«La oración de los conversos», por Malena Salazar Maciá

Micaela observó con fascinación la esfera corrupta que era el planeta Termil-57.

Al inicio, no fue más que un punto gris mate incrustado en la inmensidad cósmica. Hubiese pasado desapercibido si al incidir sobre él la luz de su estrella no le crease un halo purpúreo. El efecto perdía dramatismo en cuanto se iniciaba el acercamiento a la órbita.

Termil-57 era un basurero de chatarra.

No existía la más leve anunciación de vida. Sobre los continentes se erizaban promontorios metálicos que apuntaban al cielo, acusadores, testigos de una catástrofe imprevista, guardianes de millones de aullidos que, una vez, brotaron de gargantas aterrorizadas, cuentacuentos mudos de olas de desesperación. El único mar pecaba de negrura semisólida, salpicada de islas flotantes conformadas por desperdicios oxidados, inmóviles, porque ya no existía ningún lugar al que ir.

Para Micaela, cada fragmento del planeta que aparecía en las pantallas, por obra y cámara de las sondas de exploración, bien merecía alguna que otra palabra de asombro capaz de perderse en el arrullo de los instrumentos de la cabina.

Para Vero, xenoarqueóloga con varios doctorados incrustados en las costillas, era un trabajo más.

—¿No vamos a bajar? —preguntó Micaela.

Vero no lució contrariada por el pedido.

—No. En casos de planetas desahuciados, el protocolo dicta usar las sondas para…

— …confirmar temperatura, niveles de oxígeno, identificar agentes hostiles, recoger muestras, realizar análisis primarios… —la cortó Micaela con el tono monótono de los manuales de Academia—. Ya tenemos lecturas favorables, ¿qué nos impide bajar al campo, hacer el verdadero trabajo de xenoarqueología?

—La prudencia —respondió Vero, inmutable. Contemplaba las imágenes de lo que otrora fueran edificios, mordidos por el tiempo y el abandono—. Y mi experiencia. ¿No leíste el informe?

—Sí. Pero está plagado de tecnicismos y eso lo volvió insoportable. Vine porque me dejé convencer por la idea de desvelar los hechos que convirtieron a Termil-57 en un planeta maldito.

—Y porque la aprobación de tu primer doctorado depende del desempeño en actividades prácticas.

—Eso también —admitió Micaela entre dientes. La emoción inicial se transformó en aburrimiento. Las sondas escaneaban paisajes monótonos y enviaban resultados igual de repetitivos—. Quiero su informe personal, doctora. Convénzame de que mi futuro éxito depende de desempeñarme a través de las sondas y no en el campo, recogiendo muestras y desencriptando civilizaciones perdidas.

Vero se recostó en la silla. El respaldar, obediente a la presión ejercida con la espalda, se inclinó lo justo para ofrecerle a la doctora la comodidad que buscaba.   

—No existen registros fiables acerca de lo que destruyó Termil-57. La mayoría de los archivos están corruptos. La información que lograron transmitir al cuadrante, antes de perder la comunicación y que el área se declarase en cuarentena, fue ínfima. Sí hicieron hincapié en un detalle: que nada entrara, que nada saliera. Sus habitantes estaban condenados y lo asumieron. Termil-57 quedó olvidado y se prohibió a las naves, fuera cual fuese, que entraran en la atmósfera.

—Y lo hicieron —afirmó Micaela.

—Lo hicieron —confirmó Vero—. Guiados por leyendas. Rumores. Nunca regresaron. Elegí el caso porque ha pasado demasiado tiempo y, lo que sea que destruyó Termil-57, es historia antigua. Pienso que merece ser investigado. Está en nuestras manos revelarlo al…

Vero se interrumpió. Con gesto adusto de quien presiente problemas, se inclinó sobre las pantallas. Micaela, quien permaneciera absorta en la explicación de la doctora, descubrió que habían perdido contacto con las tres sondas que enviaran a explorar los vericuetos del planeta. Sin recibir instrucciones, testeó un enlace con las herramientas. Un segundo protocolo de emergencia fue ejecutado. Un tercero, inviolable. Las comunicaciones nunca se restablecieron.

