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CÓSMICA CALAVERA #NoEsUnMundoOrdinario

Cuento

«Luna Cinema», por Édgar Omar Avilés

Morimos, se dice. No;

es que el mundo dura poco.

Macedonio Fernández


El ejército de tenebrios arriba a la Isla de Pascua: millones de seres de materia oscura (inquietas patas, aletear sincopado), hijos de Tétrico, el Abominable Agujero Negro Cuadrado que ya casi termina de engullir a todo el Universo.

Los tenebrios dirigen sus miradas obscenas hacia el cielo austero, en donde un puñado de estrellas brilla débilmente. Luego perfilan sus filosísimas antenas hacia la gigante y perfecta Luna Llena, sintonizada en el aburrido canal del conejo gris.

Un murmullo marcial empieza a desgarrar la noche: es el ejército oscuro que concentra sus ondas cerebrales; y así, lentamente, el conejo gris empieza a borrarse, a verse con interferencia de estática: va surgiendo Luna Cinema, en medio del creciente ruido blanco y del menguante murmullo impío.

Luna Cinema es la circular pantalla de plata en donde el infausto Tétrico ha dispuesto que los tenebrios encierren perpetuamente a Gabriela y a Chayanne, sus grandes adversarios. Porque a veces es mejor mantener encerrados a los enemigos que matarlos.

Empieza la función a blanco y negro, la solemnidad de los tenebrios es evidente: Gabriela (blonda cabellera, nariz respingada, pómulos marcados y falda larga en la que se adivinan los delgados muslos de su casi raquítica figura) conduce un automóvil compacto mientras platica con Chayanne (tupido pelo grasiento, ojos ladinos, regordete y tan pequeño que no sobrepasa el medio metro), apoltronado en el asiento de copiloto:

—Todo empezó hace como diez años, en un accidente de carro en el que perdí la memoria. Todos los recuerdos que tengo son después de esa desgracia, en donde también se me dañó el riñón… Entonces me puse bien mala: orinaba sangre, como navajas —dice Gabriela, sujetando fuertemente el volante con ambas manos—. Desde entonces traigo siempre a mi San Cristóbal, patrono de los conductores, para que me cuide de los accidentes —señala una estatuilla a un lado del freno de mano.

—¡Huevos…! ¿Y luego? —inquiere Chayanne, mirándola por el rabillo del ojo.

Los tenebrios entornan grotescas sonrisas, reconocen aquella escena que se repite cada dos lustros; aquel delirio atroz que tanto los complace desde que sucedió por primera vez, hace más de cinco mil años, cuando el Universo todavía estaba pincelado con un billón de prodigiosas estrellas.

—Pues mi hermano, que Dios tenga en su gloria —dice Gabriela, a la par que se santigua —, me regaló un riñón, pero cuando me abrieron se dieron cuenta de que yo, en lugar de riñones, tenía un ornitorrinco muerto. Sí, uno hecho bolita.

La calle se prolonga en la noche. La mortecina luz del alumbrado público hace parecer fantasmas que acechan a los árboles en las aceras.

—¿Y luego? —vuelve a preguntar Chayanne, mientras ve los ojos claros de Gabriela reflejados en el espejo retrovisor.

Gabriela y Chayanne murieron, y después de la muerte reencarnaron no en la Tierra, sino en la superficie de un minúsculo asteroide, y no fueron dos, sino uno: Totóh, el Globero de los Caleidoscópicos Colores.

Y el Globero Totóh fue acogido como discípulo de las sabias Nebulosas Septentrionales. Ellas le develaron el misterio y la razón del Universo; conoció todo, hasta lo probable. Supo entonces que su esencia eran los globos, y los globos fueron uno con él. Así aprendió el arte de ser héroe.

Las Nebulosas Septentrionales lo bendijeron, y antes de despedirlo le entregaron la sacra daga de marfil que tendría que clavarse en el pecho cuando el momento llegara.

Gabriela prende la radio. Un suave jazz armoniza la escena, el vaivén del automóvil se sincroniza con el ritmo del saxofón.

—Intentaron ponerme el riñón, pero mi cuerpo lo rechazaba…, hasta que un grupo de cirujanos y nefrólogos llegó a la conclusión de que necesitaban implantarme otro ornitorrinco para que pudiera hacer la diálisis…, uno vivo —en los ojos de Gabriela, dos lágrimas tiemblan.

—¡Huevos!, ese soy yo: ¡uno bien vivo! —responde sonriendo Chayanne con su voz aguda y nasal.

