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CÓSMICA CALAVERA #NoEsUnMundoOrdinario

Cuento

«La granja», por Izaskun Gracia Quintana

Es lo único que sé hacer. Criar ganado, digo. Es lo único que sé hacer, porque no me he dedi­cado a otra cosa en toda mi vida. Mis abuelos construyeron esta granja, de la que después vivirían mis padres y mis tíos, y ahora yo soy el encargado de sacarla adelante, a pesar de las dificultades. Ni se imagina. No es que este trabajo haya sido fácil alguna vez, porque vi­vir del campo o del ganado nunca lo es, pero en los últimos años se ha convertido en una tarea casi imposible. Parece mentira. Tanto avance y al final… ¿Mis abuelos? Mis abuelos criaban vacas, cerdos, pollos… lo habitual. Tenían también una pequeña huerta, lo que les permitió sobrevivir a las dos guerras en mejores condiciones que muchos de sus ve­cinos, pero su principal fuente de ingresos fue siempre la granja, por supuesto. Vendían leche, queso, huevos… y embutidos, cuando era época de matanza. Mi madre y mis tíos aprendieron el oficio de sus padres, y todos ellos (salvo mi tía Luz, que estudió medicina y trabajó durante toda su vida en un hospital de la zona) se dedicaron a la crianza de ani­males. Cuando mis abuelos fueron demasia­do mayores o se sintieron demasiado cansa­dos para seguir trabajando, mi madre (que ya se había casado) y mis tíos se ocuparon de la granja. Hicieron una obra enorme para po­der hacerse cargo de más animales y siguie­ron vendiendo productos derivados de la crianza, aunque de forma más profesional, por decirlo de alguna manera. Si mis abuelos habían vendido huevos, leche y demás a los ve­cinos (y, de vez en cuando, en las ferias que so­lían organizarse en la región), mis padres y mis tíos lograron ver sus productos a la ven­ta en supermercados de todo el país. Se hi­cieron con un pequeño nombre en la indus­tria, algo que considero realmente admirable, y durante varios años les fue bastante bien. No es que nadaran en la abundancia, pero lo­graron que a ningún miembro de la familia le faltara de nada. Tenga en cuenta que estamos hablando de finales del siglo XX; todo estaba empezando a torcerse, aunque nadie quisie­ra darse cuenta de ello… Me refiero a la si­tuación en general, no sólo a las crisis econó­micas que llegarían pocos años después. Estas nos afectaron, claro, pero al ser la nues­tra una empresa familiar, con pocos emplea­dos y no muy grande, nos mantuvimos a flo­te. Sobrevivir a la guerra fue más difícil. Mi tío Juan murió en el frente, como muchos de nuestros conocidos, y tuvimos que enterrar a varios familiares a causa de lo que llamaban entonces «enfermedades asociadas», que no era sino la forma políticamente correcta de nombrar las afecciones causadas por los ga­ses venenosos o por las armas bacteriológi­cas… El gobierno puede decir al respecto lo que le venga en gana; aquí todos hemos visto avionetas salidas de quién sabe dónde fumi­gando la región, así que nadie puede decir­nos de qué han muerto los nuestros, porque lo sabemos muy bien… Pero eso ahora da igual. Estaba hablando de la guerra, sí. Fue muy duro. Yo ya trabajaba en la granja cuan­do estalló, y el recuerdo más vívido que ten­go de aquellos años, además del hambre que pasábamos, era el tener que amontonar y quemar animales muertos todos los días: los nuestros, las mascotas de los vecinos, los ani­males del bosque… incluso insectos, figúrese. Teníamos que manejarlos a paladas; ni sé cuántos kilos podíamos llegar a quemar a diario. No había jornada que llegara a su fin sin que algún animal hubiera fallecido, gene­ralmente tras haber pasado un par de días tumbado, quejándose e incapaz de comer o beber. Era terrible… Sí, sí, ocurrió en todas partes al mismo tiempo. Al principio, pensa­mos que era un problema de esta zona; del país, incluso, pero qué va, las noticias que lle­gaban del resto del mundo confirmaban que los animales (cualquier