—No pueden haber desaparecido —murmuró Vero—. No se registró ninguna forma biológica que representara una amenaza. Tampoco se detecta sistema electrónico operativo que enviase ataques virtuales o físicos. No se generaron reportes de la destrucción de las sondas. En Termil-57 no hay nada, solo chatarra.

—Enviemos la cinco-cero-uno-nueve —dijo Micaela con calma templada, visos de una futura profesional que debe aprender cómo sobrellevar los peligros ocultos en cada misión. No iba a retroceder. No tan cerca de alcanzar la meta.

—No —Vero dio inicio a la resistencia y Micaela, sin contemplaciones, la clasificó de obstáculo—. Lo correcto es retirarnos a la base del cuadrante, o mandar un mensaje solicitando apoyo. Solo nos quedan tres sondas…

—Suficientes —Micaela estableció su posición. Vero, bañada de neutralidad, la miró con una ceja en alto—. Enviémosla. La configuraremos para detectar fuentes de energía. De cualquier tipo, de cualquier magnitud. Que nos transmita en tiempo real un mapeado de los puntos donde exista más concentración energética. Pensé que usted, la destacada xenoarqueóloga Verónica Ill’aer, sería un poco más resistente, que no entraría en pánico ante el primer revés. Piénselo: la sonda nos dará más datos y valoraremos qué hacer. Regresar con las manos vacías no es una opción.

Micaela enfrentó el silencio de la mentora. Apretó las manos en puños hasta hacerse daño en las palmas. Era el paso decisivo de su carrera. De lograrlo, sería reconocida, aplaudida en el gremio, codiciada en equipos de exploración. La xenoarqueóloga Micaela Habat, la desveladora de misterios de planetas mil veces malditos.

En pleno desafío a la autoridad y con manos diestras programó la siguiente sonda. Agregó detección de espectro visible, electromagnético y de frecuencias. Vero, en silencio, la observó trabajar. Cuando la sonda fue lanzada hacia Termil-57, Micaela, sin uso del lenguaje hablado, la desafió a un regaño, un aborto de misión, una sanción académica. Sin embargo, Vero no dijo nada y prestó atención a las pantallas. Si el comportamiento de la aspirante le causaba molestia, no lo manifestó en ningún momento. 

Las primeras lecturas no mostraron nada interesante. El astro estaba muerto. Ni siquiera proliferaban bacterias. Sin embargo, un punto rojo, apenas titilante, apareció en el continente oeste. Nada más. La única fuente energética detectada en todo el planeta estaba allí, pero era tan débil como el guiño ocasional de una estrella a millones de años luz. La sonda, en cuestión de minutos, salvó la distancia que la separaba de la señal e inició un acercamiento entre las montañas oxidadas. El vídeo se tornó nítido en las pantallas, sin interferencias. Lo último que recibieron Micaela y Vero antes de la desaparición silenciosa de la cuarta sonda, fueron imágenes perturbadoras.

—¿Qué significa esto?

—Significa que lo más sensato es olvidarnos de este planeta. Marca rumbo a la base del cuadrante…

—No —Micaela frunció los labios—. Voy a preparar la cápsula de reconocimiento y mi traje hermético. Voy a bajar.

Micaela esperó que Vero se opusiese a su impertinencia con la fuerza de una supernova. Ella misma consideraba su decisión como imprudente, sin embargo, regresar a la Academia con la misión abortada no iba a hablar bien de ella. Falsificó recomendaciones, aplastó a suficientes candidatos para obtener un lugar junto a Verónica Ill’aer y lanzarse hacia el misterio de Termil-57, joyita inexplorada de la xenoarqueología. Quería un triunfo. Su triunfo. Y estaba dispuesta a arrebatárselo a Vero si era necesario.

