«Película B», por Eduardo Varas

No la has visto. Lo sé. No es el tipo de películas que te gustan. Lo único que existe en ella y que sé que podría interesarte es esa crítica velada que sabe a letra muerta. Y como toda letra muerta, pues el ejercicio de darle forma se convierte en la herramienta de infieles. Ya está, te dije infiel. Y te vas a enojar por eso y esta conversación no habrá valido la pena. Pero espera un poco; te tengo que contar esta película. Ya sabes cómo soy. ¿Te acuerdas cómo era de niños? Luchaban por acompañarnos al cine, porque de lo contrario yo regresaba a casa y procedía a contar, con santo y seña, todo lo que habíamos visto. Mira que íbamos al cine muy a menudo. El primer recuerdo que tengo es haber ido al cine Lido, contigo y Manuela, a ver El regreso del Jedi y sentir que la vida valía la pena vivirla sólo porque las luces se apagaban y enseguida veíamos eso de la galaxia muy lejana, acompañado de un sonido de fanfarria. No te vayas a hacer el purista a esta altura del partido; bien sabes que en esos años vivíamos casi pegados… si hasta podíamos representar escenas en frente de otras personas y jactarnos de haber visto Masters of the Universe, cuando nadie recordaba esa película. Pero bueno, de entrada el título de la película te va a hacer reír: El ataque de los monstruos presidenciales. Sí, ¿ves? Te dije que era un título para reírse. Y eso que no te he contado nada todavía, pero eso ya te da una perspectiva de lo que viene. Mira que la primera escena es la de ese presidente sentado en su despacho, de espaldas a su escritorio, rumiando alguna idea. Y de un momento a otro nos damos cuenta de que estamos siendo algún tipo de espía que lo contempla en cámara subjetiva, y él no nos ha descubierto. Cuando lo hace es muy tarde. Grita, intenta defenderse y la pantalla se va a negro. Fade to black. El título aparece en rojo, en onda Pesadilla en la calle Elm. No hay concesiones dramáticas de entrada y eso es lo que para mí hace de esto casi una revelación, porque una de las premisas en este tipo de películas es comprender el absurdo que las condiciona. Bueno, en el caso de Los monstruos presidenciales… eso está de más. Luego de los créditos iniciales estamos en un acto oficial. El presidente recibe todas las atenciones y saludos en lo que debe ser una demostración militar importante. Imagínate cualquiera de esas acciones en un país como este. Lo que yo veo ahí, de golpe, es una crítica torpe y hasta graciosa de esta onda que pretende convertir a los milicos en guardianes de la democracia. Porque ese orgullo representado en una especie de tipo travestido en pavo real es impresionante. Imagínatelo como el señor Barriga, con una papada kilométrica y ese gorrito blanco y lentes. Pinochet en esteroides. Bueno, él es la figura de ese desfile. El presidente se nota que lo sabe porque habla con él al oído con cierto respeto innecesario. Lo mismo de siempre, que no te quede duda… ahí te das cuenta de quién es el jefe. Pero espera, que ya viene la mejor parte. Al presidente se lo nota en su peor momento físico, como si no tuviera control de sus propias reacciones físicas y fisiológicas. Suda como policía de tránsito a mediodía. Así, asquerosamente adobado. El punto es que eso no resulta novedad si tomamos en cuenta que un desfile de esos es siempre por la mañana, en un aparente verano, con el sol cayendo sobre las cabezas de los peones militares, como un acto más de sacrificio por la patria. Puedes ver detalles de las mujeres de los militares secándose las gotas que recorren sus caras, de los abanicos que se mueven con desesperación y del gesto de un presidente que se desanuda la corbata y se abre la camisa como si estuviera a punto de devorarse la pantalla, como si quisiera exigirle a medio mundo que use su pecho como blanco en campo de tiro. No, no la vi en el cine. Ya sabes que acá es tan complicado encontrar películas como estas en alguna sala. La compré a 60 centavos en la calle.

El punto es que el man se levanta de su asiento, junto a ese jefe militar regordete y ajado, y lanza un grito que detiene el desfile. Los demás se miran. Los edecanes se acercan para preguntarle si todo está bien y de sus orejas brota una sustancia blanca y pastosa. Es como si el cerebro se le estuviera cocinando y luchara por encontrar una salida al exterior. El chillido fue lo más impresionante. Era como si un velociraptor de Jurassic Park se hubiera encarnado en la laringe de este pobre presidente sudamericano. Espera, ya te voy a contar la mejor parte. La seguridad del tipo se le acerca para ayudarle, ya sabes cómo son esas cosas de la seguridad nacional y de la protección. Sin embargo, no puedes olvidar que estamos hablando de una película de bajo presupuesto: aquí son dos tipos que a cada lado le preguntan si se encuentra bien. Es el presidente al que le está saliendo líquido blanco por las orejas y los tarados le preguntan si se está sintiendo bien. Lo bueno es que no duran mucho en pantalla. Aquí empieza la sangre… ya sabes cómo es eso de los «héroes» por la defensa de una democracia. Siempre hay un primer gil y los que mueren primero no sólo mueren jóvenes, sino que mueren por nada. Bueno, dos agentes o edecanes son partidos a la mitad por los brazos excesivamente fuertes de un presidente que supura esa misma sustancia blanca por la boca. Imagínate los alaridos de los extras.

