos libros? ¿Los están enterrando? ¿Para qué?

Nadie contestó una palabra.

—Malditas sectas —susurró la voz como si hablara para sí misma—, hay una en cada esquina. Y luego añadió: —No pueden seguir aquí. Si no tienen casa deben ir al refugio que esté más cerca, pero no pueden estar en la calle en «la hora fría». ¡Muévanse!

Huimos en desbandada. Unos logramos entrar a la casa de Santiago, y corrimos escaleras arriba. Otros se echaron encima de los rastreadores para arrebatarles sus parlantes, y otros siguieron enterrando libros con rapidez. Yo subía los escalones con la bolsa guindada del hombro, tropezándome, atropellando, pasando sobre otros cuerpos. Luego era yo la que recibía los pisotones y era superada por al­guien que venía detrás. Exhausta, tuve que descansar un momento. Perdía tiempo valioso, pero el cólico había vuel­to y quizá no vería llegar el frío, como quería Santiago. Vol­cada sobre la madera que empezaba a congelarse, abracé el bulto de Bakunin y me entregué, por primera vez en todas estas semanas, al dolor que paraliza, que te hace desear vi­vir, que es como un grito de nacimiento. Entonces alguien me levantó en vilo y terminé el viaje sobre su espalda. El cabello blanco, el olor a sudor fresco, las manos sucias de tierra: el profeta me conducía como una vasija rota a ob­servar la inmolación del mundo.

Cuando subimos a la terraza no había estrellas, sino un raro resplandor azulado que hacía brillar todas las cosas. Intuíamos que ese sería el momento en que empezaría a bramar el universo, el inicio del rugido del hielo: ese ins­tante místico del que tanto había hablado Santiago. In­tentamos sonreír, los dientes castañeteaban. Lo habíamos logrado.

Sentados muy juntos, exhalando volutas heladas, con la boca muy abierta y los ojos congestionados, vimos preci­pitarse la primera luz del meteorito. Al principio fue un punto que se deslizaba veloz, mientras un olor a jengi­bre llegaba a nuestras narices. Comenzamos a estornudar como si la luz nos hiciera cosquillas. De golpe, Bakunin se estiró sobre mi regazo agitando sus bigotillos delicados. Entonces sucedió: el temblor y la ceniza se esparcieron por el aire, golpeándonos como un escupitajo denso. No volvi­mos a abrir los ojos. La mano de Santiago buscó mi mano: la apretó con firmeza y yo puse mi frente en su pecho, para siempre. Me concentré en mis sueños que se trizaron con el crujido del agua congelada: mi madre y el hombre que amé fueron entonces dos siluetas de hielo que estallaron en centenares de pedazos.

© Solange Rodríguez Pappe | Del libro de relatos La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018)

Solange Rodríguez Pappe | Ecuador, 1976

Es profesora de literatura y escritura creativa. Ha publicado, entre otros, los volúmenes de cuentos El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010), La bondad de los extraños (2014) y La primera vez que vi un fantasma (2018). Su obra se encuentra reunida en antologías nacionales e internacionales como Asamblea portátil (2009), Señorita Satán. Nuevas narradoras ecuatorianas (2017) e Insólitas. Narradoras de lo fantástico en Latinoamérica y España (2019).

Foto de autor: Álvaro Aguayo

Foto de encabezado: Paweł Czerwiński en Unsplash