La doctora respondía a su ímpetu con profesionalidad. En ese instante la mujer ofrecía un espectáculo de absoluto control sobre los nervios. Micaela dejó que la envidia la masticara unos minutos. Su parte racional era capaz de comprender la profundidad del pozo donde pretendía sumergirse, porque, ¿qué era capaz de desaparecer una sonda sin disparar ninguna alerta ni ser detectado? Vero, aunque no lo demostrase abiertamente, no parecía muy segura de querer averiguarlo.

Pero Micaela sí estaba decidida a hacerlo. La maldición de Termil-57 había pasado a convertirse en una obsesión alcanzable, con todo el reconocimiento que conllevaba.

—Si no está segura de bajar, doctora… —Micaela casi se corta los labios a causa de su propia voz, afilada como las místicas armas de Duat—, puede quedarse aquí. No se lo reprocharé. Lo más sensato es que una de las dos opere la nave de ocurrir algo… pero después deberá anunciar públicamente que el descubrimiento es mío. 

Micaela esperó. Vero, por fin, dibujó en el ceño una débil arruga de preocupación. Que una supuesta discípula le exigiese, de manera tan descarada, cederle la gloria de un descubrimiento sin precedentes debía causarle la sensación de una cuchillada en la espalda. Micaela disfrutó el derrotismo que conquistó la expresión antes inmutable de Vero.

La doctora se levantó con elegancia profesional y habló, calmada:

—No. Iré contigo. Confío en que puedas necesitar ayuda ahí abajo… quizás lo que destruye las sondas se limite solo a eso: a sondas. Espero que tengas un plan de contingencia.

—Por supuesto —Micaela se sintió conforme. Las tornas giraban. Ella estaba al mando. A sus amigos les iba a encantar la historia de cómo hizo que Verónica Ill’aer bajase las orejas y escondiese la cola entre las patas—. Calculé el tiempo en que tardaron las sondas en desaparecer. Tenemos veinte minutos para bajar, recoger una muestra de esa fuente de energía y regresar a la nave. Antes de preparar la cápsula, vamos a cargar en una sonda toda la información que tenemos hasta el momento de Termil-57, incluyendo la localización del punto de energía y el vídeo de esa estructura donde se detectó. La programaré para enviarla a la base del cuadrante en veinte minutos.

Micaela tomó el mutismo de Vero como victoria. Preparó la sonda, la cápsula, buscó su traje y se aseguró de que no tuviera fugas. Cuando regresó a la cabina, a punto de colocarse el casco hermético, vio a Vero en plena grabación de una bitácora personal, descargando la información de un microchip en la sonda que enviarían a la base del cuadrante. No la interrumpió. No se acercó al alcance de los susurros.

Pensó que ella también debería dejar un mensaje. Sin embargo, no tuvo tiempo de acercarse al panel, porque Vero ya se enderezaba para colocarse el casco del traje hermético. Micaela tardó un par de segundos en imitarla. La voz de la doctora, con una determinación desconocida, le llegó a través del transmisor:

—Vamos a la cápsula.

Se llevaron la sonda que quedaba, programada para defenderlas a ellas y las muestras que obtuvieran con la ferocidad de una criatura salvaje. En cuanto entraron en atmósfera, ajustaron sus cronómetros para veinte minutos. El descenso en la cápsula de exploración fue atropellado. Con un punto preciso al que ir, consumieron dos minutos, y al marcar tres ya tocaban tierra. Micaela fue la primera en abandonar el módulo y observó, sin delatar su asombro, la construcción que habían visto en el vídeo captado por la última sonda antes de que desapareciera.

Una pirámide hecha de chatarra. Una descomunal y magnífica pirámide gris mate del mismo color del suelo del planeta. De ahí que no se distinguiese desde órbita. La entrada estaba abierta. Un arco de oscuridad absoluta. Sin embargo, lo que perturbó a Micaela desde que les llegase el vídeo, lo que la inquietaba en el momento de vivirlo, era la visión de los cientos, miles de androides descargados, oxidados, inertes, que permanecían en posición de arrastre para alcanzar el edificio.