Aquí empiezan las dificultades reales, porque hasta ahora el conflicto era mínimo. Lo que vemos es cómo, en cuestión de segundos, la tribuna de honor se debate entre el rojo de la sangre y ese blanco que sigue emanando el presidente de su boca y orejas. La cabeza del gordo comandante, en primer plato, achatada, como si hubiera sido aplastada por dos yunques. De ahí nada más. Decir eso es exagerar, no olvides que es tan mala esta película que sólo escuchamos el pavor de la gente que está siendo atacada y vemos la cara de los militares que desfilan, que permanecen sin comprender nada y el escape desesperado de quienes se habían acercado a la avenida principal a ver el desfile. No tuvieron dinero ni para mostrar ese primer ataque. Si nos ponemos buena gente podríamos establecer una relación con ese acto y lo que cualquier gobierno haría en circunstancias de peligro: ocultar los datos. Pero no hay que ver cosas en los sitios donde no hay. Los soldados sostienen sus armas y apuntan al presidente, que respira con dificultad y se arrodilla entre los cadáveres de todos quienes lo acompañaron. ¿Quién va a disparar en esa circunstancia? El tipo es el presidente y los diálogos que escuchamos en la película, gracias al uso de las radios que llevan, son para reírse: hacen todo un análisis del valor de la elección popular, a pesar de las circunstancias. Hay días en los que estoy convencido de que son este tipo de películas las que te ofrecen un mejor panorama de la realidad. «Es la persona que eligió el pueblo. Y el pueblo es la voz de Dios», le dice, si no me equivoco, el general de la policía al Ministro de Defensa. Y por ahí hay otra perla: «En la constitución no se ha contemplado la posibilidad de que el presidente se convierta en un monstruo sediento de sangre», je, je, je, je. ¿Quién escribe estas cosas?

Yo hubiera puesto otros diálogos, como: «Vamos a ver de qué sirve tener mayoría en la asamblea», o «¿Esto entraría en la categoría de ‘autogolpe’?»

A veces creo que lo que extraigo de lo que veo son mis lecturas desesperadas. Es decir, veo las cosas que quiero ver. Lo más probable es que le esté dando mucho más peso a algo que sólo tiene aire escapándose a través de cada poro. No me vengas con esas cosas ahora. Yo no digo nada de esas películas europeas que ves y reseñas. No pueden ser más muertas… eso de continente viejo debe pesar al final. Mira que sólo en un país como este se puede hacer una película que acabe con el poder político y a la vez te dé placer. Tienes que verla, mi querido. No es que busque una respuesta o una revelación ligada con lo que el individuo necesita. Al final aquí nada de eso importa. Quizás les puedes pedir a los daneses algo como esto, pero de seguro lo llenarían de diálogos, y al final todo esfuerzo será inútil. Ahora, ya viene la locura. Están ahí, apuntando a un presidente convertido en un perro rabioso. La locación no varía y todo se desarrolla rápido, aunque cuando termina la película descubres que han pasado poco menos de dos horas. Necesitan una orden, saben que no pueden dispararle al presidente, porque zombi/monstruo/pie grande o no, es el presidente. Nadie dice la palabra, pero en la espera de la orden insinúan mucho el magnicidio como única respuesta. Están jodidos. Tratan de controlar esa escalada de violencia presidencial. El vicepresidente llega a la escena y declina el ofrecimiento de un grupo de asambleístas de ser la nueva cabeza del Ejecutivo. En un giro entre sorpresivo y común y con una sobreactuación que ya de por sí hace ver al resto de actores como Marlon Brando, el vicepresidente, inmutable, sólo dice: «Este proceso que vivimos se basa en la confianza… yo confío en el presidente, ya saldrá de esto… Ya saldrá de esto.» Vemos ese momento de tensión, en el que el presidente fuera de sí camina de un lado a otro, olfateando los cadáveres, sin tener conciencia de lo que sucede. Te juro, no entendía por qué el título, pero a medida que los minutos pasaban pude comprender la mejor de las metáforas: esos monstruos son los que están a su alrededor. Claro, esta idea no sirve de nada si te cuento lo que sigue.

El Presidente de la Asamblea, con un caminar muy lento, se acerca hasta la criatura que es el presidente e intenta hablar con él. Ya imaginas cómo termina. Nadie dispara, nadie respira. Lo que queda del Presidente de la Asamblea son retazos de carne que cuelgan de las comisuras del presidente. Ya nos estamos poniendo más gore.

