«Tradición», por Santiago Eximeno

Un pueblo sin tradición es un pueblo sin porvenir

Alberto Lleras Camargo

Qué suerte.

Eso fue lo primero que dijo Yolanda cuando Verónica le contó lo del ictus de su suegra. Qué suerte. Y lo cierto es que Verónica no podía estar más de acuerdo con ella.

Esperaban en la cola que se formaba todos los miércoles por la tarde en la galería. Allí se congregaban mujeres y hombres de todas las edades, portando sus tablillas y sus cartillas de racionamiento y sus carritos repletos de paciencia. Verónica se había acostumbrado a las largas colas con rapidez, Andrés no las soportaba. Por eso siempre acudía ella a la galería y dejaba que él se quedara en casa con la promesa —incumplida, siempre incumplida— de ayudar con las tareas del hogar. En fin, tampoco le podía reprochar nada. Su marido había trabajado como el que más y ahora, condenado a un paro del que nadie parecía poder escapar, al menos no se limitaba a vegetar delante de la televisión y a ver los partidos de fútbol en el bar de abajo, como los demás. Ponía todo su empeño en preparar unas oposiciones, y eso era todo. Jugártelo a una sola carta en una baraja de miles de naipes desesperados que no admitía distracciones, como por ejemplo pasar el plumero por la mesa del salón.

Verónica esperaba en la cola junto a Yolanda, como en otras ocasiones. Le gustaba coincidir con ella, charlar de trivialidades acerca de los niños, soñar con viajes que nunca harían, con personas que nunca conocerían. Ya había dejado atrás ese optimismo absurdo de juventud que le decía que podía luchar contra cualquier cosa que se le cruzara en su camino. Tras las manifestaciones, las huelgas y la represión brutal del estado había aceptado que ahora lo que tocaba era sobrevivir. Que lucharan sus hijos, ella ya estaba cansada.

—¡Un ictus! —repitió Yolanda—. Hija, no sabes la suerte que tienes. Si te contara yo lo que tuvimos que pasar con el padre de Ismael el año pasado.

Verónica escuchaba y asentía, aunque Yolanda le hubiera contado lo de su suegro más de una docena de veces desde que lo enterraron el año pasado. Le gustaba oír la voz de aquella mujer, le tranquilizaba su parloteo sin sentido. Era mucho más gratificante que mirar los rostros de las personas que esperaban. Rostros grises, tristes, incapaces de adaptarse a la crisis que había devorado su modo de vida. Rostros muertos.

—¿Nos veremos entonces mañana? ¿Cuando salgáis del cementerio?

—Sí, claro, cuando terminemos —respondió Verónica.

En la pollería apenas quedaba género, así que Verónica entregó su cartilla y su tablilla al dependiente y le pidió una pechuga de esas, de las grandes, sí, por favor, y una docena de huevos. En la pescadería se conformó con mirar los pequeños carteles blancos que exhibían los precios y continuó hasta la carnicería. Allí compró medio kilo de carne picada, mezcla de demasiadas cosas como para querer identificarlas todas, lo máximo que le entregarían esa semana. Terminó de llenar su carrito con cebollas y patatas y un puñado de tomates. No cogió fruta, los precios seguían siendo prohibitivos y ya había consumido todo lo que su cartilla de racionamiento le daba para el mes. En fin, el mes de octubre terminaba hoy mismo. A partir de mañana, después de que transcurriera el caótico Día de Todos los Santos, se plantearía qué cocinar para los días de noviembre.

Se despidió de Yolanda, demasiado entretenida con las aceitunas y las bolsas de chucherías —algo que Verónica hacía tiempo que había prohibido en su despensa— y salió de la galería de alimentación en dirección a su casa. Hacía frío, no demasiado. El sol se ocultaba tras algunas nubes perezosas, pero no parecía que fuera a llover. El hombre del tiempo había pronosticado para mañana un día soleado, justo lo que necesitaban. No soportarían un terrible día de lluvia y barro en La Almudena. Bastante difícil era el trago por el que tenían que pasar como para preocuparse de las condiciones ambientales. Todo fuera por mantener las tradiciones.