Vero, seguida por la sonda, caminó aprisa entre ellos con precisión mecánica, sin rozarlos siquiera. Micaela pensó en usar los propulsores del traje, pero se lo pensó mejor. Si Vero iba a pie, significaba que cualquier uso indiscriminado de tecnología podría dañar el hallazgo, así que la siguió lo mejor posible.

No podía apartar la mirada de los cuerpos. Vio arañazos en el suelo. Sensores oculares desorbitados. Bocas abiertas, expositores de dientes manchados de óxido. Lenguas articuladas paralizadas en gritos de sufrimiento. Se preguntó si los robots podían sufrir. Todos, androides y ginoides, poseían una similitud aterradora con seres humanos. Como si hubiesen sido fruto de un artesano quisquilloso. Incluso los alambres oscuros de sus cabellos eran tan finos como verdadera fibra capilar.

Ambas mujeres fueron engullidas por la boca de la pirámide.

Les quedaban quince minutos. 

En el interior se apreciaban androides que, en la penumbra, se veían más humanos que las propia Vero y Micaela. Pero cuando los iluminaban el brillo del metal les destruía la ilusión. Las paredes estaban llenas de pictogramas. Eran acompañados de largas parrafadas de un idioma que Micaela no identificó. No era la lengua común humana. Vero usaba la sonda para escanear la mayor cantidad de información posible.

—Creo que es suficiente —murmuró Vero. Sin duda, no le gustaba el interior de la pirámide—. Volvamos.

—No —Micaela sufrió escalofríos, aún dentro del traje hermético. Pero se sacudió de malas sensaciones y miró hacia las profundidades del corredor. Su temperatura corporal ascendía como una burla al regulador del traje—. Tenemos tiempo de observar un poco más.

—¿No está claro? —Vero no perdió la entereza en ningún momento—. No es la primera vez que sucede una rebelión digital. Las IA masacraron a los humanos. La energía del planeta se agotó, salvo algún generador aquí, dentro de la pirámide… los androides se descargaron tratando de alcanzarlo… o a saber qué lo custodia y destruye todo lo que se acerque. Debemos volver.

Micaela, abrigada por la febrícula del descubrimiento inminente, la ignoró y se adentró en las entrañas de la pirámide. Una triste rebelión digital no era manjar académico. Algo ronroneaba dentro del edificio, algo jugoso. No se iría sin eso. Vero la siguió a paso forzado, con la sonda suspendida sobre su cabeza. 

La tenacidad de Micaela quedó recompensada cuando llegaron a una habitación llena de sarcófagos y nichos en las paredes que contaban la historia del planeta en un idioma desconocido.

Una cámara mortuoria. Les quedaban diez minutos.

Vero, sin remordimientos, empujó la tapa de una tumba y se asomó adentro. La sonda zumbaba alrededor, grababa vídeo, recogía trozos de metal y profanaba restos. Micaela, embriagada de triunfo, observaba los nichos. Estaban ocupados por androides. Con los implantes oculares cerrados, expresiones serenas, envueltos en sudarios, adornados por joyas.

Algunos habían sido colocados en la posición de la flor de loto, propia de los monjes budistas que intentaban alcanzar el Nirvana. Otros, cubiertos de vendas a la manera egipcia. En posición fetal, de regreso al origen, niños metálicos dormidos ahítos de chicha y coca, rodeados de juguetes.

Micaela encontró, enredados entre los dedos de una ginoide, un rosario católico.

—¿Robots… que profesaban religiones? —murmuró. La sonda zumbó sobre su cabeza. Se abrió paso hasta la ginoide. Arrancó un trozo de mortaja con sus pinzas. Le arrebató el rosario. Luego se retiró, indolente—. ¿Cómo es posible? ¿Sus programaciones evolucionaron al punto de creerse humanos? ¿Intentaban acercarse a la humanidad, al concepto de poseer alma, y sufrieron una conversión en busca de la salvación? O acaso… ¿Termil-57 era un planeta de cognoscitivos…? ¿A qué o quiénes le rezaban exactamente?

