«Un solo hombre solo», por Marina Perezagua

Cédric tiene 34 años, pero el latido de su corazón joven es un latido ancestral porque, para que Cédric esté vivo, muchos tuvieron que sobrevivir antes de él. Situémonos, para comenzar, 32.000 años antes de nuestra era. Un hombre paleolítico acaba de salvarse de un lobo en una cueva al sur de Francia. Todavía alerta, escucha el eco de su respiración entrecortada, que comienza a disiparse conforme se tranquiliza. En la desaceleración del miedo emergen los sonidos de la gruta: una gota que se filtra por las paredes húmedas, las pisadas de un roedor que reanuda su traslado de semillas. Cuando el oído le confirma que no hay amenaza, el hombre levanta la antorcha y, en la pared frontal de la cueva descubre, por primera vez, algo que nunca antes ha visto: la pintura. No sabe lo que es. Son bisontes y caballos que no se mueven. Depredadores que no atacan. Osos, búhos y hienas. El hombre vuelve a temblar de miedo. Al ver que las bestias permanecen inmóviles se atreve a acercarse a la pared, despacio, desconfiado. Cuando está lo suficientemente cerca les arrima el fuego, las amenaza, las quema. Luego las toca. Recorre con un dedo los contornos de los animales y se lleva el dedo a la boca. Acerca la nariz, les huele, les grita. Vuelve a acercarles el fuego. Pero no reaccionan. Bajo los dibujos hay un charco granate. El hombre moja su mano y marca la pared con la palma derecha. Es una mano reconocible por una característica singular: su dedo meñique, debido seguramente a una condición genética, apenas está desarrollado, es diminuto, casi  invisible. En los días sucesivos el hombre motea con su palma roja de cuatro dedos las siluetas de los animales. Hoy, 34.000 años después, debido al hermetismo con que el yacimiento ha estado naturalmente cerrado, estas pinturas, que doblan en antigüedad a las pinturas más antiguas conocidas, parecen frescas, y en la mano tetradáctila de un hombre paleolítico vemos el primer autorretrato de la historia, el rostro digitado sin el cual Cédric no habría nacido.

Pero ahora Cédric espera una inyección letal atado en una camilla. Los que se la van a administrar, debido al juramento hipocrático —comprometido en preservar la vida— no pueden ser médicos. Se les llama técnicos. Estos técnicos le pondrán en cada brazo una vía intravenosa; tres drogas que en cantidades letales serán administradas por orden. Primero, el tiopental sódico deshabilitará los sentidos. Cédric perderá el conocimiento. En una siguiente fase sus músculos, incluido el diafragma, comenzarán a paralizarse. Es la acción del bromuro de pancuronio, por la cual Cédric perderá la capacidad de respirar. Pero su corazón seguiría latiendo por un tiempo, si no fuera porque, para acelerar el proceso —que no debe durar más de cinco minutos— se le inyectará la tercera sustancia: El cloruro de potasio, que despolarizará el músculo cardíaco hasta que el corazón de Cédric se detenga.

Cédric mira el techo de la celda donde le han trasladado. Es mucho más blanco que el de la celda donde ha estado los últimos cinco años. No está nervioso, porque aceptó tomar algunos sedantes orales que ya le están haciendo efecto. Le ofrecieron las dos pastillitas sueltas en un pequeño plato de porcelana, junto con una copa de agua y una servilleta bien planchada, igual que se sirve un aperitivo. Recuerda aquel canapé de salmón que le ofrecieron en una terraza de verano, pero su aperitivo de ahora le está abriendo un apetito distinto. Un gusto amargo a pastilla disuelta bajo la lengua comienza a liberarle los sentidos a una ensoñación que la comida principal, inyectada directamente en sus venas, cerrará. Está triste. No recuerda haber estado tan triste antes y, sin embargo, le gustaría que ese momento se alargara durante una larga vida.

Cédric comparte con sus antepasados el mismo deseo de dilatar su vida. Siglo III d. C. Un hombre que, como su ancestro de cuatro dedos, se arma para defenderse. Frente a él no habrá un lobo, sino otro hombre. En el coliseo de Thysdrus, provincia romana de África, actual El Djem, el gladiador se prepara en la penumbra de los túneles para salir a la arena. Afuera, el sol está alto y se escucha el griterío de las gradas en olas que van y vienen de acuerdo con el interés de la lucha. En las mazmorras se huele la podredumbre de hombres y bestias, sangre, heces y sudor. Antes de que el gladiador salga, un guardián pasa a lo largo de su brazo una espátula y, al llegar a la muñeca, vierte el sudor en un pequeño frasco. Si vuelve a ganar la batalla, el líquido se venderá por el doble de su valor actual. Una hora más tarde los esclavos al servicio del anfiteatro arrastran con un garfio de hierro al vencido, mientras el sudor amarillento del vencedor pasa por entre las manos de las mujeres en las gradas, que desean el frasco y pujan por su posesión. Con esta última lucha el gladiador ha ganado su libertad. Los próximos sudores los vuelca por voluntad propia en la piel de numerosas mujeres.