Verónica bajó por la calle Alcalá arrastrando su carrito. Al llegar a su calle se detuvo un momento y contempló desde la distancia la plaza de toros de Las Ventas. Había gente alrededor, probablemente aficionados a los toros, de esos nostálgicos que se empeñaban en pasear alrededor de la plaza con la esperanza de que antes o después la abrieran de nuevo. O quizá eran simples curiosos. ¿Cuánto tiempo hacía que no veía turistas por el barrio? Con la vida que bullía ahora mismo en el barrio. Siempre le había sorprendido que pudiera haber tanta gente en las calles, tantos coches circulando arriba y abajo, abajo y arriba. ¿Acaso nadie trabajaba ya en Madrid? Una chica apostada en la entrada del metro le tendió una revista. No un periódico, esos habían desaparecido hacía ya meses. Ahora daban revistas que no eran más que panfletos publicitarios, de esos que su marido decía que escribían mujeres para que las leyeran las mujeres. Sí, seguro que tenía razón, en  esas cosas Andrés siempre la tenía, pero le daba igual. Sus intentos por hacer que se sintiera inferior por disfrutar con los cotilleos de los famosos y los horóscopos ya no funcionaban. No desde que él estaba en el paro; se pasaba las horas muertas frente al televisor y el dinero que recibían del Gobierno apenas les daba para llegar a fin de mes. ¿Cuánto tiempo hacía que no cenaban fuera de casa? Demasiado.

En fin, pensó Verónica, ya tendrían tiempo mañana para pensar, para valorar qué es lo que funcionaba y no funcionaba en sus vidas. Si algo tenía el Día de Todos los Santos era que ponía a cada uno en su sitio.

* * *

Llovía.

El día había despertado soleado, pero la persistencia de un puñado de pequeñas nubes deshilachadas provocaba una pequeña llovizna que, lo mirase como lo mirase, entristecía a Verónica. Sentada en una silla en la cocina, sostenía la taza de leche caliente entre sus manos mientras su mirada vagaba por las flores descoloridas del mantel de plástico que cubría la mesa. Todavía no se había vestido, si no se daban todos un poco de prisa llegarían tarde. Como siempre. Podía oír los gruñidos de Andrés en el dormitorio, ocupándose como buenamente podía de su madre. Ella ya la había cambiado el pañal por la noche, era responsabilidad de él adecentarla y sentarla en su silla de ruedas. Era su madre, coño. Al fin y al cabo debería estar contento, ni lo había hecho muchas veces antes ni lo haría después.

Julián entró en la cocina. Serio, callado. Introvertido, decía su marido. Así era su hijo. Verónica se preguntaba una mañana sí otra no qué había hecho mal con él. Y con su hija. Sobre todo con su hija. Ella era otra historia. Esa noche Patricia ni siquiera había dormido en casa. Poco arreglo tenía ya. Con Julián, catorce años recién cumplidos, todavía tenía esperanzas de reconducirlo al buen camino, fuera cual fuese ese camino.

—¿Quieres que te prepare unas tostadas? —dijo Verónica.

Julián negó con la cabeza. Abrió el frigorífico, sacó un bote de Coca-Cola y lo abrió con ese chasquido que a ella le resultaba tan insoportable. Verónica ya no tenía fuerzas para discutir con él, para decirle que desayunar de esa forma no solo no era sano, sino que era estúpido. Irresponsable.

Julián bebió un trago de su lata, se sentó.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó.

—En cuanto tu padre prepare a la abuela.

—Vale. ¿Y Patricia?

—Imagino que nos veremos en La Almudena. Si tiene un poco de seso dentro de su cabeza, claro, que últimamente de tu hermana me espero cualquier cosa.

—Ya —dijo Julián, y la sonrisa insolente que se dibujaba en su cara terminó por amargarle el desayuno a Verónica.

Adolescentes. Si crees que es malo cuando no son más que berridos y llantos y necesidades insatisfechas, espera a que se hagan adolescentes. Eso le había dicho su suegra muchas veces y Verónica se había resistido a creerlo. Ahora sabía lo equivocada que estaba. Aquella edad era la más difícil y, hablando claro, la más hijaputa.

