«Spacefarm», por Raquel Abend van Dalen

La extrañeza de no comunicarse con Berta solo le duró la primera semana. Una suerte de indignación terminó por convertirse en comodidad y alivio. La madre de Fernanda le había asegurado con anterioridad que la tía no era muda, que solo era particular y que no se tomara personal su apatía. Más bien aprovecha para conseguir trabajo, enfócate en eso, le dijo, o piensa que estás en un retiro espiritual. Pero esa preocupación que su madre la había ayudado a banalizar, que ya había asumido e internalizado de forma exitosa, volvió unas semanas después.

Fernanda había llegado una tarde de octubre a Little Window. Un lugar que le parecía controlado por un reloj que en vez de contar el tiempo lo volvía insignificante. Las carreteras herméticas ante lo que restaba de mundo le hacían sentir que un gran vacío bordeaba al pueblo desde todos los ángulos. A unos cuatro kilómetros del centro quedaba la casa de Berta, en la orilla de una autopista bordeada por un paisaje que oscilaba entre lo agreste y lo boscoso. Como su trabajo era la cría de labradores, por ley del estado tenía que vivir en el campo. Berta no tenía ninguno de sus apellidos, tampoco los de sus padres, ni se parecía físicamente a ella. Fernanda no sabía exactamente cómo estaban relacionadas, solo le explicaron que la conexión sanguínea venía por el lado paterno de su madre. Le bastaba con que fuera una tía lejana, y su casa era una casa a la cual llegar.

Fernanda nunca recibió instrucciones, ningún tipo de dato o información necesaria. Todo lo tuvo que ir descubriendo por sí misma. En dónde estaban las toallas, por ejemplo, o cómo utilizar la estufa. Qué hacer si se acababa el rollo de papel higiénico o dónde encontrar sábanas limpias. El terreno donde vivían los perros era lo que ocupaba más espacio; la casa en sí misma solo estaba conformada por una pequeña sala, la cocina y una escalera que llevaba a dos habitaciones. Lo único que Berta hizo a su llegada fue señalar un número de teléfono anotado en la nevera junto a un post-it azul: Por si le pasa algo a los perros.

La ausencia de Berta era inquietante: aparecía y desaparecía sin avisar. A veces sentía que no habitaban la misma casa. La podía ver sentada frente a su vieja Windows, con su cabello crespo y alborotado, y luego pasarían horas antes de volvérsela a tropezar. No compartían en los mismos espacios, ni siquiera para comer. Berta solo comía a la medianoche, momento en que alimentaba a las decenas de labradores. También a sus dos Shar Pei: Califa y Falica, los únicos perros que vivían dentro de la casa. Ambas pasaban el día lamiéndose y rascándose entre las patas traseras, provocando un sonido gelatinoso que atraía la mirada de Fernanda. Berta las bañaba y vestía con abrigos navideños, aunque todavía no fuera Navidad, y de alguna forma se las arreglaba para que ella nunca pudiera acariciarlas.

Fernanda pasaba las horas del día navegando en Internet para buscar su primer trabajo como periodista. Tenía decenas de ventanitas abiertas en su pequeña laptop con distintos medios de comunicación. A diferencia de su país, ahí los periódicos impresos habían desaparecido. Buscaban redactores de contenido digital y expertos en redes sociales. Ella solo era usuaria de Twitter. Y aunque no había escrito un tuit desde su llegada a Little Window, pasaba horas leyendo los cientos de caracteres que caían por ese torrente abrumador de información.

El viento golpeaba las ventanas y las cortinas estaban extendidas porque otra vez era de noche. La casa permanecía a oscuras, embarrada por el aire pesado de la calefacción. Los muebles y las alfombras marrones cubiertos por pelos cortos y finos. Berta físicamente ausente, o entretenida con videojuegos en línea, mientras esperaba que los labradores sueltos en el jardín tuvieran que entrar de nuevo a los kennels.

