«Acantilado», por Rafael Villegas

Cabo de las Tormentas, 4000 a. e. c.

–Estuvo presente cuando el Sueño comenzó. El Sueño es el cuento del Tiempo. Al final de los días, como tantas veces antes, el Espíritu observó. Trató de entender la desaparición de las cosas que se ven.

»Al Espíritu no le importa la desaparición del mundo en sí misma. No se opone a que lo visible deje de serlo, sólo intenta descifrar el acertijo de la rueda del Tiempo. Le da igual si el Tiempo acaba de una vez o si continúa para siempre, pero quiere abandonar la Buena Tierra.

»Yo sé todo esto porque el mismo Espíritu me lo dijo. Sé lo que piensas. Los espíritus no hablan, piensas. Y tienes razón, los espíritus no tienen bocas, ni ojos, ni manos, ni pies para dejar huellas en el lodo.

»Pero este Espíritu es distinto. Vestía un cuerpo ajeno. Lo habitaba como un padre y una hija habitan una cueva, como tú y yo nos resguardamos aquí de la lluvia y de las pesadillas. El Espíritu había hecho su casa en el estómago del monstruo más terrible que puedas imaginar. Era más grande que las ballenas que a veces vemos a la luz de la Luna. Has comido los tentáculos del pulpo. Te aseguro que esta bestia era semejante a un pulpo, aunque tan grande que pudo haber levantado a una ballena con cada uno de sus tentáculos. El monstruo era rojo como la sangre que corre incluso por los cuerpos de los pingüinos que llegan a las playas desde otros mundos.

»El Espíritu, que era un pulpo tan alto como mil elefantes subidos uno encima del otro, me dijo que hubo un tiempo cuando bestias más grandes que él caminaron entre los árboles y nadaron bajo los mares. Él lo sabe porque las conoció a todas. También habitó sus estómagos, profundos y cálidos como esta cueva. El Espíritu me dijo que jamás habría de nuevo monstruos de ese tamaño, que la noche se había hecho pequeña, que ya no quedaba espacio.

»El Espíritu me hablaba desde el estómago de la bestia. Lo escuchaba como cuando se escucha a una tormenta aproximarse. Yo estaba parado ahí afuera, al pie del acantilado, donde las olas golpean las rocas. Tenía miedo, pensé que moriría. La mitad del cuerpo de la bestia permanecía oculta bajo el agua. El más ligero de sus movimientos hacía vibrar las rocas y embravecía el mar. Yo me agarraba a una roca y rogaba al Espíritu que no acabara con mi vida. Entonces era un niño, con menos años que tú ahora. Entonces temía a la muerte.

»Me dijo, de esa forma como hablan los espíritus dentro de los estómagos de las bestias, que no estaba ahí para tragarme. Que no estaba escrito que yo muriera aún. Me reveló dónde y cuándo moriría. No te diré. Una hija no debe saber dónde y cuándo morirá su padre.  

»Me dijo que escuchara lo que tenía que decirme. Me dijo que la vida se repite una y otra vez, siempre igual, como las historias que contamos cada noche. Si no contaramos historias, la vida dejaría de existir en la Buena Tierra. Me hizo entender que todos vivimos dentro de un gran cuento que él mismo inventó muchísimos días antes, antes de que los padres tuvieran hijas. Yo creo que este Espíritu es el primogénito de la Madre Araña, pues la ayudó a extender sus hilos y a cruzarlos, a crear los caminos que hombres, animales y ríos andamos. Pero la telaraña de la Madre es peligrosa. Quien la toca queda atrapado en ella. El Espíritu me dijo que la tristeza lo invade, que no le gusta la telaraña. No pertenece a ella y busca el camino de salida.

»El Espíritu también me habló en misterios. Me dijo que el Tiempo no se extiende como las alas de un ave, sino que se enrolla como un cabello. Él siempre queda en medio de ese círculo, como un huevo tragado por una serpiente del lugar sin agua.

»El Espíritu me dijo que habita el Reino de los Recuerdos, que es también el Reino del Destino. Ahí se cruzan el ayer y el mañana, confusos como el llanto de un recién nacido. El Espíritu me pidió que imaginara cómo sería si recordara todos los días de mi paso por la Buena Tierra. No tuve que cerrar los ojos para sentir el peso de mil oscuridades en el corazón. Me dijo entonces que el Tiempo se recuerda a sí mismo, como cuando una hija recuerda haber mirado su rostro en el agua. Hay un círculo en el que todo lo que existe ha quedado atrapado y quieto, como esos animales de madera con los que jugabas cuando aún se te caían los dientes. El Espíritu ha andado tantas veces entre animales de madera que ya está cansado y aburrido. Pero tú no conoces aún el peso de la vida.