La abuela estaba preparada y esperando en el pasillo. Andrés la había adecentado todo lo que buenamente había podido. La mujer, más que sentada, yacía sobre la silla de ruedas, volcada hacia un lado como una planta marchita que ansía alcanzar la luz del sol. El ictus le había robado medio cuerpo. También el habla, pero escuchando sus últimos meses de conversación desesperada Verónica casi que lo agradecía. Se sentía culpable por ello, pero lo agradecía.

—No me apetece nada ir andando hasta allí —dijo Andrés.

Sentado en el suelo, en el pasillo junto a la silla de ruedas, le abrochaba los zapatos a su madre con su torpeza habitual. Parecía que nadie le hubiera enseñado, un autodidacta incapaz de mejorar en las tareas más banales.

—No pensarás que vamos a montarla en el coche, Andrés. Eso es un lío sin sentido. Andando estamos allí en veinte minutos.

—Ponle media hora. Y espera a que nos llueva.

—Ya ha parado. Eran cuatro gotas. No me jodas, por Dios —dijo Verónica.

Andrés no respondió. Sabía que él odiaba que hablara así, pero qué coño, así era ella. Ya lo sabía cuando se casaron y desde entonces habían tenido dos hijos y los habían criado. Había tenido tiempo de acostumbrarse a su forma de ser. Ella al menos lo intentaba. Y ni siquiera era su madre la que estaba en esa silla.

Verónica ya estaba preparada, como siempre mucho antes que los hombres de la casa. Hacía tanto tiempo que se había olvidado de maquillajes y demás que ya no tenía remedio. ¿Cuánto tiempo hacía que no se acostaba con Andrés? No lo recordaba. Él nunca había mostrado un apetito por el sexo similar a otros hombres que había conocido, y ella prefería dormir en su propia cama. Tranquila, sin sobresaltos. Ya habían disfrutado del sexo y habían criado a sus hijos. Ahora bastaba con ese cariño discreto que a veces se profesaban, con alguna mirada de complicidad, con respeto. Ella no necesitaba más y, siendo vulgares, a estas alturas él no le iba a meter la polla en la boca.

—Voy a darme una ducha —dijo Andrés.

Sonaba hosco, pero en realidad estaba cansado. Ella conocía bien a su marido y podía leer en sus pequeños gestos, en sus silencios y sus miradas perdidas, si el conflicto entre ambos se recrudecía o si simplemente estaban a la espera, agazapados, esperando cualquier excusa estúpida para saltar.

—¿Te preparo algo? —dijo Verónica. Andrés levantó una mano y, sin mirarla, abrió el frigorífico.

Tanto tiempo invertido en la cocina para nada. Ninguno de los varones lo apreciaba, y la única que podía hacerlo —ya que su hija hacía tiempo que solo les ofrecía su desprecio— estaba sentada en su silla de ruedas, en el pasillo, frente a la puerta, atada y amordazada.

Los minutos que transcurrieron antes de salir de casa a Verónica se le hicieron eternos. Julián vagando de un lado a otro con su consola portátil de nombre impronunciable entre las manos. Andrés, tras ducharse, escondido en el dormitorio, jugando con la ropa de su armario hasta que llegara el momento de marchar. La abuela olvidada en el pasillo. Verónica se afanó en recoger un poco la cocina y preparar el lavavajillas. Lo dejaría encendido para adelantar trabajo. Estaba lavándose las manos en el fregadero cuando sonó el teléfono.

—¡Que alguien lo coja! —dijo Verónica, consciente de que nadie lo haría.

Sonó una, dos, tres veces. Después calló. Verónica se secó las manos con un trapo y salió de la cocina. Pasó junto al teléfono del pasillo. Lamentaba no tener el servicio ese de identificación de llamadas, pero no estaban para tirar cinco euros mensuales a la basura. Julián le había dicho que era gratis, pero si lo era, ¿por qué no se lo ponían sin más? ¿Qué querían a cambio? Siempre llamándola para ofrecerle servicios que no necesitaba, para invitarla a cambiar de empresa, para embaucarla y hacer que gastara su dinero.

