«De tu misma especie», por Giovanna Rivero

Te quedás de piedra cuando me ves parada en el umbral. Un charco de agua se va formando bajo mis pies y es eso lo que te hace decir, medio zombi, pasá, pasá. Me alcanzás una toalla para que me exprima el pelo, pero no me ofrecés nada, ni una taza de café que tanta falta me hace, ¿no te das cuenta de que estoy muerta de frío?

Si he venido hasta tu departamento, a esta hora, con esta lluvia, es por consejo de la psicóloga de la escuela. Dice que tengo que romper el vínculo, el vínculo con vos, ¿podés creerlo? Cuando en realidad hace un montón de años que lo que podíamos considerar una amistad de acero se volvió un río delgadito que terminó por soltarse. Aunque la psicóloga de la escuela dice que acá no se ha soltado nada, que de eso se trata justamente. Claro que ella es experta en el espíritu y la personalidad de los niños, y no de gente adulta. Los niños desarrollan apegos que ni te imaginás.

Para mí, sin embargo, las aguas se partieron el día del entierro. De tu entierro. Y he venido, como te digo, a recapitular en la medida de lo posible la secuencia de los hechos. No hay ningún reproche, ¿qué podría reprocharte, por Dios? ¿Qué resucitaste? Tu resurrección fue una felicidad y un alivio para todos, sobre todo para mí que, después del tremendo susto al ver cómo te incorporabas desorientado del que ya no sería tu último lecho, mientras a mí se me escapaba el alma con una fuerza centrífuga brutal, fui recuperando de a poco una paz lánguida, extenuada de tantas emociones.  

Pero tengo algunas dudas y recuerdos que han ido perdiendo definición o volviéndose esponjosos igual que estas fotos Polaroid hinchadas por la humedad que todavía tenés crucificadas en tu pizarrita de corcho, como si fueran insectos. En una de esas estoy yo… Aquí, ¡en esta! ¿Creyeras que me cuesta reconocerme? Se ve que antes había una alegría suave que emanaba de mí. Ahora soy una criatura opaca, me lo han dicho. No dicen «opaca», sino «apagada», pero es lo mismo, ¿no? Todo es lo mismo. Al espejo trato de no consultarle, evito mirarme profundo, hundirme en una de esas crisis legendarias que a vos te vapuleaban como a una bandera en día patrio. En fin… Necesito atar lo que se me ha desanudado, pese a que la psicóloga escolar insiste en que es al revés y dale y dale con «romper el vínculo». Quizás tenga que, en efecto, romper algo primero, un cristal interior, pulverizar un tumor, qué sé yo, y luego hacer un collage con lo que quede. A los niños les encantan los collages. Juntar todo sin sentido. Crear una geometría absurda, tan vital que a ratos me exaspera.

Yo sé que tampoco es fácil para vos. Si me has evitado durante todos estos años, si cuando eventualmente me has visto en la calle, en la parada de autobuses, a la salida de un cine, has fingido no verme es porque vos tampoco estabas listo. De hecho, dejaste de salir de casa el 17 de cada mes, que es cuando me las arreglaba para coincidir. Así que, ya ves, he tenido que venir hasta tu casa y tocar el timbre sin importarme que lo tuvieras en carne viva, ¡ja! …Dejar esos cables despellejados expuestos a la lluvia no es suficiente para disuadirme. Podría hundir mi índice en las córneas del demonio si fuera necesario.

Disculpá esta impertinencia tan sacada de toda lógica. A mí también me cuesta reconocer este lado hosco que por fin se manifiesta en mi temperamento gradualmente arrinconado. Supongo que he tenido que vencer esta carne dormida, ordenarles a mis huesos que se comporten como tales, huesos. Huesos. Espinas que podría escupirte por la boca si tuviera más fuerza en el estómago.

La tarde de tu entierro fue la más triste. Entonces supe lo que de verdad significaba la palabra «desolación» que vos usabas tanto y que los niños ya la intuyen. A los pequeños de mi clase les pedí que dibujaran un paisaje llamado «Desolación». Algunos dibujaron desiertos plagados de cactus como pequeños extraterrestres, otros dibujaron un sol negro, un sol tan oscuro que las plantitas agonizaban con los cuellos quebrados. Organizamos una exhibición, invitamos a las familias a disfrutar de «De-Solación», pero nadie entendió nada y algunos padres se quejaron. Guardé para mí sola esa palabra que era tuya y que ahora es solo mía.