Pero el Universo era un lugar tranquilo y los oficios de Totóh se reducían a detener huracanes o a rescatar doncellas de pequeños planetas. Durante décadas su hazaña mayor fue inflar en su cuerpo grandes músculos, y así tener la fuerza requerida para desviar el curso del tiempo, evitando la colisión de dos eras.

—Te ves sano…, pero cómo saberlo, ustedes los ornitorrincos son tan extraños —dice Gabriela, mientras enciende un delgado cigarrillo—. Yo no sabía que hablar fuera una de sus peculiaridades.

—Somos chingones… Pero, la verdad, no hablamos.

—¡Es por telepatía! —exclama Gabriela, mientras exhala humo que se va por la ventana hacia las calles nocturnas, llenas de prostitutos y de mendigas. El viento se enfría.

—Nel, no exageres, no es para tanto… ¿Y crees que sea muy necesario que el ornitorrinco sea ornitorrinco de nacimiento? —pregunta titubeante.

—¿A qué te refieres? —una sombra matiza las mejillas de Gabriela. El auto compacto salta con un bache. En la radio, el jazz ha terminado.

Pero la tranquilidad fue violentada cuando, inexplicablemente, decenas de planetas inocentes empezaron a salirse de sus órbitas. El terror cundió en el Universo.

Fue así como la sagacidad del Globero Totóh tuvo que entrar en juego y, luego de muchas búsquedas y deducciones, logró descubrir que había un nuevo y perverso morador en el Universo: Tétrico, el Abominable Agujero Negro Cuadrado. Tétrico empezó a parir a sus hijos: los tenebrios, aquellas negresencias de duras corazas que se encargarían de robar la fuerza gravitatoria de los planetas.

—Pues a eso… Verás, yo era un cantante muy famoso: Chayanne, así me llamaba.

—Me suena…, creo que de chica te escuchaba… Ya sabes que mi memoria está dañada…, aunque con la gracia de Dios se ha ido recuperando poco a poco.

—¡Pero cómo no te vas a acordar!: yo cantaba «Tiempo de Vals»…

—Mm… Creo que es una cumbia, ¿no? —responde Gabriela, mientras deja la segunda colilla en el cenicero.

—¡No la chingues…! Olvídalo. El chiste es que yo era muy galán y bien famoso, todo perfecto, pero una noche, después de un concierto, me persiguieron un montón de fans alocadas —Chayanne cruza los brazos intentando darse calor por el cada vez más frío viento de la noche—. Yo corría, como siempre, para que me alcanzaran… ¿Sabes?, yo ya estaba casado, pero nunca faltaba alguna fan que quería coger —saborea cada palabra que pronuncia, relamiéndose el pico.

—Preferiría que omitieras los detalles de tu vida sexual… —pide Gabriela, incómoda.

—Chale…, bueno… Te decía que huía de las fans, pero en una esquina, ¡zas! Un carro conducido por una vieja tarada me arrolló. La méndiga se dio a la fuga, según me contaron, aunque al menos alguien alcanzó a romperle un cristal. No la conozco, pero he vivido odiándola… ¡A esa perra que me convirtió en la porquería que ahora soy! —dice Chayanne y sus ojillos tiritan de odio.

 —¡Cielos!, que Dios se apiade de su alma —Gabriela menea la cabeza de derecha a izquierda repetidas veces.

—Desde entonces no he vuelto a coger…

Por las alcantarillas de las calles asciende vapor. Las luces de neón de los bares se suceden interminables.

Un manto negro enlutaba el cielo; un ensordecedor batir de alas chirriantes; una fetidez que secaba pastos y árboles: así era el amargo llegar de una tropa oscura, aquella compuesta de millones de tenebrios dispuestos a saquear el planeta asignado.

Una vez que las patas tocaban suelo, las antenas rastreaban la forma fácil de llegar hasta el incandescente núcleo del planeta, para robar las invisibles piedras de la fuerza de gravedad. Cargados con ellas emprendían el retorno hacia Tétrico.

Totóh, el Globero de los Caleidoscópicos Colores, juró proteger y devolver la paz a las criaturas que, por falta de la vital fuerza de gravedad en sus planetas, se veían envueltas en el terror de alejarse día a día de su estrella, para acercarse inexorablemente a las fauces de Tétrico. Cada vez más en el frío, en la tormenta y en la noche terrible.