tipo de animal: ma­míferos, reptiles, peces, insectos… en cautivi­dad o en estado salvaje, daba lo mismo) se estaban muriendo y nadie sabía por qué. Y entonces les llegó el turno a las plantas. Aún se estaba decidiendo cómo actuar con el pro­blema de la fauna cuando la flora empezó a desaparecer. Primero, morían las plantas do­mésticas; es decir, las que la gente tenía en casa o las cultivadas en huertos, jardines y tie­rras de labranza, y después las de los bosques y selvas. Ocurrió con mucha rapidez, como en el caso de los animales: un día a las hojas de una planta se les oscurecían los bordes y en cuarenta y ocho horas la planta en cuestión se había secado completamente. Era imposi­ble aprovechar nada, ni siquiera los frutos (si los había), pues se pudrían en pocas horas. Y así llegó el fin de la guerra, claro… Me la trae floja lo que digan los políticos. Si se firmó el Tratado de la Hermandad (hay que ser hipó­crita para ponerle tal nombre), fue porque los mismos dirigentes que nos habían meti­do en una tercera guerra mundial se dieron cuenta de que el planeta se moría con rapi­dez (si hubiese seguido muriéndose al ritmo de los cincuenta años anteriores, a nadie le habría importado lo más mínimo) y de que no podían seguir bombardeándose entre sí si querían salvar el culo. No se engañe: la gue­rra estalló y se terminó por intereses econó­micos, como pasa siempre. Ni conciencia ecológica ni amor por la humanidad ni tonte­rías por el estilo. Y cuando terminó la guerra llegó el hambre, lo cual era de esperar, te­niendo en cuenta que el 75% de la flora y la fauna había desaparecido de la faz de la Tierra y que, en consecuencia, la protección de lo poco que quedaba pasó a considerarse un asunto de vida o muerte (siempre lo había sido, pero hasta entonces no le había impor­tado lo suficiente a nadie como para hacer algo al respecto). Ya conoce las leyes: a todo aquel que dañe o acabe con la vida de un ani­mal o una planta se le aplicará automática­mente la pena capital. Sin juicios ni procesos de por medio. ¡Bah! Al principio, a los gana­deros y granjeros nos permitieron mantener los animales que habían sobrevivido, aun­que, por supuesto, no podíamos sacrificar­los. Eso salvó a nuestra familia durante un tiempo, pues pudimos alimentarnos de la le­che y los huevos que nos daban la única vaca y las tres gallinas que todavía vivían. A medi­da que las reservas de alimentos se agota­ban, la Alianza de Naciones decidió alimen­tar a la población con preparados sintéticos que, según decían, contenían todos los nu­trientes que un ser humano necesita para vi­vir. Hubo quien dijo que era comida de astro­nautas. Si he de ser sincero, yo no sé si aquello que nos daban era lo que se comía entonces en el espacio, pero era repugnante. ¡Puaj! Pero ¿qué le voy a contar? Usted tam­bién ha comido esa asquerosidad y sabe de lo que le hablo… La cuestión es que no basta­ba para alimentar a toda la población, claro, porque no se podía producir suficiente pre­parado para miles de millones de personas, habiendo, como había, déficit de materias primas. Así que la gente empezó a morir de inanición. Millones de personas morían a diario: en sus casas, en sus puestos de traba­jo, en los hospitales, en las calles… Los ce­menterios se colapsaron, los hornos crema­torios dejaron de dar abasto y al final tuvo que intervenir el ejército y llevarse los cadá­veres que terminaban por acumularse como motas de polvo por todas partes, porque gran parte de la población había empezado a usarlos como alimento. Llegó a haber bandas organizadas, los «buitres», que se pasaban el día en la calle, al acecho, esperando que un transeúnte desfalleciese o directamente mu­riera a causa del hambre, para llevárselo lo más rápido posible quién sabe adónde e ima­gino que comérselo poco después. Cuando los soldados ocuparon las calles y se encar­garon de recoger los cadáveres, estos grupos se