Una vez logró detallar la pantalla de la Windows: Berta estaba cosechando frutas en los sembradíos virtuales de lo que parecía ser otro planeta. El fondo del escenario tenía estrellas y cometas, y en las esquinas superiores había unos extraterrestres sonrientes. La luz azulada de la computadora se proyectaba en los vidrios de sus lentes de lectura, mientras una versión digital de sí misma, vestida con un traje espacial y con la piel más bronceada, se movilizaba entre rectángulos de grama para dirigirse a los naranjos y las tomateras.

Berta no dormía en la cama de su cuarto; las sábanas y el edredón se encontraban en perfecto estado día y noche. A lo ancho estaba repleta de cojines bordados y a lo largo caían faralaos de tela de algodón. Cuando Fernanda se iba a acostar, veía a Berta en la misma silla acolchada que utilizaba para comer, vigilando desde ahí lo que ocurría en la granja espacial de su computadora; y cuando se levantaba al día siguiente, la encontraba exactamente en la misma postura: la espalda reclinada hacia atrás en el sillón, con las piernas abiertas de par en par y las manos morenas entrecruzadas sobre el vientre.

En la cocina siempre había cestas de tomates y naranjas frescas. Fernanda no sabía en qué momento Berta las traía, pero ya se había acostumbrado a desayunar naranjas y almorzar ensalada de tomate. Una tarde, Fernanda se atrevió a enviar dos aplicaciones de trabajo. La primera, a una revista de ecología; la segunda, a la sección de cultura de un periódico semanal. Para celebrar ese paso de independencia como recién graduada, decidió salir al porche de madera, sentarse a beber café y ver jugar a los perros.

Estaba arropada por una frazada de lana y unas medias gruesas de colores dentro de las botas. Los pinos se agitaban como las agujas de un compás entre cedros y robles. Si mantenía la mirada fija, podía imaginar que atravesaba los espacios oscuros entre los troncos hasta llegar a algún lugar nuevo. Posiblemente a otra cabaña. Ya tenía la fantasía de vivir sola por primera vez. Bebía el café sin prestar demasiada atención a los perros. Le agradaba el olor fresco a pino. Dentro de tanta incertidumbre, eso la calmaba. Uno de los labradores negros corrió detrás de una pelota que mordió y volvió a soltar. Fernanda vio la pelota roja y desconchada, y siguió pensándose entre los árboles, perdida ahí dentro. Qué lejos se sentía su país y su casa y su madre. Qué lejos de sí misma.

Un labrador amarillo con los ojos bizcos comenzó a oler la cola de uno más oscuro. Otro marrón se acercó y pareció empujarlo con la cabeza, provocando que el amarillo estirara la comisura labial negra y sacara la lengua. Fernanda tomó café y de pronto prestó atención. Los perros agitaban las colas, daban vueltas en círculos, corrían de un lado a otro, pero ninguno ladraba. Dejó la taza a un lado y se incorporó en la silla con la espalda recta. Los observó de nuevo, esta vez con más cuidado. Lengüeteaban, se babeaban, jadeaban con excitación o cansancio, incluso podían soltar levísimos aullidos de lamento, así como unos silbidos tristes, pero al momento de ladrar solo movían el hocico, abrían la mandíbula y revelaban los colmillos ensalivados. Además tensaban el cuerpo entero, las patas eran cuatro palos, pecho hacia fuera. Ni un ladrido.

Al día siguiente Fernanda salió por primera vez de la casa. Tenía un mal presentimiento. Necesitaba estar al aire libre y recordar el orden natural de las cosas. Cruzó la autopista y caminó detrás de la cerca de metal mohoso, por la senda que bordeaba la carretera. Aquellos kilómetros que separaban las fincas entre sí se extendían en una misma vía recta de asfalto, rodeada de vacas que solo eran tocadas por el horizonte. Los pasos de Fernanda eran torpes y nerviosos. Se dio cuenta de que realmente no tenía a dónde ir. No conocía a más nadie en ese pueblo. Tampoco tenía dinero para irse a un hotel. Caminó con los puños cerrados por el borde de tierra que dividía la autopista de los terrenos de pasto y espigas, esa frontera dura del tiempo que divide la rapidez de la lentitud.

