«Rosas de la infancia», por Raquel Castro

Una vez, en mi cumpleaños, me regalaron un zombi. Era la cosa más mona: gruñoncito, apestosito, asesinito. Lindísimo. No podía esperar a regresar a clases para llevarlo a la escuela (todos los niños llevan sus juguetes luego de Reyes o luego de su cumpleaños, para presumirlos a sus amiguitos. Mis des­gracias eran dos: la primera, que mi cumpleaños caía —y sigue cayendo— a mitad de las vacaciones de verano —aun­que ahora no tengo vacaciones de verano—, y la segunda, que yo no tenía amiguitos).

El primer día de clases lo llevé, escondido, por supues­to. Es muy difícil esconder a un zombi, porque no cabe en la mochila, y porque hay que tener cuidado de que no te muerda a ti, su dueño (a diferencia de los perros, los zombis sí muerden la mano que les da de comer). Pero me las inge­nié y lo disfracé de compañerito nuevo. Un poco crecido, un poco oloroso, pero peores cosas se llegaban a ver en mi es­cuela.

Nadie se dio cuenta de que ese día se comió a Juanito, el niño que siempre me jalaba el cabello, porque senté a Zambi (así se llamaba, en honor, por supuesto, a cierto ve­nadito de moda en ese entonces) en el lugar que estaba junto al mío. La maestra vio todos los asientos ocupados y ni siquiera se fijó en el niño grandote y medio verdoso que devoraba un pedazo de pierna en la fila del fondo.

El segundo día de clases le tocó turno a Lucila, una niña que siempre me hacía gestos. Ella sacaba la lengua y hacía bizco y, de pronto, lo que sacó fue el ojo. O más bien, se lo sacó Zambi, de un mordisco. Pero como estábamos jugando con plastilina, nadie puso atención. Así era mi escuela.

La maestra supuso que habían cambiado de grupo a Lucila. Eso pasaba mucho en los primeros días de clases. Y como las secretarias se llevaban las cosas con mucha calma, normalmente entregaban las listas de asistencia hasta entrado noviembre. Así que Zambi no tuvo ningún problema.

Luego faltaron el mismo día tres niños más. «Juraría que los vi en el patio en la mañana», dijo Miss Tere, mi maestra (me gustaba su nombre: sonaba a «misterio»), pero nada más suspiró y siguió leyendo su novela condensada editada por Reader’s Digest. Mientras, Zambi se daba el atracón de su vida (o bueno, de su no-vida) en el tanque de arena del jardín.

Cuando sólo quedaban siete u ocho niños, la maestra se preocupó en serio: ¿habría una nueva epidemia de vari­cela? O peor todavía, ¿de sarampión? (Miss Tere nunca había tenido sarampión, y le daba mucho miedo). Así que nos preguntó si nos sentíamos bien. Mis compañeritos asintieron con la cabeza, pálidos, nerviosos, aterrados por mi amenaza: el que vaya de chismoso se las ve con Zambi. Yo asentí tam­bién, aunque estaba sonrosadita, ojobrillante y sonriente. Lo malo es que Zambi no asintió. Y la maestra se dio cuenta de su color entre cerúleo y apistachado, de su mirada perdida y, en general, de su apariencia de malestar. Así que la maestra sospechó algo peor que el sarampión: hepatitis. Y valiente­mente, salió corriendo por la enfermera.

Qué lástima que la señorita Julia, la enfermera, intentara verle la lengua a Zambi. Podría dulcificar la historia diciendo que, simplemente, no pudo volver a escribir con la derecha, pero la verdad es que no sólo perdió la mano, en paz des­canse. Y qué lástima que Miss Tere se puso como loca. Pega­ba de alaridos y parecía que se iba a desmayar. Zambi se aburrió del performance y la mordió, pero nomás tantito.

Cuando la directora se dio cuenta de que mi grupo no había salido al recreo, se preocupó (tenía el antecedente de varios padres que habían llamado, angustiados, porque sus hijos no habían regresado a casa; ella les dijo que la juventud, cada vez más rebelde, es así: «Dele tiempo, señora: verá que anda de reventón. Ya sé que tiene cinco años, pero le digo, cada vez empiezan más temprano con el sexo y las drogas», dicen que dijo). Incluso pensó en desbaratar el grupo y mezclarnos con los otros terceros de kínder, pero mientras, fue a buscarnos. Se imaginaba que nos encontraría borrachos o durmiendo la mona, qué se yo.

Ella sí se dio cuenta luego luego de que Zambi no es­taba inscrito: llevaba casi un mes de polizón, sin pagar cole­giatura. ¡Inconcebible! Quiso regañar a Miss Tere, pero ella respondió arrancándole un poquito de intestino y luego otro cachito más y otro, hasta que se la comió completa. Creo que a Miss Tere no le gustaba que la regañen.

El resto del año fue muy tranquilo. Los otros niños del salón me daban sus lonches, y jugaban conmigo a lo que yo quería, tantito por miedo a Zambi y a Miss Tere, pero tam­bién porque aprendieron a quererme. Después de todo, ya desde entonces era yo una linda persona, y hasta les dejaba escoger a qué niño o niña de los otros grupos se comerían Zambi y Miss Tere al día siguiente.

Pero todo lo bueno se termina: cierta mañana, ya casi a fin de curso, mi mamá se dio cuenta de que me llevaba a Miss Tere y a Zambi a la escuela, y se enojó mucho: «qué mala escuela donde dejan que los niños lleven sus juguetes», dijo. Y me obligó a dejarlos en casa. Pensé que el primero de primaria iba a ser realmente aburrido, aún cuando podía seguir jugando con Zambi y con Miss Tere después de clases, pero me equivoqué: en mi siguiente cumpleaños me regalaron un poltergeist.

© Raquel Castro | Del libro de relatos El ataque de los zombis (parte mil quinientos) (UNAM, 2020)

Raquel Castro | México, 1976

Es narradora, traductora y profesora de escritura creativa. En 2012, obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular por el libro Ojos llenos de sombra. Ha publicado las novelas Lejos de casa (2013), Dark Doll (2014) y Un beso en tu futuro (2017), así como la colección de cuentos El ataque de los zombis (parte mil quinientos) (2020). Como traductora ha editado en castellano obras de Adam Rapp y Nnedi Okorafor. Sitio web: www.raxxie.com

Foto de autora: Archivo

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