quedaron sin sustento y decidieron pasar a la acción. Había que tener mucho cuidado con ellos. Solían elegir a sus víctimas en fun­ción de su gordura, por lo que cualquiera que fuera algo más que piel y huesos hacía bien en no salir de casa más que lo realmente im­prescindible y, en todo caso, procurar hacer­lo sólo cuando hubiese soldados cerca. Poco importaba que el canibalismo también se pe­nara con la muerte o que se hubiese decreta­do el estado de excepción: nadie estaba a sal­vo. Cualquiera podía sufrir un ataque nada más poner el pie en la calle. Se llegó a tal punto de inseguridad y de falta de alimentos que la Alianza de Naciones se vio obligada a tomar cartas en el asunto (bien porque el problema lo requería, bien porque varios po­líticos y sus familias habían sido atacados y devorados por sus empleados domésticos), y no tuvo más remedio que regularizar la si­tuación. Primero se aprobó la Ley del Primer Cuerpo, según la cual toda pareja oficial (en­tendiendo como oficiales los matrimonios y las parejas de hecho inscritas en el registro) estaba obligada a concebir un hijo y entre­gárselo al Estado una semana después de su nacimiento. La Ley de los Cuerpos Alternos, que entró en vigor al mismo tiempo, estable­cía que, si una pareja tenía más hijos, debía asimismo entregarlos al Estado de forma al­terna, es decir, los padres podían quedarse con los hijos pares (el segundo, el cuarto…), pero tenían que entregar a los impares (el primero, el tercero…). Se suponía que la puesta en práctica de estas leyes debía ayu­dar a paliar el hambre reinante (pues los cuerpos entregados a las autoridades eran convenientemente procesados y servidos a la población junto con el preparado sintéti­co), pero no fue así. Estaba claro que no iba a funcionar, por una gran cantidad de motivos diferentes: primero, llevar un embarazo a buen término con la falta de alimentos que había entonces y con el nivel de estrés con el que había que lidiar a diario era casi imposi­ble; segundo, la obligación de entregar la mi­tad de la prole para alimentar al resto del mundo hacía que la mayoría de las parejas no se inscribiera en el registro (o que se se­parara de cara a la galería y continuara en secreto con su relación) y que, por supuesto, se asegurase por todos los medios posibles de no engendrar una criatura, ni siquiera por accidente; y, por último, como se puede us­ted imaginar, la gente que seguía teniendo hijos ideó un millón de trucos diferentes para no tener que entregarlos (o, al menos, para no entregar tantos como en teoría de­bía): desde ocultar el embarazo, primero, y falsificar los libros de familia y los certifica­dos de entrega después, hasta comprarles a madres solteras sus recién nacidos a cambio de cantidades variables de preparado sinté­tico (estas iban a tener que entregarlos de todas maneras, debido a la Ley de Entrega Monoparental, que estipulaba la entrega al Estado de todo bebé nacido fuera de una pa­reja oficial) y hacer pasar a esos bebés por los propios. Al ver que la situación seguía siendo insostenible y que el ritmo de muer­tes no disminuía (porque la gente seguía mu­riéndose de hambre, porque seguía siendo asesinada o porque los buitres morían debi­do a las enfermedades transmitidas por la carne de los cuerpos que devoraban), la Alianza de Naciones decidió revocar la Ley del Primer Cuerpo y la Ley de los Cuerpos Al­ternos varios años después de haberlas puesto en vigor. Al mismo tiempo, se hizo cargo de los pocos animales que quedaban en las granjas y los reubicó en los Centros de Preservación Animal, donde los científicos intentaban salvarlos de la extinción. Por lo que yo sé, aún lo están intentando, y no les está saliendo muy bien que digamos. Pero ese es otro tema. Se aprobó entonces la Ley de Cuerpos de Crianza, gracias a la cual a los dueños de granjas se nos dio la oportunidad de continuar con nuestro trabajo y de poder salir adelante