Siempre hablabas de irte, de largarte dejándolo todo, pero no podía creer que te hubieras decidido así, sin despedidas crípticas, a zambullirte en lo que llamabas «las tinieblas definitivas» y que a mí me parecía una frase buena para un título, pero jamás para un viaje. Y no es que dudara de tu determinación, que siempre tuvo algo de suicida; todo lo contrario. La confirmación serena de la muerte me cubría de vacío y, al mismo tiempo, reforzaba todo aquello que te profesé: el modo absoluto en que creí, al principio no en tu talento —que a ese respecto siempre te fui sincera—, sino en algo más importante y eterno que la capacidad de escribir: tu mirada temible y piadosa del mundo.

Yo estaba incluida en esa piedad. Todavía guardo el tono dulce, ¿o acaso condescendiente?, cuando me acomodabas el pelo detrás de la oreja derecha y decías que tenía el nombre y la presencia de un personaje escapado de un relato «con jardín y sol en las colinas». Ese tacto misericordioso me ponía los pelos de punta, pero es que yo era arisca, y vos estabas enfermo de tanta fantasía.

Te envidio, me decías a veces. Y tus ojos eran, en efecto, dos norias delirantes que no encontraban ningún sosiego. Supongo que envidiabas mi falta de ambiciones, mi equilibrio estólido como el de esas mulas que atraviesan el campo comiéndose lo mismo el pasto que las flores (extraño el campo, ese lugar «poético no obstante antiliterario», como decías por burlarte de mi lugar de nacimiento que tendría que haber sido también el de mi muerte), ¿qué otra cosa podrías vos envidiar de mí? …Sí, tardé demasiado en saberlo.

Me conmovía esa desazón tuya, especialmente cuando yo intentaba explicarte que éramos de especies diferentes, que yo no aspiraba a ninguna trascendencia y eso volvía mucho más cercana la posibilidad de ser feliz, o algo parecido. Tu especie, te explicaba yo, improvisando títeres con servilletas, lapiceros o lo que estuviera a mano, era como la de las lagartijas, hechas de ordinariez cotidiana y de un torrente mítico que excedía sus pequeños cuerpos, siempre dispuestos a mutilarse. Transparentes hasta el asco, las recién nacidas; y luego oscuras, dispuestas a fosilizarse si todo va mal. Una lagartija, te hacía el cuento yo, y vos me mirabas encandilado como mis chicos del Kínder, era el disfraz más engañosamente humilde en que pudiera haber devenido un reptil más peligroso. Eso eras vos.

Esa tarde del 17 de marzo, la de tu entierro, me vestí de blanco, en realidad no sé por qué, acaso secretamente quería ser, en ese tramo largo de la Avenida Alemania que lleva al Cementerio General, tu ángel vengador. Te parecerá ridículo, pero con la intersección de esas emociones sentía que se prolongaba en mí, tal vez como una herencia sorpresiva, tu resistencia a la mediocridad de la vida. Porque la vida era hermosa y mediocre y esa contradicción era lo que más te dolía. Vos te sentías parte de la mediocridad, expulsado de la orilla luminosa. Y ahí estaba yo confirmando tus temores: una amiga viuda viviendo un luto mediocre.

Pablo y Willy caminaban a mis costados. No se atrevían a abrazarme. Llovía metódicamente, millares de agujitas lastimándonos; la orina de Dios, recuerdo que pensé, y saqué la lengua para conocer su sabor, para imaginar lo que vos sentiste cuando el veneno fue pervirtiendo tu saliva. Willy me miró inquieto pensando seguro que iba a ponerme a aullar o algo así. Willy siempre me conoció menos y pongo mis manos al fuego a que nunca dejó de ver en mí a una boluda de provincia, una campesina becada por la caridad del gobierno, y casi diría que a vos tampoco llegó a leerte en todas tus líneas.

Pablo intentó darme cobijo bajo su paraguas, pero terminó por alejarse expulsado por quién sabe qué electricidad. Quizás, pensándolo desde la esquina opuesta, no me había quebrado como se esperaba, con esas demostraciones histriónicas —aunque casi siempre verdaderas— de rencor ante lo irreversible, de estúpida impugnación de lo que no podés cambiar. Seguramente algo en mí evocaba una soterrada autosuficiencia, igualito al dolor de un perro cuando su amo lo patea y el animal se ovilla en un enojo distante pero humilde e irreductible. Tu muerte, ya lo he dicho, me investía de una soberbia viejísima, como la de esas mujeres ofrecidas en sacrificio en un tiempo salvaje imposible de leer con estas coordenadas.