»El Espíritu me contó que el Tiempo se ha repetido muchas veces. Siempre de la misma manera. Él ha estado en cada una de esas veces, pues él lo creó todo con su cuento. Me dijo que una parte de él se quedó en cada una de las cosas que se ven y las que no se ven. Al principio, durante las primeras vueltas del Tiempo, era incapaz de reunir todos los pedazos de sí mismo. Su lengua fue escondida en una isla blanca a muchas vidas de aquí; su cabeza fue lanzada al mar frío; sus brazos y uñas al Sol; sus piernas cubiertas por la niebla; su sangre bebida por gigantes; sus tripas y mierda cocidas bajo la tierra ardiente; sus dientes ocultos en una de las manos cerradas de un babuino azul; sus uñas fueron arrancadas y echadas al fuego, se volvieron cenizas que a veces se levantan como un remolino negro que recorre la Buena Tierra. Su ser fue repartido en todas las cosas del mundo, vivas o inertes, enormes como nubes o pequeñas como piojos. Su corazón está en cada uno de los enigmas que se arrastran debajo de las cosas. Él es todas las cosas, aunque todas las cosas lo habitan y lo torturan. Es como esta cueva repleta de murciélagos que chillan siempre igual para decir lo mismo. Esos demonios no lo dejan dormir. Existe despierto, como un muerto que camina entre seres de madera incapaces de verlo.

»Con las vueltas del Tiempo, el Espíritu logró reunir algunas de las partes de su ser. Pero volverse un solo ser no le trajo felicidad, pues su deseo ahora es dormir para escapar de la telaraña de la Madre. Ningún hijo debe quedarse con los padres, por eso yo desapareceré. Te dejaré sola para que andes. Aquí, en el fin del mundo, comenzarás el relato de tu propio camino, ya sea que lo hagas dirigiéndote tierra adentro o que saltes al mar y nades hasta donde la niebla permite ver, hasta el mundo de donde vienen los pingüinos. 

–¿Y si el deseo de mi corazón fuera volar hacia las aldeas en las nubes?

–Nadie te envidiaría, pues ahí vive el ave que puso el huevo del que surgió el primer hombre.

–Pero somos hijos de la Madre Araña.

–La primera mujer lo era. Y nosotros somos hijos de la primera mujer, nietos de la Madre Araña.

–Entonces el Espíritu del que me hablas es mujer, como yo.

–¿Quieres que sea mujer?

–No me importa. ¿Entonces el Espíritu todavía anda por la Buena Tierra? ¿Escapó?

–¿Quieres que siga aquí?

–No sé. Me da lástima que siga atrapado, pero me gustaría conocerlo.

–El Espíritu se hizo enemigo del Tiempo que se repite, aunque el Tiempo había nacido de su voz. Me confesó que quiere romper la telaraña de la Madre y escapar. Fue por eso que decidió ser algo más que una casa llena de demonios; él mismo se volvió un demonio, uno tan terrible que sobre su rostro sin dientes pueden moldearse, como en el barro, las formas de todo lo que se ve.

–¿El viento también?

–Sí. Él se hizo duna e intentó formar una casa de arena.

–¿Dónde está esa casa? ¿Alcanzaría una vida para llegar a ella?

–Esa casa no existe. El Espíritu fracasó, así que trató de dirigir el vuelo de un escarabajo hasta a la lengua de un camaleón. Falló de nuevo. Conocía bien la ruta y las respiraciones de ambos animales, pero estaba escrito en el Tiempo: el escarabajo debía vivir y el camaleón debía quedarse con hambre.

»Es un testigo sin lengua. Ayudó a la Madre Araña a construir el Tiempo, pero cada telaraña, como cada destino, es una trampa.

»De cualquier forma, prefirió desde entonces pasar la eternidad con los pedazos que logró reunir de sí mismo. A veces su rostro sin dientes ni lengua se ve como una cascada delgada y altísima; a veces es un pez que muere en la playa. No deja de ser torturado por las voces siempre iguales de todo lo que existe, pero ahora es capaz de percibir la belleza única de esas voces, que nacen y mueren distintas entre ellas, aunque iguales a sí mismas en cada giro del Tiempo.

»Hija, te diré un secreto: nosotros somos esas voces, somos sus demonios y el Espíritu nos envidia. Me dijo que no sabemos, que existimos como si el mañana fuera una tierra nueva, abierta al cielo, sin horizontes.

»Pero la belleza no es belleza si no hay riesgo de olvidarla.

»Él ha visto tantas veces nacer la noche. La ha visto surgir como un gusano[1] desde un agujero blanco del tamaño justo de su mirada. Ha visto cómo la noche se dirige siempre al mismo destino, hacia el punto donde empezó su cuento, hacia atrás y hacia delante, en un tiempo anterior al Tiempo. Ese destino es el hombre que muere, tú y yo.

»Las historias no siempre comienzan por el principio; a veces comienzan casi al final. Antes del Tiempo circular, nosotros surgimos como semilla depositada sobre su lengua enroscada. El Espíritu construyó el Tiempo semejante a tu cabellera rizada, siempre viva, que se extiende hacia la noche.

»Las cosas no salieron como esperaba. El Espíritu sintió la tristeza de un cuento sin salidas.