—Sí, casi muero bajo las llantas. Cuando desperté no me podía mover ni así, ni un dedito, pero alcanzaba a ver que mis piernas estaban hechas mierda —Chayanne baja la mirada—. Fui llevado a un hospital, yo no sabía qué pasaba, pero iba en una camilla. Y ahí, cuando recuperé la conciencia, el cirujano me dice: «Mmmm, joven…, con tan poco material que nos queda de usted, mmm, lo más parecido que puedo reconstruirlo a lo que usted era antes es…», me veía concienzudamente, como si yo fuera su pito y estuviera buscándose ladillas. Veía mis despojos, lo que había quedado de mi cuerpo… Entonces me dice: «un ornitorrinco». El resto es pura triste historia… Me quedé sin chamba. ¡Quién quiere ver a un pinche ornitorrinco cantar mientras menea las nalgas!, y sin un quinto en la cola… Todas mis pertenencias se las quedaron cabrones que ni conozco, porque me dieron por muerto… Mi esposa no me creyó nada y no me quedó más que mendigar y luego buscar algún trabajo.

—¡Dios mío!, pobre de ti. Por eso yo siempre traigo a mi San Cristóbal, para que me cuide de no atropellar a alguien… —dice la agobiada Gabriela, señalando la estatuilla.

—A quien más odio en el mundo es a quien me atropelló. Todas las noches mis sueños se convierten en pesadillas cuando aparece una silueta enana y deforme, y yo sé que esa silueta es de la puta que me destruyó la vida…

Y comenzó Totóh, propulsado por un manojo de globos llenos de helio, a surcar cada centímetro del Universo. Así logró encontrar y desvanecer innumerables tropas tenebrias, devolviendo los cargamentos de piedras de fuerza gravitatoria a donde habían sido robados. Pero Tétrico no menguaría en su afán, la maldad se acendró y el ejército tenebrio centuplicó filas.

Totóh sabía ser héroe; era un vendaval que reducía a basura cósmica a los insectos oscuros. Pero mientras salvaba a setecientos setenta y siete planetas, las criaturas de otros tantos (abrazadas, lloriqueando) lo llamaban a gritos y alejándose batían sus manos o tentáculos para decirle «adiós» a su estrella, aquella benefactora a la que habían orbitado durante siglos.

—Ha de haber sido muy difícil, luego de tanta fama…

—¡Huevos!, y que lo digas, hice de todo: trabajé en un circo, redacté cartas de Doctora Corazón, fui cargador en un mercado, salí de extra en unos documentales de la National Geographic, vendí globos en las plazas…

—Los globos son lindos, tantos colores, creo que de niña me gustaban mucho… —comenta Gabriela para quitar tensión, intentando escarbar en su lisiada memoria.

—Ese fue el trabajo que más disfruté. Aprendí a hacer miquimauses, flores, piolines, espadas y un chingo de figuras. Pero el jefe del negocio me corrió porque la mitad de los globos los ponchaba… —Chayanne muestra sus garras.

—¡Oh, lo siento! —exclama Gabriela, incómoda, y detiene el automóvil en un semáforo que se adivina en luz roja, pese a estar todo en blanco y negro.

 En la radio el locutor predice una noche aún más fría. Gabriela se santigua.

Los planetas sin gravedad no tardaban en llegar a donde se encontraba Tétrico; y mientras los planetas atravesaban la garganta del agujero negro, las inocentes criaturas recordaban sus vidas, pero deformadas por el halo siniestro y mentiroso de Tétrico: ora recordaban haber sido repugnantes, ora comprendían que jamás fueron amadas; a la par acaecía la tortura física y cada músculo y hueso era estirado hasta reventar. Amorfas, pero vivas y conscientes, las contrahechas criaturas llegaban al centro mismo de Tétrico: ahí escuchaban sus maléficas carcajadas-bufidos y olían su nauseabundo hedor de vómito y excremento. Las centurias eran la única esperanza de irse desintegrando hasta no existir, tras haber acrecentado la mole de aquel agujero negro que se alimentaba de la materia de los planetas y del dolor de sus criaturas.

—Sí, culero, tuve muchas chambas y en todas hubo broncas con los jefes… Luego supe que se solicitaba a un ornitorrinco y pues quiero saber qué tanto estás dispuesta a pagar…

—No mucho…, pero tendrías en donde vivir y tres comidas al día, como Dios manda.

El semáforo se pone en verde.

—Pues mínimo no pasaría hambre ni frío, como ahora… —reflexiona Chayanne. Se aclara la garganta e intenta escupir por la ventana, pero al no alcanzarla escupe el respaldo del asiento.