La seda fue el primer hilo que unió Oriente y Occidente. Los romanos creían que la seda crecía en unos árboles lanudos de China, y el Imperio chino, aprovechando esa creencia, guardó el secreto de su elaboración. Una ley imperial condenaba a muerte la exportación de gusanos o sus huevos. El exgladiador, mudado a comerciante, no llegó a conocer en ninguno de sus viajes el secreto de los gusanos. Tampoco llegó a saber que, mientras las larvas Bombyx mori hilaban las fibras de proteínas de los capullos de la seda, una muchacha metamorfoseaba su espermatozoide en una crisálida que rompería, nueve meses más tarde, su hija.

Cédric recuerda un sueño recurrente en una etapa de su infancia. Más que un sueño, es una sensación, que no sentía desde que, a la edad de once años, estuvo enfermo durante meses con unas fiebres reumáticas. Algunas noches deliraba, y entonces imaginaba que su nariz se había taponado por una semilla redonda y anaranjada. El pequeño fruto atascado le hacía conocer, a través del olfato, el sabor del árbol que, en el delirio, comenzaba a brotarle de la nariz. Cuando la fiebre remitía sacaba del armario una caja de zapatos. Allí estaban las pequeñas semillas saltarinas que su tía le había regalado al volver de uno de sus viajes explicándole que, lo que hacía saltar al fruto, era una larva en su interior. La oruga necesitaba humedad para no resecarse y reaccionaba a los rayos ultravioletas con un movimiento que provocaba el salto de la semilla, como si ella misma fuera más animal que vegetal. Cédric, ahora con las muñecas y los tobillos sujetos a la camilla, se recuerda moviéndose de un lado a otro de la cama en las fiebres de infancia.

Once siglos estuvo la simiente romana pasando de penes a vientres chinos hasta que, en 1405 salta, en la sangre de un almirante plebeyo, a la flota de la dinastía Ming; una flota cuyo número de naves supera en el momento al de todas las flotas europeas juntas. Siete velas cuadradas de seda roja ondean en la nave principal, de 134 metros de eslora. Al timón, el almirante Zheng He, el plebeyo que a la edad de once años fue arrancado de su familia y llevado a la corte como regalo para el hijo del Emperador. Como excepción, no fue castrado, y en dos de los treinta y siete países que visitó, dejó a tres mujeres embarazadas. La última, en España.

Como los hilos de la seda el hilo de la peste pasa de Asia a Europa. Una descendiente de Zheng He, en una mañana de 1649 en Sevilla, descubre en la piel de su marido una bola negra, que se multiplica en otras bolas durante los días sucesivos. Muchos vecinos experimentan los mismos síntomas; escalofríos, dolores de cabeza, hemorragias y lesiones necróticas. Son síntomas parecidos a los de la peste que había asolado Florencia exactamente tres siglos antes, caracterizados por un curso rapidísimo, tan veloz que un humanista italiano lo refirió así alrededor de 1351:

¡Cuántos hombres ilustres, cuántas bellas mujeres, cuántos jóvenes gallardos, a quienes Galeno, Hipócrates o Esculapio hubieran juzgado sanísimos, almorzaron por la mañana con sus parientes, compañeros y amigos, y cenaron por la noche con sus antepasados, en el otro mundo!

La epidemia diezmó la mitad de la población de Sevilla, y constituyó la primera arma biológica que se conoce. Así, durante las guerras, los muertos por el contagio se catapultaban a las ciudades enemigas para extender la peste. Al principio la enfermedad se transmitió a través de las pulgas de las ratas. Dos ratas tienen dos mil crías en un año, pero la peste mutó en poco tiempo y comenzó a pasar de hombre a hombre a través de la tos. Cédric, en la celda de una época que invierte en la exploración de armas biológicas, tose, y arroja una flema purulenta.