–Los cuentos deben tener salidas. Tú me enseñaste.

–Pronto ocuparás mi lugar y el Sol seguirá saliendo sobre el mar. Un cuento debe tener agujeros, aunque sean tan pequeños como tus dedos. Si un cuento no tiene agujeros se volverá una mentira.

–Entonces la telaraña de la Madre tiene salida.

–O vivimos en una mentira.

»Durante incontables giros del Tiempo, el Espíritu evitó en su andar incesante al hombre que muere, que le recuerda a sí mismo más que ninguna otra de las cosas que se ven.

»El Espíritu vio la Buena Tierra como un plato de fuego. Vio los ojos negros del Sol. Vio la Luna en aquellos días cuando podía ser alcanzada con la mano.

–¿Con la mano?

–Sí. Vio a los primeros hombres, que eran hijos de bestias más antiguas. Bestias extrañas, horribles, que maldecían a los frutos antes de comerlos. Vio estrellas nacer y caer. Vio sangre y montañas que rugen. Vio escamas de monstruos ocultos para siempre en grutas sagradas. Entonces también nos vio, sentados junto al fuego, contando las historias que el Sol necesita escuchar para salir. Así resolvió el acertijo.

»Lo que hacemos, hija, es lo más importante que alguien pueda hacer. Por eso no podemos vivir en la aldea. Por eso nuestra casa es la cueva, la playa, el árbol y el lugar sin agua; por eso la noche es nuestro techo. El Espíritu me dijo que él es como nosotros. Yo, agarrado aún a esa roca negra, temblando sin sentir frío, le dije que conocía lo que se pierde al contar cuentos. Le pregunté entonces qué quería de mí si no era mi vida, que yo estaría honrado de servir de alimento a una bestia que era más vieja que el mundo.

»¿Sabes qué contestó?

–No.

–Que contáramos historias. Que él las escucharía. Que él sería otro con cada historia que escuchara. Que el Tiempo sería otro con cada historia que se contara en la Buena Tierra. Me confesó que sufre porque, sin lengua, su voz ya no tiene el poder de hacer que las ballenas naden por los mares que él quiera. Pero una historia nueva contada por una mujer o una visión recibida por un hombre o una pesadilla soñada por tres bebés podrían romper la telaraña.

»Sentí lástima por él. Le prometí que te contaría su historia, que desde ahora también es mi historia y la tuya y la de tus hijos y la de los hijos de tus hijos.

–¿Qué pasó entonces? Con la bestia, ¿qué pasó?

–Se perdió en el mar del que salió. El agua se levantó con la fuerza de cuarenta elefantes y cubrió la roca negra a la que me asía. Fui lanzado contra la pendiente del acantilado y no desperté hasta el día siguiente.

–¿Lo has vuelto a ver?

–No. Pero me aseguró que, como yo, muchos otros lo verán. Él irá disfrazado de bestias aún más espantosas, aunque no tan grandes.[2]

–¿Cómo sabes que no era un Espíritu maligno que te quería robar el alma?

–No sé, hija. Pero también es posible aprender secretos de los espíritus malignos.

–Secretos malignos.

–Eres joven y no has llenado de Tiempo tu corazón. Es hora de que me vaya.

–¿A dónde irás?

–Las huellas de un padre no deben ser visibles para una hija.

–Yo me iré a las nubes.

–No debo conocer tu camino.

–Ya lo conoces ahora.

–Puedes cambiar de destino.

–Tú también, padre.

© Rafael Villegas | Del libro de relatos Apócrifa (Paraíso Perdido, 2017)


[1] «…en el gran lapso de tiempo desde que la Tierra empieza su existencia, quizá millones de edades antes del comienzo de la historia de la humanidad, ¿sería demasiado aventurado imaginar que todos los animales de sangre caliente han surgido a partir de un filamento vivo…?». Erasmus Darwin, Zoonomia; or, the Laws of Organic Life: in Three Parts, Volumen 1 (Boston: D. Carlisle, 1794), 397.

[2] «Antes de decir más, una figura / en el aire se muestra tosca y válida, / de disforme y grandísima estatura, / con el rostro cargado y barba escuálida; / los ojos encorvados, la postura / horrenda, la piel color terrena y pálida, / llenos de tierra y crespos los cabellos, / los dientes amarillos los más de ellos». Luis de Camões, Os Lusíadas, Canto V (Lisboa: Antonio Gonzálvez Impresor, 1572).

Rafael Villegas | México, 1981

Se doctoró en Historiografía por la Universidad Autónoma Metropolitana y trabaja como profesor en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado una decena de libros, entre los que destacan Animal verdadero (2017), Apócrifa (2017) y Lengua noche. Sueños de 1985 a 2019 (2020). Algunos de sus cuentos figuran en antologías como Los viajeros (2010) y Sólo cuento X (2018). Ha recibido el Premio Nacional de Cuento José Agustín 2009.

Foto de autor: Yina Martínez

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