—Nos vamos —dijo cuando se cruzó con el chico en el pasillo.

Este se limitó a asentir sin apartar la vista de la consola. Peor para él. Andrés la esperaba ya en la puerta.

—Cuanto antes lleguemos antes volveremos —dijo.

—Lástima que no tengas la misma prisa para otras cosas —respondió Verónica.

Salieron a la calle una hora más tarde de lo previsto. De lo previsto por Andrés, claro, el mismo que no había ayudado ni aportaba nada más al día que su sempiterno enfado con el mundo. Cualquier plan que no fuera suyo, cualquier labor que hubiera que realizar que involucrara a toda la familia, le incomodaba. Siempre.

Andrés empujaba la silla sobre la que iba sentada la abuela. Verónica caminaba a su lado en silencio. Julián algunos pasos más atrás, incapaz al parecer de derrotar al enemigo de la última fase. Caminaban con prisa por la Avenida de Daroca, dejando atrás las funerarias, las tiendas de fabricantes de lápidas, las floristerías cada vez menos frecuentes. Todo el modelo de negocio de la avenida estaba concebido por y para el cementerio de La Almudena, una necrópolis desproporcionada que, una vez establecida, parecía querer devorar también los barrios vecinos. Allí no tenía sentido la burbuja inmobiliaria de principios de siglo. Los precios siempre subían y los residentes nunca se quejaban.

Caminaban mirando al frente. Varios metros por delante iba otra familia, presumiblemente con el mismo destino. El anciano caminaba altivo, digno, sostenido por los que podrían ser sus hijos. Las manos jóvenes aferraban con fuerza los brazos del anciano, más para evitar que echara a correr que para ayudarle a caminar.

Varios coches pasaron a su lado. Verónica lanzó miradas de curiosidad mal disimuladas a su interior. En varios descubrió escenas tan similares a la suya que no pudo evitar sonreír. ¿A cuántos les tocaría esta vez? El año pasado allí se habían congregado miles de personas. Imaginaba que en cementerios más pequeños, como el de Carabanchel o el de San Isidro, las cosas serían más calmadas, más llevaderas. La Almudena siempre se transformaba en una fiesta macabra, quisieran o no los invitados.

—¿Compraremos una pala? —preguntó Julián.

No levantaba la vista de su consola. Verónica no le respondió. Sabía que Andrés llevaba una en la pequeña mochila colgada de sus hombros. Una de esas palas pequeñas, plegadas, de colores chillones. Tan fuera de lugar como sus ropas. Les haría sentirse incómodos cuando la exhibiera con esa sonrisa estúpida que reservaba para los momentos comprometidos. Verónica no se creía capaz de utilizarla. Que lo hiciera él. Era su pala.

Cruzaron el puente a paso vivo. Ya eran visibles las puertas del cementerio desde donde se encontraban. Estaban abiertas de par en par y familias apresuradas las cruzaban sin mirar atrás, sin prestar atención a los abucheos, a los gritos, a la multitud que se agolpaba junto a las verjas, increpándoles. Jóvenes con carteles, con megáfonos, con cámaras de vídeo y teléfonos móviles. Una masa humana desnuda, sus cuerpos parcialmente cubiertos de tierra, de ceniza.

—Oh, no me jodas —dijo Andrés.

Se detuvo. La anciana se agitó en la silla, las mordazas que atrapaban sus brazos y sus piernas se contorsionaron.

—Vamos, no importa. Entramos rápido y ya está —dijo Verónica.

Andrés agitó la cabeza. Después, en un gesto inesperado, dio un manotazo a la silla, a la cabeza de su madre.

—No me jodas, no me jodas, será hija de puta —dijo Andrés—. Mírala, joder, es tu hija.

Y Verónica miró y vio que Andrés estaba en lo cierto. A menos de treinta metros, desnuda como vino al mundo, perdida entre la turbamulta, estaba Patricia. Embadurnada de sangre, de arena. Depilada de una forma que la hizo sentirse muy incómoda. Patricia expresando su odio tal y como deseaba hacerlo.