De todos modos, alguien, una pariente tuya… No, no, la señora que te hacía la limpieza, ahora lo recuerdo, lloraba un llanto pudoroso que yo agradecí. Me parecía la canción perfecta para acompañarte en esa despedida lluviosa. Era un quejido largo y agudo, ni más ni menos que el lamento de una chola del Altiplano, que para encontrar consuelo debe remontarse en ese sonido deshilvanado levitando sobre las cosas. Vos siempre decías que ese llantito andino tan parecido al chillido de las ratas era más liberador que una de esas vocalizaciones graves que a veces se colaban desde el segundo piso hasta tu cuarto por la rejilla del aire acondicionado. ¿Todavía funciona arriba el centro de yoga?

Ese campo magnético que el llanto de la señora, ¿cómo se llamaba?, ¿Luna decís?… El llanto que doña Luna expandía en la procesión era, pensándolo un poco, una manifestación precisa de tu modus operandi. Te habías gangrenado la sangre con veneno para ratas, poniéndote así, de un modo atroz y más material que metafórico, en el lugar de esos roedores que tantas veces poblaron tus cuentos malogrados. De hecho, el olor ácido-dulzón del veneno que brotaba de tu cadáver redimía un poquito, por favor, el perfume aguachento de los claveles que algunos de tus vecinos consideraron de piedad cristiana enviar. Pablo y Willy se encargaron de distribuir los claveles alrededor de tu féretro. De madera lisa, caoba brillante, con una ventanita de vidrio en la parte superior para que pudiéramos saludarte en el recorrido final, tu cajón era un magnífico cohete emplazado en su terminal galáctica: la camioneta Ford anaranjada que otro de tus vecinos, el gordo del kiosco de periódicos, tuvo la solidaridad de prestarnos. Ahí viajabas vos, listo para la gran caída.

No aporta nada contarte que una de las llantas reventó cuando atravesábamos los mausoleos de los ricos, bajo cuyas bóvedas algunos de los que te acompañaban hacia el silencio eterno aprovecharon para guarecerse. La lluvia se puso bestial y las lápidas comenzaron a emerger, limpiecitas, en una floración casi alegre de nombres: Julia, Andrés, Luz Marina, Josué, Rosalinda, Q.P.D. También mi nombre floreció en algún mármol.

Pablo y Willy cambiaron la llanta. Tuvieron que levantar el cajón mientras alguien más jalaba el neumático de auxilio y la llave inglesa que el gordo de tu vecino cargaba en la carrocería. Al mover tu última nave, en la que viajabas encapsulado pero libre a través de universos, y quizás algunos infiernos necesarios pero pasajeros, al encuentro de ese «yo» que tanto reclamabas, que te dolía por sus bilocaciones, brotó de tu boca pálida otro espumarajo de Racumín. Yo me había opuesto con terquedad de amiga viuda a que te costuraran los labios. No quería verte partir así, con un ciempiés de hilo negro enclaustrando para siempre tus palabras; prefería, te juro, atormentarme con pesadillas de gusanos que germinarían de todos tus orificios en la intimidad de tu cajón, cuando ya nadie más podría verte. Vos y los gusanos: una misma materia recién nacida. El forense insistía en la costura, tenía explicaciones científicas que no me parecieron suficientemente lógicas. Quizás te cause gracia, incluso hoy, que ya no experimento ni la más básica de las pulsiones sexuales, pero entonces me parecía inhumano despachar a quien fuese hacia la dimensión desconocida con los agujeros naturales del cuerpo violentamente clausurados. La muerte, suponía yo, necesitaba de su propia respiración, y ese forense desalmado no me iba a hacer cambiar de idea. Defendí tu boca suicida con mi clásica terquedad provinciana.

De modo que, al ajetrear el cajón para el asunto de la llanta, tu digestión post mortem también se fatigó.  La baba de Racumín que brotó de tu boca me hizo recuerdo de los epilépticos de la era cristiana, sometidos a cuarentenas despiadadas hasta que el demonio se hartara de habitar sus cuerpos. Albergué por un instante la esperanza de que de vos también se habría hartado esa presencia vacía que llamamos «muerte» y que, al regurgitarla, te desembarazabas de ella y ella de vos.