Totóh sabía que para preservar al Universo sus hazañas eran aún limitadas, que era menester un combate último, uno en donde de tajo se borrara a los tenebrios para poder arrostrar a Tétrico en igualdad de condiciones y entonces hacerlo implotar. Por eso, a lo largo de siglos de batallas, Totóh forjó un ejercito también: doce millones de globos humanoides autómatas; doce millones de guerreros camuflajistas a los que insufló vida y llamó «globots».

—Pero temo que sí se necesite a un ornitorrinco de nacimiento… —se adelanta a decir Gabriela con la voz ensombrecida por la resignación.

—¡Me cago para adentro…! ¿Y si lo intentamos…? —Chayanne se agarra las sienes, desesperado.

—No sé…, quizá sea contraproducente —deja una cuarta colilla en el cenicero—. Quién sabe qué tan peligroso pueda ser…

Y el combate final sobrevino. Y los soplidos de los globots, en franca desventaja numérica, se batían contra las afiladas antenas tenebrias que, dotadas con radares, encontraban y desinflaban mortalmente a muchos de los valientes globots, algunos tan versados en el camuflaje que por minutos lograban hacerse pasar por tenebrios o por espacios vacíos, para después con soplidos-torbellinos despedazar al enemigo. Fueron tiempos de guerra; de lucha cuerpo a cuerpo; de abordajes y decapitados; de estrategia y arrojo.

En el fragor de las décadas, los globots y su capitán Totóh derramaron la corrosiva sangre negra hasta que no hubo tenebrio vivo. Entonces, el Gran Globero constituyó la sabia Carta Magna con la que habría de regirse el Universo: fraternidad y justicia unirían a todas las criaturas. Concluido lo anterior, pudo llegar donde Tétrico y dejarse absorber por las terribles fauces endiabladas. Inmutable soportó la tortura y una vez en el centro maldito del Agujero Negro, Totóh hizo lo que sabía que era su destino: se clavó la sacra daga de marfil en el pecho. Tétrico y Totóh implotaron, y de ellos sólo una oleada de rayos gama quedó.

—¿Y dónde vas a conseguir un ornitorrinco de a de veras…? —se apresura a decir Chayanne, agitado—. Total, si no funciono para la diálisis, pues nos despegan y ya…, pero si sí funciono sería poca madre para los dos.

—Tal vez tienes razón —Gabriela sonríe débilmente—. Si todo saliera bien, creo que hasta podríamos ser buenos amigos —dice respirando profundo para no desfallecer.

—O más que buenos amigos… —Chayanne sonríe de lado.

Se hace un silencio. En la radio empieza a escucharse la «Pequeña Serenata Nocturna» de Mozart. Chayanne mira de reojo los senos marcados en la blusa de la conductora.

—¡Estoy recordando! —emocionada, Gabriela rompe el incómodo silencio—: creo que tú eres de Costa Rica o Puerto Rico…

—Puerto Rico, mami.

—¿Y por qué no hablas como los de allá?

—Esa es otra larga y triste historia, chula…

—Oye, en el apartamento tengo una vieja taza de un concierto tuyo de la «gira 2003», que diste aquí, en la ciudad de México…

—¡Huevos!, justo afuera de ese concierto sucedió lo que me sucedió… —dice Chayanne, mirando las sutiles formas de Gabriela.

—Lo siento, no quería recordártelo… ¡Es que de pronto el pasado está volviendo a mi cabeza! —hay esperanza en el asombro de Gabriela.

—…Y el futuro somos tú y yo, corazón —acota Chayanne, relamiéndose el pico—. Después de la operación quizás hasta nos hagamos novios y podríamos coger… hacer el amor de vez en cuando… —coloca en un muslo de la conductora su temblorosa garra, cuyos dedos caminan al ritmo de las partituras de Mozart.

Gabriela intenta quitarse aquella garra que sube hacia su sexo, por lo que pierde el control del automóvil y gira bruscamente el volante. Mete el freno de mano, pero lo hace tarde, porque en el desconcierto, en lugar del freno, primero agarra la estatuilla de San Cristóbal: inevitablemente atropella a un apuesto joven que era perseguido en la acera por un grupo de muchachas. Se escucha un estallido.

Los porfiados globots regresaron la fuerza gravitatoria que se recuperó. Con ésta los planetas pudieron retornar a sus sistemas y paulatinamente recobraron la órbita alrededor de su estrella; sólo unos centenares de planetas se perdieron para nunca en las fauces de Tétrico.