—Está como una cabra —dijo Julián.

—Más que eso —dijo Andrés, y miró a Verónica—. Vamos a pasar. Sin hablar con ella. Sin mirarla. Si nos paramos por cualquier motivo, te juro que le doy una paliza allí mismo.

Andrés impuso un ritmo frenético. Verónica se situó a su lado, Julián se quedó atrás. A ella le dolían las piernas, malditas varices. Quedaban todavía meses para su operación, lo único que podía hacer era apretar los dientes e ignorar el sudor que empezaba a brotar en sus axilas, en su espalda. Maldita niña. Siempre había tenido carácter, ya desde pequeñita, pero lo que les estaba haciendo ahora no tenía nombre. No les respetaba, no respetaba las normas. Se unía a todos esos grupos que proliferaban por la red hablando de la necesidad de cambiar las cosas, de luchar contra el capital. Niños malcriados que querían acabar con el sistema que les daba de comer. Como si pudieran ofrecerles algo mejor. Ignorantes. Y violentos.

El camino empedrado que conducía hasta las puertas hizo que Andrés maldijera al menos diez veces más. Los jóvenes desnudos les gritaban igual que habían gritado a los que les precedían. Verónica bajó la mirada. No quería que sus ojos se cruzaran con los de su hija, que se viera obligada a detenerse. No quería que Andrés perdiera los nervios y le hiciera daño a Patricia. Sabía que después él no sería capaz de perdonarse. Ya se habían encontrado con ella en otras manifestaciones contra los valores tradicionales de la sociedad, e incluso alguna se jactaba de haberla ganado, como si el fin de las corridas de toros tuviera relación con la exhibición impúdica de un centenar de cuerpos desnudos ensangrentados. No, no quería verla. No quería escucharla. Bastantes problemas tenían ya.

Julián les alcanzó cuando traspasaron el umbral. Bajo la cacofonía de reproches su sonrisa brillaba como la hoja de un cuchillo afilado. Peligrosa, incómoda. En el interior del cementerio se sintieron arropados por otras familias que bregaban con la misma situación que ellos. Avanzaron en procesión por los caminos; Andrés murmurando entre dientes, Julián perdido en su mundo digital, Verónica ansiosa por olvidar el rostro ardiente de su hija.

Junto a las lápidas se situaban los vendedores de estampas, los fotógrafos, los puestos donde podías adquirir un puñado de tierra embotellada, una pala. Atrás habían quedado los vendedores de flores, antaño los verdaderos dominadores de aquellas tierras repletas de cadáveres. Los tiempos cambian, Patricia, los tiempos cambian, pensó Verónica mientras ignoraba ofertas y centraba su mirada en la espalda de Andrés.

Había un olor dulzón, embriagador, que se empeñaba en ofender su sentido del olfato. Los murmullos de los asistentes parecían surgir de una única garganta lacerada. Verónica sabía que el Día de Todos los Santos era ineludible, que si había llegado el momento debías estar allí, con tus familiares, para despedirte. Por eso le resultaba extraño que entre las lápidas, junto a los mausoleos cerrados, esperaran agentes del orden. ¿Acaso pensaban que, una vez allí, alguien podría arrepentirse? En todo caso se habrían quedado en sus casas, escondidos, esperando. O quizá se habrían anticipado a la carta certificada del Ayuntamiento y habrían emigrado a otros países, otros lugares con sus propias tradiciones, con sus propios problemas.

¿Dónde podrías estar mejor que en España? Verónica no tenía respuesta para esa pregunta, por eso seguían allí a pesar del paro, a pesar de la pobreza, de las sentadas, de la violencia en las calles, de la ausencia de ayudas desde el exterior. Todo el mundo estaba igual, toda Europa se convulsionaba. Eso decían las televisiones, esas que Andrés decía que estaban al servicio de los bancos, no del gobierno.

De pronto la procesión se detuvo. Verónica alcanzó a Andrés, se situó a su lado. Miró a su suegra a los ojos. Siempre se habían llevado todo lo bien que sus roles les permitían. Ella, atada a la silla, le miraba con una expresión que no supo descifrar. ¿Resignación? ¿Asco?