sin dejar de hacer lo que mejor sabíamos (criar ganado), al mismo tiempo que nos adaptábamos a las nuevas necesida­des del mercado. Nosotros aceptamos, por supuesto, y desde entonces (y ya va para veinte años; es increíble cómo pasa el tiem­po) nos va relativamente bien, aunque nos costó un poco empezar debido al cambio de género. Además, tuvimos que hacer obras y remodelar toda la granja, porque las madres viven aquí y no podíamos tenerlas en jaulas, como antes hacíamos con los animales… No, aquí no se improvisa nada, está todo regula­do. De vez en cuando acuden voluntarias a la granja, mujeres jóvenes sin recursos que quieren un techo y un trabajo y les da igual qué hacer con tal de dejar de pasar hambre, pero lo normal es que sea el Estado el que nos envíe a la mayoría de candidatas a ma­dres. Sea como sea, todas, vengan de donde vengan, tienen que pasar una serie de prue­bas y demostrar que están sanas, que son fértiles y lo suficientemente fuertes, tanto fí­sica como mentalmente, como para tener va­rios hijos y entregarlos nada más nacer, sa­biendo que van a utilizarse para alimentar al resto del mundo. Los fecundadores también viven aquí, en un ala diferente… Sí, bueno, se dicen muchas tonterías al respecto. ¿Qué se piensa la gente, que vivimos en una orgía eterna? ¡Imbéciles! Desempeñan un trabajo, como lo hacen las madres y como lo hacemos nosotros. Ellos también tienen que pasar una serie de pruebas, como es lógico, y mante­nerse sanos y fuertes para ser capaces de co­pular varias veces al día. Se invierte mucho dinero y muchos preparados sintéticos de primera calidad para que nuestros fecunda­dores y nuestras madres críen cuerpos sanos que nos puedan alimentar a todos, no pode­mos permitir que ocupe nuestras instalaciones cualquiera que quiera pasar un buen rato. No es ético ni lógico. ¡Por favor! Además, las re­laciones sexuales en la granja están termi­nantemente prohibidas fuera de las ocho ho­ras de fecundación establecidas por la ley… Para evitar sustos, ¿para qué, si no? Como digo, todo está perfectamente regulado, has­ta el último detalle… Eh, no, claro que no es así en todas partes. Existen diferentes proce­sos de producción porque también existen diferentes mercados a los que enviar los cuerpos. Esta es una granja bio y, por tanto, aquí la crianza de cuerpos se realiza de ma­nera tradicional. En las fábricas de produc­ción de cuerpos, por el contrario, se fecunda a las madres de manera artificial y las ali­mentan con preparados especiales para mu­jeres gestantes que aceleran el crecimiento de los bebés. Allí, la mayoría de los partos se produce aproximadamente seis semanas an­tes de lo habitual y las madres vuelven a ser fecundadas, por lo general, apenas un mes después de haber dado a luz. Claro, su nivel de producción es muy alto, pero la calidad de los cuerpos deja mucho que desear (tienen dema­siada grasa y tienden a sufrir enfermedades infecciosas, por lo que hay que administrarles antibióticos para que puedan servir para el consumo), por eso son tan baratos. Esos son los cuerpos básicos. Ya sabe, los que se les conceden a las familias con pocos recursos económicos. Según la Ley de Alimentación Básica, todo grupo familiar de cuatro indivi­duos recibe, junto con su ración de prepara­do sintético diario, un cuerpo una vez al mes. Los grupos familiares con recursos sólo reci­ben el preparado, porque se supone que dis­ponen del dinero necesario para comprar cuerpos de calidad, que provienen de granjas como esta: cuerpos sanos, con poca grasa, que han sido concebidos y alimentados de forma natural. Nuestros cuerpos son caros, sí, pero su calidad es de primera clase. No hay color… En nuestra granja, las madres dis­ponen de habitaciones privadas (no como en las fábricas, donde las hacinan en dormito­rios colectivos sin ningún tipo de control) y, fuera de las horas de fecundación, pueden realizar otras actividades… Es muy