Fue así, precisamente, como te encontré esa mañanita. Eras un dragón dormido sobre su propia espuma. Te había llamado por teléfono insistentemente. Quería devolverte el manuscrito. Nunca fui una gran lectora; si me extraviaba en las marañas de una novela, la abandonaba de inmediato en busca de oxígeno y objetos reconocibles. Sin haber terminado el quinto semestre de Antropología porque con tanta ciencia no iba a ninguna parte y siendo asistenta no titulada de Kínder, me había acostumbrado a las fábulas, esos dramas pequeños y de final nítido, justo cuando los animales toman decisiones absolutas que recuperan el orden natural del mundo. A los chicos les gusta eso, les permite soportar la masa descomunal del tiempo. Tu manuscrito excedía mis marcos de lectura, demandaba todas mis humildes capacidades, me llenaba de aire el corazón y, te soy honesta, a cambio no me regalaba el menor consuelo. ¿Escribías para lastimar?

Cuando pasó el primer horror, la bofetada de sinsentido que tu súbito fantasma me propinó, supongo que arisco aún en su recién adquirida condición de ectoplasma, y después de que yo también vomitara en el lavaplatos sobre los restos de tu último desayuno, llamé a Pablo y Willy. Me senté a esperarlos en un taburete, en diagonal a tu cuerpo que se había desbarrancado de la silla giratoria, donde te instalabas a escribir y fracasar. La taza con Racumín estaba allí, junto a la inmensa computadora comprada a plazos eternos, con la misma pasiva altanería del vaso de whisky que habías dejado intacto. Mojé mi índice en el líquido ámbar para superar el sabor a ácidos gástricos que se me había pegado al paladar. Te contemplé durante casi una hora, lo que tardaba el micro de Pablo, que llegó primero.

Así, radicalmente dormido, era como que encarnabas al chico del tórax vacío de tu manuscrito. Qué locura, me dije, ponerme a pensar en tus personajes mientras te recorría como si estuvieras desnudo. Y es que era un poco así, tus facciones se liberaban de esa batalla sin tregua en que habías vivido y trasuntaban una belleza varonil que yo no te conocía.  Era la borra física que deja el dolor en una cara todavía joven aunque definitivamente abandonada. O acaso ocupada por eso que los científicos acaban de descubrir: la flamante genética de la muerte, los genes necrósicos que se activan en la carne desnuda, sin espíritu que la atribule, y con los que, quién sabe, se podría clonar nuevos seres, embriones cubiertos por una ternura desconocida, hijos póstumos, la forma más alucinante de resucitar, ¿no creés?

Un poco en eso también pensaba durante tu descenso, en cómo iría yo a recordar tu cara a partir de esa tarde, ¿con el ceño fruncido?, ¿siempre rodeado de vómito tibio? No quería asignarte el lugar de las pesadillas, que hasta ese día lo había habitado mi abuelo, ofreciéndome lascivo su dentadura postiza parchada de oro y siempre salpicada de tabaco negro. Prefería recordarte serio, persiguiendo tus obsesiones, siempre herido por tus fracasos literarios. Vos descendías y yo te borraba mentalmente el vómito para recordarte limpio.

Pablo y Willy, el chofer de la camioneta fúnebre y su ayudante bajaban con sogas tu ataúd a esa palma de tierra tierna que habían abierto los sepultureros a punta de pala, chas chas chas, exclusivamente para vos. Chas chas chas también irían a cubrirte para siempre jamás. Ahí se me ocurrió que quizás debiera poner tu manuscrito del chico sin corazón entre tus manos. De algún modo estaría cumpliendo con esa historia que te gusta tanto, «la pasión de Mary Shelley», le llamabas, sobre la forma en que aquella pobre mujer fue enterrada, llevándose los restos del corazón de su marido y los mechoncitos del pelo de sus hijos. Me hablabas de ella como si la conocieras, como si entre ustedes no hubiese una insalvable diferencia de épocas. Ahora sé, claro, que eso no tiene la menor importancia. Los puentes del tiempo no se arman con calendarios.

En mi pueblo, a las mujeres muertas se les suele poner un ramillete de flores, como si fueran novias. No sé de quién. Novias de Dios o Satanás, supongo, según sus pasiones. Vos, que ibas al encuentro de la ansiada unidad con ese tu «yo» tan anhelado, como si fuera un hermanito mellizo que te abandonó un atardecer en la placita de tu barrio, podrías llevar ese «estandarte de derrotas», ese «escudo de palabras inútiles», como les llamabas a los intentos infinitos de escribir. El chico sin corazón sería tu verdadero ángel, alguien mucho más compañero que yo, que no había sabido alimentarte, saciar tu hambre o sujetarte mientras te debatías, un día feliz, otro precipitándote en caída libre en esa tristeza despiadada que opacaba hasta tus cabellos.