—Esto va a ir muy rápido —dijo Andrés.

Y así era. Las fosas ya estaban abiertas. Atrás habían quedado las incineraciones, los pequeños nichos que albergaban urnas sin alma, los jardines para esparcir las cenizas. Ahora se hablaba de fosas comunes alrededor de las que se congregaban las familias y rezaban antes de dejar caer en su interior a los suyos. Ellos habían quedado ubicados frente a una pareja que lloraba junto al cuerpo de un anciano, inconsciente. Verónica no compartía esa debilidad. No quería dormir a su suegra, no quería que después hicieran lo mismo con ella. Era una ignominia dejar caer el cuerpo a la fosa común como un fardo. En silencio. Sin vida. Lo importante de todo aquel ritual era mirar por última vez a los tuyos, saber que en aquel acto que los jóvenes de las puertas tachaban de barbarie había más amor que otra cosa. Amor. Y respeto por la vida. Por la vida de los que tenían que venir.

Las letanías surgieron entre murmullos de aprobación. Familias orando con los suyos. Incluso alguno de los ancianos rezaba, los ojos cerrados, las piernas temblando. Asumir tu destino siempre es difícil, asimilar que te ha llegado la hora también. Pero antes o después todos tenemos que marcharnos. Verónica lo sabía, y ahora quería transmitirle de alguna forma su fortaleza a su suegra. Quiso coger su mano, pero se contuvo. Julián, a su lado, había guardado la consola en un bolsillo y se mostraba expectante. Verónica supo en ese momento que su hijo no dudaría, que esta nueva generación tendría el valor suficiente para hacer lo que se debía hacer sin remordimientos.

—¡Dejadme marchar! ¡Malditos dementes, dejadme marchar! —gritaba una anciana de pelo blanco vestida con un camisón transparente y desagradable.

Otra mujer más joven la empujó con fuerza a la tumba abierta y fue como si hubieran dado el pistoletazo de salida. Verónica sintió un vuelco en el estómago cuando los ancianos comenzaron a caer a la herida abierta en la tierra. Un centenar de cuerpos, quizá más, lanzados al vacío entre gritos y llantos y plegarias. Cuando se volvió para preguntarle a Andrés qué debían hacer, su suegra ya no estaba sobre la silla.  

Y entonces, mientras los gritos reverberaban en sus oídos con rabia, hombres y mujeres cogieron sus palas y comenzaron el trabajo.

* * *

Andrés rebuscó en sus bolsillos, sacó un cigarrillo. Vio la mirada de desaprobación de Verónica.

—Ya lo sé, no se puede fumar aquí dentro. El humo le molesta a los muertos, supongo —se colocó el cigarro en la boca—. No lo voy a encender.

Verónica se sentó a su lado, junto a la lápida, apoyó su mano sobre la rodilla de su marido.

—No pasa nada —dijo.

—Ya. La vida. Es así —respondió Andrés—. Ya nos tocará a nosotros.

Verónica asintió. La gente se marchaba. Recogía sus cosas, se abrazaban. Algunos lloraban unos minutos mientras caminaban hacia la entrada o hacia sus coches. Julián hacía tiempo que había decidido volver a casa, quizá recogiera a Patricia en la puerta. Verónica sabía que ellos se quedarían todavía un poco más allí, sentados, en silencio. Uno al lado del otro. Juntos.

Ojalá cuando llegara el momento, pensó, pudieran enterrarles también juntos.

© Santiago Eximeno | Del libro de relatos Lo grotesco (Enkuadres, 2017)

Santiago Eximeno | España, 1973

Ha publicado, entre otras, las novelas Asura (2004), Alicia en el sótano (2015) y Alienígena (2017), así como los libros de relatos Bebés jugando con cuchillos (2008), Umbría (2013) y De la carne (2019). Su obra ha sido premiada en certámenes como el Premio Ignotus e incluida en diversas antologías y revistas. Es también diseñador de juegos de mesa y de rol. Sitio web: www.eximeno.com

Foto de autor: Archivo

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