A pocas cuadras de la casa, se fijó en una piedra rojiza envuelta en un alambre de púas. Aunque se veía maciza, tenía la superficie irregular y algunas protuberancias brillantes. Pensó que parecía un meteorito. Miró a su alrededor para memorizar el lugar de la piedra en caso de que necesitara un punto de referencia para regresar. Había un rancho metálico y vacas. Luego siguió. Pensó que era la primera vez que estaba fuera de la casa de Berta desde su llegada a Little Window y eso la distrajo de la vía. También la imagen de los labradores que abrían y cerraban el hocico, en un cabeceo rápido, sin emitir ningún sonido. Fernanda cruzó hacia la derecha y hacia la izquierda en varias ocasiones, por seguir un solo instinto: caminar.

El sol aparecía y desaparecía tras las nubes, produciéndole una presión en el estómago. Miraba atenta el cielo para asegurarse de que el sol iba a salir de nuevo. En ese mismo juego de luz, las sombras de unos caballos a lo lejos se volvían creaturas oscuras que podían arrastrarse por el suelo hasta alcanzarla. Cada vez había menos granjas y más pasto ambarino. Algunos troncos de ramas retorcidas le recordaron a los fósiles de un animal corpulento. A la distancia había unas plantaciones de algodón. Motas blancas se repetían en filas, una al lado de la otra, como si hubiera pasado una tormenta de nieve.

A medida que el sol fue cayendo, la temperatura cambió radicalmente de un momento a otro. Fernanda se detuvo y sintió el frío en las palmas de sus manos. Cansancio en los ojos. Su pulso agitado. La lengua pastosa. Respiró profundo y se fijó en el suelo: atravesada en medio del camino, justo frente a ella, estaba la misma piedra rojiza envuelta en un alambre que había visto minutos atrás. Unas huellas empantanadas en la tierra le asomaron la posibilidad de que ya hubiera pasado por ahí. Tenían el tamaño de sus botas y el mismo diseño picudo de las suelas. Dadas las condiciones geográficas del pueblo, no había vida peatonal. No parecía haber forma de que se encontrara con alguien o de que esas huellas correspondieran a otra persona.

Fernanda revisó por segunda vez las pisadas y miró la piedra rojiza. Efectivamente estaba envuelta por un alambre de púas, pero no reconocía las piedritas grises y los montículos de grama naciente alrededor. Tampoco los trozos de madera acumulada a un lado de la carretera o los fardos apilados en seguidilla. Si fuera la misma roca, pensó, habría tenido que pasar por la casa de Berta o al menos verla desde esa distancia. A su alrededor seguían las plantaciones de algodón, no el rancho plateado del inicio. Una camioneta naranja pasó violentamente a su lado y empujó una corriente de viento helado contra su cuerpo. Observó cómo se hizo cada vez más pequeña hasta desaparecer en la distancia de la carretera. Casi a la misma altura notó un granero color ladrillo y decidió aproximarse para pedir direcciones. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero se dio cuenta de que necesitaba regresar a la casa de Berta antes de que anocheciera.