¿Sabes? Esa ausencia es significativa. Porque nunca, ahora que lo mencionas, hay algún representante del poder judicial. Sí, ya sé, la justicia no funciona en Sudamérica, peor en este país. De seguro hay algo de eso: un acuerdo tácito con la realidad. Y quizás eso es todo lo que haya, porque cuando ataca al Presidente de la Asamblea es que la película cae en un pozo que va entre lo interesante y lo extraño. Se pueden ver a extraterrestres observando los acontecimientos en una pantalla, desde una nave espacial propia de Plan 9 from Outer Space. Y en ese lenguaje inventado y fonéticamente torpe, comentan acerca de la señal de televisión que les llega a la nave. Ahí descubrimos que lo que le pasa al presidente es producto de una infección intergaláctica. Sí, se fue a la mierda. Estás olvidando, una vez más, que ésta es una historia ridícula. Así entendemos que es casi una filtración industrial de otro planeta y ellos, más que sentir pena, apagan el televisor y se van del cuarto. No hay más extraterrestres en la película. Actores y participantes que entran y salen. Ya cuando las cosas llegan a ese punto del cual parece que no hay retorno, y con varios miembros del gabinete descabezados, es que se produce lo que se puede definir como el clímax: uno a uno se van levantando y empiezan a echar de los orificios que les quedan ese líquido blanco, come leche cortada, y recorren el perímetro con paso lento, avanzando centímetro a centímetro, amenazantes. Una de las tomas, de todos esos monstruos acercándose a los policías y militares, te impresiona. Únicamente falta escuchar «El pueblo unido jamás será vencido» y nos caeríamos de espaldas. Es aquí donde se da la orden de disparar y los cuerpos empiezan a descomponerse con mucha facilidad al recibir las balas. Al presidente le llega un disparo en la frente y aquí el desenlace comienza a adquirir forma. Ya en el suelo abre los ojos y podemos ver que ha recuperado la coloración y forma normales. Se levanta y no puede creer lo que está pasando. Alguien reconoce su cambio y le lanza un arma. El presidente la agarra en el aire y empieza a disparar a todas las cabezas que permanecen de pie y que se aproximan con pasos lentos. Suena un riff de heavy metal y se ralentiza la imagen. El gesto del tipo es impresionante: parece un marine en plena guerra, disfrutando de ese acto desproporcionado. No es una crítica en realidad, no lo puedes ver así. Yo creo que es más bien reconocer una disposición que hay en la gente de ver en sus líderes algo que roce la heroicidad. No es sólo en nosotros, mira que Independence Day es ya lo más alto de ese absurdo: el presidente gringo es piloto y utiliza un avión caza para acabar con los aliens. Bueno, la referencia acá es más que obvia.

No, no sé por qué diantres ese disparo en lugar de matar al tipo lo curó. Ya sabes, hay cosas que a nivel de presidentes no se van a entender jamás.

Yo no sé cómo se les ocurrió algo como esto. La verdad es que es una tremenda película, es una locura que no se puede creer. Este tipo (el director), según leí, en los 70 fue cantante de un grupo de punk y en los 80 se metió de guerrillero (creo que hasta estuvo preso por cinco años). En los 90, fue de esos que entregaron las armas en el gobierno de Borja y desde entonces se ha dedicado a hacer un cine extraño y under. Ya quiero ver más cosas del tipo.

¿Visionario? No creo, lo que pasa es que haces cualquier cosa acá, exagerando y dejando vacíos, y todo parece un reflejo. Ya sabes cómo es.

El final es lo mejor. Es quizás la cosa más extraña, ridícula, graciosa y rebelde que te puedas imaginar. Termina la matanza de todos esos monstruos y puedes ver los cuerpos finalmente mutilados sobre la calzada de la avenida principal. Hay de todo: desde público en general, militares, miembros del gobierno, familiares, asambleístas y hasta siete alcaldes. El vicepresidente se acerca al presidente y lo abraza. Hay una ligera idea de democracia mantenida, de seguridad institucional. Pero el último diálogo, antes de los créditos, es lo mejor de todo. «¿Qué vamos a hacer ahora?», le pregunta al presidente, y el hombre, sin dejar de mirar la masa amorfa de rojo y blanco, lo dice muy bien: «Creo que hay que adelantar las elecciones.» Fade a negro, suena la música de Benny Hill y leemos los nombres de los que hicieron la película de abajo hacia arriba.

© Eduardo Varas | Del libro de relatos Faltas ortográficas (CCE Benjamín Carrión, 2017)

Eduardo Varas | Ecuador, 1979

Es narrador, músico y periodista. Ha colaborado en distintos medios de comunicación y actualmente mantiene una columna dedicada a la divulgación cultural en el diario Primicias. Es también autor de los libros de cuentos Conjeturas para una tarde (2007), Faltas ortográficas (2017) y de la novela Los descosidos (2010). En 2011, integró el panel “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina” de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara. Blog: eduardovarasc.wordpress.com

Foto de autor: Marcela Ribadeneira

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