impor­tante que las madres estén a gusto, por eso disponen de sala de vídeo y biblioteca, e in­cluso de gimnasio. Son muy felices aquí. No, no pueden abandonar el recinto. Ni antes de quedarse embarazadas ni una vez que se ha certificado que lo están. Entonces, con más razón. ¿Sabe cuánto dinero podrían ganar en el mercado negro a cambio de un cuerpo sano y engendrado de forma natural? A ver si se cree que somos idiotas. De ninguna mane­ra. En cuanto una de las madres se queda embarazada, se pone en marcha el Protocolo de Desarrollo del Cuerpo Nonato: primero, deja de tener relaciones sexuales; segundo, se le realizan exámenes y análisis regulares para comprobar que el cuerpo se desarrolla ade­cuadamente; tercero, se la vigila de cerca, es­pecialmente en sus salidas al patio; y, por úl­timo, en cuanto llega a los siete meses de gestación, no se le permite abandonar su ha­bitación. Claro que reciben los mejores cui­dados posibles y que en ningún sitio van a vivir mejor que aquí, pero nunca se sabe. Tenga en cuenta que trabajamos con seres humanos; a veces se les meten ideas raras en la cabeza (les dará por pensar que van a vivir mejor ahí fuera, vaya usted a saber) e inten­tan escapar. Tenemos que ser extremada­mente cuidadosos; sobre todo ahora, por culpa de esos locos… Sí, ya sabe, los AAE, los Activistas por una Alimentación Ética. Al principio eran cuatro pelados, pero cada vez hay más. Raro es el día que no se manifiestan frente a la granja, tiran cócteles molotov y llenan los muros de pintadas insultantes. Es increíble. Parece mentira que tengan tanto tiempo libre y tan pocas ganas de hacer con él algo provechoso. Y, aun así, tocamos made­ra: no nos podemos quejar, porque los insul­tos y los cócteles no nos hacen demasiado daño. Hemos oído rumores, ya sabe. Han lle­gado a quemar granjas con las madres, los fecundadores y los cuerpos recién nacidos dentro. También atacaron a la cocinera esa que sale en televisión, ¿sabe a quién me re­fiero…? Eso es, la que publicó el libro de re­cetas para cocinar cuerpos. Nuevas recetas para nuevos tiempos, creo que se titulaba. A la pobre mujer le dieron una buena paliza, los muy salvajes, casi no lo cuenta. Dicen que somos una aberración, que no está en nues­tra naturaleza devorarnos entre nosotros y, mucho menos, tratar a nuestros congéneres como ganado. ¿Se lo puede creer? Hace treinta años teníamos que defendernos de los vegetarianos y los ecologistas de turno y ahora nos toca lidiar con estos. Son todos unos fanáticos y unos ignorantes. Como si el mundo con el que sueñan fuera posible. ¡Idiotas! La cuestión es molestar y compli­carnos la vida al resto… No, no acepto sus ar­gumentos, claro que no, ¿acaso lo hace us­ted? ¿Cree realmente que somos crueles, que nuestras madres y fecundadores sufren? ¿Cree usted que se puede alimentar a miles de millones de personas sin el trabajo que hacemos aquí? ¡Por el amor de Dios, me de­dico a criar ganado, no a la trata de blancas! ¡Yo no estoy esclavizando ni maltratando a nadie, yo estoy salvando a la humanidad!


© Izaskun Gracia Quintana | Del libro de relatos Lo que ruge (Ediciones El Transbordador, 2021)

Izaskun Gracia Quintana | España, 1977

Nació en Bilbao. Es licenciada en Filología Vasca y trabaja como diseñadora gráfica editorial, traductora y correctora, además de escribir artículos para diversos medios y coordinar talleres de escritura. Fue editora y cofundadora de la editorial de poesía Masmédula. Es autora de los libros de relatos Lo que ruge (2021) y Crónicas del encierro (2016), y de los poemarios Ohe hutsetan (2018), despertar lloviendo (2017), vacuus (2016), ártica/artikoa (2012), saco de humos (XIX Premio de Poesía Villa de Aranda, 2010), eleak eta beleak (XVII Premio de Poesía Ernestina de Champourcín, 2007) y fuegos fatuos (2003). Vive en Berlín desde 2011.

Foto de autora: Archivo

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