En el Moscú del siglo XIX un hombrecillo borracho se gana la vida cantando canciones populares. En julio de 1812, llevado por la fortuna a las proximidades del río Niemen, se encuentra con la Grande Armée de Napoleón. Desde un escondite, ve arrojar cientos de cadáveres a fosas comunes. No son víctimas de la guerra, sino de la llamada fiebre de las trincheras, transmitida por el piojo humano. Al morir el hombrecillo de viejo dijo que el alcohol, que por aquel entonces se consideraba la vacuna para ciertas enfermedades epidémicas, le había salvado de la fiebre a pesar de los muchos piojos que habitaron su cabeza. Se lo decía a su hijo pequeño entregándole, como única herencia, una botellita de licor de zapekanka.

Cédric no sabe si tiene derecho a una última voluntad pero, desde el sopor de los calmantes, pide un trago. Al pedirlo siente su lengua pesada, acartonada. Recuerda la rugosidad del tronco de un árbol en el campo de sus abuelos. Se ve a sí mismo de niño levantando la corteza con sus manos suaves. Es un tejo —escucha la voz de su abuela—. Un árbol sagrado —decía ella— porque es inmortal y, antes de morir, cuando se está pudriendo, deja caer una hoja en el interior de su tronco. Esta pequeña hoja —le explicaba— comienza a limpiar la podredumbre, como un pececillo corydora limpia las paredes de un acuario, y para ello se come lo podrido, se alimenta de ello, y así crece hasta formar la raíz sana que sostendrá al árbol durante mil años más. Y Cédric, inmovilizado en la camilla, escucha la canción de su abuela mientras le arrulla a la sombra del tejo: Las vidas de tres zarzos, la vida de un perro. Las vidas de tres perros, la vida de un caballo. Las vidas de tres caballos, la vida de un hombre. Las vidas de tres hombres, la vida de un águila. Las vidas de tres águilas, la vida de un tejo. La vida de un tejo, la longitud de una era. Siete mil eras desde la creación hasta el día del juicio.

Cédric ve la cabeza de un técnico sobre él. Cierra los ojos y ve una foto. Es como una familia grande, con mucha gente, jóvenes, niños, ancianos. Todos miran a la cámara. Intenta identificar la foto. Tira, en la pesadez de la narcosis, del  hilo de la memoria. Entonces recuerda una conocida noticia. El 13 de octubre de 1972 un avión con cuarenta y cinco pasajeros, en su mayoría jóvenes integrantes de un equipo de rugby, se estrella en la cordillera de los Andes. Los supervivientes lograron sobrevivir setenta y dos días en la nieve alimentándose de la carne congelada de sus compañeros muertos. Pero lo que retumba en la cabeza de Cédric no es la noticia. Es la foto. Esa foto que se le ha pegado a la corteza del cerebro, que poco a poco va ralentizando los pensamientos. No tiene fuerzas, salvo para la tristeza. Su tristeza es como la hoja del tejo que se transforma en vida por medio de la muerte, una raíz, una garra que aprieta más conforme las fuerzas desaparecen. Su tristeza, el nervio de la debilidad extrema. Siente el pinchazo en la vena. La foto. La foto con todas esas caras que miran al objetivo. Todos alegres. Son muchos. Cada uno sonríe a su manera, y él tan triste a la manera de cualquier hombre del mundo, en la camilla. Detenido en esa imagen de alegría recuerda el testimonio de uno de los supervivientes de los Andes: «En el avión íbamos cuarenta y cinco. Sobrevivimos dieciséis. A los veinte años nos reunimos y nos hicimos una foto. Ya éramos setenta. Ahí vimos la mano de la creación.» Cédric gira la cabeza un poco y ve su brazo inyectado. Los técnicos le han dejado solo. Quizás ya esté delirando, pero le parece escuchar su corazón cada vez más lento, como aquel hombre paleolítico de nueve dedos escuchó, en la desaceleración del miedo, los ruidos de la caverna, la vida que emergía. Cédric ve el líquido que pasa desde el fino tubo de plástico hasta su vena invisible. Mira su mano. El líquido va entrando y reúne sus últimas fuerzas en la articulación de un pensamiento: Cédric se pregunta de qué bisabuelo habrá heredado su mano de cuatro dedos.

© Marina Perezagua | Del libro de relatos Leche (Libros del Lince, 2013)

Marina Perezagua | España, 1978

Es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y doctora en Filología (Stony Brook University). Obtuvo también una Maestría en Escritura Creativa en Español en New York University. Es autora de los libros de cuentos Criaturas abisales (2011) y Leche (2013) y de las novelas Yoro (2015), Don Quijote de Manhattan (2016) y Seis formas de morir en Texas (2019). En 2016, recibió el Premio Sor Juan Inés de la Cruz.

Foto de autora: Ana Matías

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