Metió las manos en los bolsillos y se puso la capucha de la chaqueta para protegerse el cuello. Caminó apresurada por el mismo margen, tratando de no pisar el asfalto de la carretera. Temía que otro carro pasara a alta velocidad y se la llevara por delante. A su derecha dejó de ver plantaciones de algodón. El pasto se tiñó de amarillo a verde y algunas ovejitas negras se aproximaron a la reja que circundaba el terreno. Se amontonaron una al lado de la otra y miraron a Fernanda pasarles a un lado, moviendo la cabeza de forma sincronizada. Intercambió mirada con una y le pareció por un momento que los ojos eran un par de huecos vacíos. Aceleró el paso. El granero estaba cada vez más cerca de ella, pero le inquietaba que su entorno seguía cambiando. Ya no había ovejas sino caballos. Ahora las sombras de algunos árboles se veían más dilatadas en la luz roja del atardecer. También de pelaje negro, los caballos galoparon hasta la reja y miraron pasar a Fernanda. Se sintió vigilada y no quiso voltear. Avanzó con la mirada hacia el frente, escondida en su capucha, intentando ignorar la presencia mortífera de los animales.

Ya muy cerca del granero, tropezó de nuevo con la misma roca. El meteorito envuelto en alambre estaba en medio de la vía, frente a sus pies, con sus destellos rojizos. Volteó y solo había pasto quemado detrás de la cerca. Los árboles y animales habían desaparecido. Frente a ella un paisaje vacío se imponía. Fernanda empujó la piedra con la punta de su bota y la materia blanda se amoldó con la forma del zapato. Se agachó y se atrevió a tocarla. A pesar de verse maciza, resultó ser suave al tacto. Sus dedos podían hundirse en la superficie, como si estuviera hecha de goma. Enterró el índice en la masa gris y la forma cilíndrica quedó grabada. Su piel estaba marcada como si hubiera dibujado con carboncillo. Se limpió con el pantalón y rodeó la roca para seguir caminando, cada vez más rápido, hasta verse corriendo por la senda y llegar al granero.

Golpeó el puño cerrado contra la puerta de madera varias veces. El sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte, como una línea de fuego entre el cielo y la tierra. Golpeó de nuevo, con los nudillos, y se atrevió a gritar. Despegó sus labios y preguntó si había alguien ahí, pero al no escuchar ningún sonido salir de su boca, pensó que quizá no había gritado. Lo intentó de nuevo. Esta vez dijo que necesitaba hacer una llamada. Pero no escuchó nada. Su lengua se movió, sí, chocó contra los dientes, la garganta vibró, pero ningún ruido. Dijo que necesitaba pedir direcciones, que no le tomaría mucho tiempo. Pero ya sus puños no podían estar más apretados y su garganta no podía esforzarse más. Desesperada, rodeó la granja y descubrió una puerta abierta en la parte trasera. Entró sin dudarlo. Pasó por unas paredes oscuras de latón y llegó a un jardín de pinos.

Reconoció a los labradores de Berta jugando unos encima de otros. Dando vueltas en círculos. Uno negro le trajo la pelota roja y desconchada que había visto el día anterior. El perro contento la dejó a sus pies y ella la tomó entre las manos. Tenía la misma textura esponjosa de la roca. Levantó la mirada y el porche donde había tomado café estaba ahí. Subió los escalones de madera, notó en la mesa su taza sucia y la frazada de lana estirada en el respaldar de la silla. Abrió la puerta de la casa y vio otra taza humeante en la mesa de la vieja computadora de Berta. A los lados, unas cestas contenían bolitas de algodón. Fernanda se acercó y observó la pantalla de la Windows.

© Raquel Abend van Dalen | Relato inédito

Raquel Abend van Dalen | Venezuela, 1989

Tiene una Maestría en Escritura Creativa en Español por la Universidad de Nueva York. Es autora de los poemarios Sobre las fábricas (2014), Una trinitaria encendida (2018) y La beata de las locas (2019), así como de las novelas Andor (2013) y Cuarto azul (2017). También ha compilado las antologías La cajita cabrona (2016) y Los topos mecánicos (2018). Actualmente, es doctoranda de Escritura Creativa en Español e Historia del Arte en la Universidad de Houston. Sitio web: www.raquelabendvandalen.com

Foto de autora: Violette Bule

Foto de encabezado: Mitchell Orr en Unsplash