Sintió un pinchazo en la columna. Se rascó por encima del traje en un acto reflejo. Era un descubrimiento magnánimo. Se sintió feliz de insistir en desnudar los secretos del planeta maldito. Era lo que buscaba. El propulsor para un ascenso meteórico. Sin embargo, tenía un inconveniente.

Con falta de aire a causa de la emoción, echó un vistazo atrás. Vero examinaba el ajuar de una ginoide sentada en un nicho, con el rostro hacia el suroeste. La sonda ya no se encontraba en la sala, cumpliendo su programación. Mientras Micaela desandaba el pasillo con torpeza, se imaginó sobre un podio inmaculado, rodeada de adoradores científicos. Pensó en el discurso de IAs conversas, en la desgracia acontecida en Termil-57, en la expresión correcta para narrar el fatal accidente sufrido por la doctora Verónica Ill´aer: la valiente Vero que se sacrificó mientras ella abordaba la cápsula y regresaba a la seguridad de la órbita.       

Micaela tropezó con un androide y cayó a gatas. No podía respirar bien. Necesitó recostarse contra la pared y, al sentir su movilidad limitada, el pánico trepó sobre su pecho hasta estrujarlo con patas de araña.

—Aquí… hay algo… raro.

—En efecto. 

Vero estaba junto a ella. No buscó la altura de sus ojos. No la confortó de ningún modo. Micaela, en orden de sobrevivir, destruyó mentalmente el plan B de contingencia y extendió una mano.

—Me falta el aire —jadeó—. Ayúdeme a salir de aquí, rápido…

Les quedaban seis minutos.

—Estás perfecta justo ahí —replicó Vero. Micaela frunció el ceño, más confundida que al encontrar androides adoradores de dioses—. Durante mi primera incursión fui imprudente. Me dejé llevar por la desesperación. No pude lograrlo. Ni siquiera sacar registros concluyentes. Ahora, gracias a ti, mi cuarto renacimiento podrá trabajar mejor. Gracias.

—¿De qué habla? —Micaela miró alrededor. No podía moverse.

—Mi familia vivía en Termil-57 cuando sucedió la catástrofe —Vero miró alrededor como si se encontrase en un día de campo y no en un planeta maldito. Micaela sintió perder movilidad. Sus huesos, de repente, estaban más pesados. Algo le hormigueaba en la boca—. Yo estudiaba en un internado del cuadrante.

Micaela se preguntó cuántos años en realidad tendría Vero. Los humanos, gracias a las maravillas tecnológicas, podían prolongar la vida un poco más allá de los ciento cincuenta años. Pero Vero se veía cercana al siglo. Y la catástrofe de Termil-57 había sucedido bastante tiempo atrás. Aunque podría estar sujeta a cirugías plásticas y tratamientos con células madre.

—Desde ese instante, hice todo por volver. Saber dónde estaba mi familia, qué sucedió, el secreto de la destrucción, obtener el arma de los dioses que castigó al planeta. Puede ser tan útil. ¿Sabes cuántas civilizaciones hostiles pagarían por obtener lo que se esconde aquí? O destruirla. Para siempre. O comprender. Servirles. Sí. Aceptarlos, abrazarlos, ¡traerles ofrendas! Tenía tiempo de elegir. Así que me convertí en una xenoarqueóloga prominente. Carta blanca para visitar cualquier planeta arrasado en aras de la ciencia, como Termil-57. La primera vez vine sola. Ignoré los reportes, entré en la atmósfera. No traje un sacrificio adecuado para convertir. Tonta de mí. No sé qué me sucedió en mi vida biológica. Nunca volví al planeta. Pero dejé instrucciones, justo como ahora, antes de abandonar la nave. Mi consciencia. Información. Un renacimiento. Otra oportunidad. 

Micaela abrió y cerró la boca, pero no pudo articular palabras. La saliva enviaba sabor a metal garganta abajo. La lengua le pesaba. Los dedos estaban rígidos dentro de los guantes, las piernas, el torso. No sentía dolor. Solo conversión en algo más. Y podía pensar, como solo podría hacerlo alguien al borde de la muerte.