Qué ironía, ahora la que está poseída por esa opacidad soy yo. Romper el vínculo, cazar tu fantasma con una de esas cestas atrapamoscas, es eso lo que debería hacer. De modo que hoy, desafiando la terrible acupuntura de este aguacero, he venido a que me digas la verdad, una verdad que a un mismo tiempo puede salvarme y sepultar lo que queda de mi espíritu.

Pedí que abrieran tu ataúd para poder ponerte el fajo de hojas entre las manos, que a esas alturas no eran otra cosa que un ramillete mojado. Pablo no se negó, él conocía de cerca tus batallas literarias en el tallercito que los dos se impartían en una reciprocidad incestuosa y estéril —un ciego ayudando a un tuerto, dejame decirlo ahora, cuando ya nada importa—. Willy dijo que era muy complicado procurar mi descenso por la pendiente de tierra húmeda, pero se calló cuando lo miré con esa brutalidad campesina que él tanto repelía.

Fui bajando como una alpinista pendiendo de las sogas. Pablo hacía tensión desde la superficie, que no quedaba demasiado alta, pero que, vista desde tu perspectiva, por decir algo, pertenecía ya a otro mundo.

Date prisa, dijo Willy. Y es que lo que hasta ese momento había sido una lluvia desconsiderada, amenazaba con convertirse en una tormenta ominosa, fuera de toda proporción humana. Los vecinos piadosos comenzaron a retirarse. Quizás temían que una tormenta semejante terminara profanando las tumbas, explotando los nichos y despertando a los cadáveres, poblando el planeta con infinitos lázaros, algunos arrastrando jirones de putrefacción, otros a punto de desvanecerse en el polvo, los más: calaveras desmemoriadas incapaces de mantener juntos sus pobres huesos. Cómo no iba a retirarse tu pequeña procesión. También doña Luna se marchó con su llantito, que se hizo como el río delgadito que te decía, hasta que desapareció.

Forcejeé un rato con la puerta angosta del ataúd. Podía ver tu cara tomada por las ojeras violetas y ese horrendo color mate que ahora tanto detesto. En ese forcejeo de voluntades, la tuya desde la muerte, la mía desde la idea ingenua de que deberías llevarte las hojas mojadas con el relato del chico sin corazón a modo de descargo de tu conciencia ante cualquier impensable juicio celestial, la uña de mi dedo anular se levantó íntegra, de raíz, como el caparazón diminuto de un animal. Quizás debí haber escalado en ese instante hacia el mundo superior, donde Pablo y Willy me esperaban ansiosos y al borde de una neumonía, pero entonces cedió tu puerta fúnebre y me apresuré a ponerte el ramito de hojas impresas manchadas de mi sangre.

Fue una cosa de segundos, o menos. El tacto. De pronto. Lo terriblemente fugaz. Algo como una convulsión. Ya no el presagio, sino el destino. ¿El miedo? ¡Lo abominable! ¡La succión de algo, o alguien, que me quería en tu mismo cuenco! Dedos que se cerraban rígidos y mezquinos sobre mi pulso sano. Un amor espurio, de ultratumba, obligándome a morir. ¡A morir con vos! ¿O acaso en tu lugar?

Fue, sí, tu mano izquierda la que me aprisionó la muñeca con la crueldad de una garra. Pablo y Willy dicen que grité, dicen que intenté huir arañando las paredes resbalosas de ese pozo. Esa es la parte que he borrado por completo. Tengo, por supuesto, algunas hipótesis que solo vos podés confirmar o desechar por los siglos de los siglos amén.

La explicación lógica que dio el forense, por ejemplo, es que vos fuiste de los pocos favorecidos que sobreviven a las dosis no infaliblemente letales de Racumín y que, de hecho, en una paradoja únicamente posible en la ciencia, mas no en la fe, el propio veneno actuó como anticoagulante, lo cual de algún modo permitió que tu organismo no se entregara por completo a ese maravilloso despeñadero que es la putrefacción.

Es cierto que luego me tranquilicé y que te tocaba la cara y las manos como imagino que las señoras que vieron a Jesús a la salida del sepulcro lo tocaban, entre el pudor y el estupor, entre la felicidad y el miedo. Es cierto que mi dedo desollado apenas acusaba dolor, probablemente porque ya en ese momento crecía la distancia entre este cuerpo y mi antigua conciencia, a la que yo tan frívolamente le llamaba «espíritu». También con ese dedo recorría tu cara.

Sin embargo, vos no eras el mismo. Y te tuvimos paciencia. No podías ser el mismo.

Supe que luego publicaste, no el relato del chico sin corazón, que ese seguramente terminó de pudrirse en tu nave abortada, sino otros libros que te han dado cierta fama. «Escritor de culto», te llaman. Pablo y Willy dijeron que de todos modos algo había muerto en vos. Incluso el color pantano de tu cara tardó un tiempo en ceder.

El mismo tiempo, date cuenta, que ese color fue avanzando desde mis tobillos, por mi pelvis, mi estómago, sombreando los huesos puntiagudos de mi cadera, tomando mis manos, mis senos, recorriendo los hombros y el cuello hasta instalarse en cada poro de mi cara. Quizás los demás no se den cuenta, pero yo sí, y los niños. Los niños que, al despojarse de su infancia, van instalando una lejanía incómoda entre mi juventud impávida y sus imperfectas transformaciones.

A medida que pasan los años y ocasionalmente me los encuentro en actividades escolares, algunos púberes o a punto de graduarse, la sospecha de que mi crónica tristeza no es otra cosa que un desalojo se vuelve una constatación desgarradora. «La zombi», susurran a mi paso, entre risitas nerviosas y asqueadas. Los adultos, siempre más corteses, sonríen de costadito y dicen: «Silvia, usted jamás envejece», y yo sé que no es un elogio. En todo caso, una denuncia.

A veces, si estoy de buen humor, cosa cada vez más rara, concluyo que la psicóloga escolar tiene razón, que uno tiene que recuperar su «estructura», a como dé lugar, de allí donde la hayan secuestrado, del sótano más húmedo, del páramo más desolador, de la traición más incomprensible. Y es entonces cuando acomodo mi cabello en una trenza y me dispongo a encontrar el secreto del día, su destello, y animada por esta voluntad escribo en la pizarra y acaricio las cabecitas tibias tan vivas, prestando atención a sus voces translúcidas, y así, todos juntos, mis niños y yo, armamos el drama. Yo estiro los brazos, igualito a esos sonámbulos de los cómics, y usando esta voz que es ya puro espectro, juego a ser aquel personaje que vuelve, peldaño a peldaño, con sus zapatos pesados de lluvia, vuelve, siempre vuelve a reclamar las partes desmembradas de su cuerpo. Los chicos se ríen alborotados, especialmente cuando llega la parte de «¿dónde está mi corazón?»; te juro que no hay cosa más divertida que el morbo del miedo a la luz del día.

Pero de noche, en la casa, sin juegos ni risas infantiles, la tristeza me pudre. La tristeza es una mierda, un pájaro muerto todavía tembloroso.

Comprenderás entonces que esta noche no me levante de esta silla mientras no me ayudés a entender qué fue, en verdad, lo que pasó, lo que me pasó, cuando tu garra nefasta y desesperada, tomó algo de mí, algo auténtico y prodigioso, una llama que no te pertenecía. ¿Qué fue eso que abdujiste de mí? ¿Una temperatura? ¿Un latido? ¿Mi ánima? ¿La humildad de mis deseos?

Comprenderás que mientras dure esta lluvia, en esta precisa fecha, tengo una oportunidad de recuperar eso, como sea que vos lo nombrés, eso que era profundamente mío y que me distinguía de vos o de cualquiera sobre la faz de esta Tierra. Mientras dure esta lluvia, te juro que yo de acá no me muevo. Poseo esta eternidad para esperarte.

© Giovanna Rivero | Del libro de relatos Para comerte mejor (Ed. El Cuervo, 2016)

Giovanna Rivero | Bolivia, 1972

Es narradora y editora; doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Florida. Ha publicado, entre otros, los libros de cuentos Contraluna (2005), Sangre dulce (2006) y Niñas y detectives (2009), así como las novelas Las camaleonas (2001), Tukzon  (2008) y 98 segundos sin sombra (2014). En 2018, obtuvo el Premio Nacional de Literatura Dante Alighieri por el libro de relatos Para comerte mejor.

Foto de autora: Irene Antúnez R.

Foto de encabezado: Jr Korpa en Unsplash