Vero no era humana. Mucho menos orgánica. Era una cognoscitiva. Ilegal, presumiblemente. Micaela se aterrorizó sin poder exteriorizarlo. Durante toda su carrera, había estado en manos de una ginoide realista con una copia de la consciencia de la brillante Verónica Ill’aer. Había escuchado de cognoscitivos locos, degradados, pero siempre los creyó leyenda urbana. Hasta que cayó en Termil-57 con quien creyó que era su maestra, obligada a escuchar sus desvaríos. 

—Ellos agradecen las fuentes de energía. Pero se deleitan con lo orgánico. Los escucho, ¡están satisfechos! Qué acertado traerte —siguió Vero al observarse una mano con fascinación—. No tocaron la sonda. Bien. En cambio, a mí me descargarán en cuanto terminen contigo. No importa. De verdad, te estoy agradecida, pequeña Mica. Lamento que esto terminara así. Piensa que tu sacrificio será por un bien mayor.

Micaela sintió la transformación de sus ojos biológicos en sensores oculares. También, que se apagaba. Sí. Eso era. Lo mismo que la invadió a través del traje hermético, que la convertía poco a poco en ginoide, también le robaba la energía. Los que operaban sobre ella debían ser nanobots médicos. E, incluso, nubots, capaces de interactuar con la mismísima cadena de ADN.

En algún momento, debieron ser serviles y prolongar la salud humana. En la cumbre de un cisma, alcanzados por algún ataque o por archivos de reescritura corrupta, decidieron que, para preservar aún más a sus hospederos, librarlos de toda enfermedad, lo más sensato era transformar sus componentes orgánicos en no orgánicos. A fin de cuentas, duraban más, aunque muriesen en el proceso. Y cuando los nanobots se quedaron sin fuente de energía, salieron a devorar el resto del planeta antes de entrar en suspensión, a la espera de que alguien o algo se atreviera a proporcionarles alimento. 

Vero servía a los dioses de Termil-57. Invisibles, inalcanzables, omnipresentes. Nanodioses de la ruina.

Le quedaba un minuto.

Vero se agachó junto a Micaela. Posó una mano en su cabeza y habló con dulzura:

—No temas. Volveré en otro cuerpo. Traeré más sacrificios. Serán convertidos como tú. Los dioses estarán complacidos y no desatarán su furia sobre el resto del Universo. Me llaman su Guardiana. Lo soy. Lo seré. Pero tú tendrás un lugar en la pirámide. Fuiste la primera en ayudarme. Mereces reconocimiento. Dicen que, cuando estás cerca del fin, comienzas a creer. En algo. En alguien. Yo debí hacerlo, en mi primera vida como ente orgánico. No lo sé. Ellos piden que sea misericordiosa. Te regalaré esta oración. Te ayudará a pasar sin miedo.

Vero susurró junto al sensor auditivo de Micaela una plegaria olvidada:

«He aquí que deslizo el cerrojo de la Puerta, que se abre ante los misterios del Mundo Inferior. ¡Abrid la Vía a mi Alma hacia la morada eterna! ¡Que llegue a ella en paz! ¡Espíritus divinos, observad! Mi Alma marcha a vuestro lado. Ella os habla: está también purificada como vosotros, pues la balanza del Juicio se ha declarado a su favor.»[1]

Y Micaela se apagó en paz justo cuando el cronómetro de su traje marcaba 00:00:00.

© Malena Salazar Maciá | De la antología Lo sintético. Narraciones sobre robots, seres poshumanos e inteligencias artificiales (Hal 9000 Editor, 2019)


[1] Adaptación del Conjuro I de El libro egipcio de los muertos.

Malena Salazar Maciá | Cuba, 1988

Es graduada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Su obra integra antologías como Quimera vespertina (2015), Órbita Juracán (2016) y Los mil y un zombies. Cuentos cubanos sobre monstruos (2016). También es autora de las novelas Nade (2016), Las peregrinaciones de los dioses (2018) y El umbral oscuro (2020).

Foto de autora: Archivo

Foto de encabezado: Elia Pellegrini en Unsplash