Llegaron los tiempos buenos y, para que estos jamás terminaran, los globots se instauraron como el ejército que resguardaría al Universo de nuevos embates criminales, tal como dejó establecido Totóh en la Carta Magna.

—¡Atropellaron a Chayanne! —gritan incrédulas las fans, arrancándose los cabellos. El cuerpo del gallardo joven yace en la acera: aplanado, sin volumen, iluminado por los fanales rotos del auto compacto.

—¡Huevos! —grita a la par el ornitorrinco Chayanne al ser, por la súbita frenada, proyectado violentamente contra el costado de Gabriela, dándole un cabezazo en el riñón.

—¡Huevos! —dice un grito sofocado desde adentro de Gabriela.

Gabriela no ha podido decir nada: se ha dado en la frente un golpe fortísimo contra el volante. Al alzarse, su rostro está arrugado, como si un siglo se hubiera impactado en él; pero se agarra el costado, al advertir un dolor aún más intenso que el que siente en su frente.

—¡Santo putazo! —dice Chayanne, mientras se agarra la cabeza, también arrugada—. Lo bueno para mí es que tengo bien dura la maceta…

—Dios mío… ¡Atropellamos! —grita de pronto llena de pánico Gabriela.

—Esto huele a mierda… ¡Escapemos! —exclama el ornitorrinco Chayanne que se agacha y se mete entre los pedales para presionar, contra la voluntad de la aletargada conductora, el acelerador.

Odas, bailes y cuentos fueron inspirados recordando las hazañas del Gran Totóh; las agradecidas criaturas no olvidarían a quien les legó la buena ventura. Las abuelas de todos los mundos, con elocuentes ademanes, en las noches lluviosas dormirían a los pequeños cantándoles la historia verdadera del Globero que no conoció titubeo, que ni en la cercana muerte había apaciguado su arrojo. Narraban entonces cómo el héroe infló un planeta para engañar a los tenebrios o cómo confeccionó con globos una catapulta cósmica para derribar lúgubres enjambres enemigos.

Unas leyendas dicen que el portentoso Totóh reencarnó como una apacible enana roja, otras aseguran que como la cola de un cometa.

Gabriela, ya por decisión propia, presiona el acelerador hasta el fondo, con la mirada perdida y las lágrimas escurriendo. Jamás quiso convertirse en asesina y ahora no quiere convertirse en presidiaria. De vez en vez se agarra el costado por el dolor.

El ornitorrinco Chayanne ve por el retrovisor a una muchacha de blonda cabellera que corre hacia ellos, furiosa.

—Esto está de la… —dice para sí mismo el ornitorrinco, pero se interrumpe.

La muchacha, antes de darse por vencida, grita: «Dios se apiade de tu alma, asesina», y avienta por proyectil lo que trae a mano: una taza, que rompe el cristal trasero y llega hasta las garras de Chayanne. Mientras la ve, su pico tiembla ante la inscripción que hay en ella: «Recuerdo de la gira 2003 de Chayanne, en la ciudad de México».

—¿Qué chingados pasa aquí…? —se pregunta el ornitorrinco.

—¿Quién eres tú? —pregunta Gabriela.

—¿Oíste lo que decían…?, el que atropellaste se llama como yo: Chayanne… Y esta taza… ¡Es un recuerdo de mi último concierto!

¿De qué hablas…? ¿Quién eres tú…? ¿Y yo? —vuelve a preguntar, desconcertada.

—No mames…

En la radio se ha interrumpido la «Pequeña Serenata Nocturna» y empieza «Tiempo de Vals». Gabriela y Chayanne se arrugan cada vez más; a la par de la canción un siseo se escucha.

Pero antes de la batalla final, Tétrico presagió su derrota. Así que maquinó un conjuro negro para desquiciar el umbral del tiempo, curvarlo, y hacer que sus tenebrios viajaran al pasado, para que buscaran incansables a Totóh antes de que naciera como tal. De este modo supieron que sus orígenes estaban en el planeta Tierra; que Gabriela y Chayanne al morir (ella de insuficiencia renal y él en un accidente de auto) reencarnarían en la superficie de un minúsculo asteroide y serían uno solo: el Globero Totóh.

Tétrico entonces usó el satélite del planeta Tierra y creó Luna Cinema, para encerrar a Gabriela y a Chayanne en una retorcida e interminable película, en donde nunca morirían; serían los protagonistas de una insólita cinta de Moebius que se uniría en varios puntos, trasgrediendo y empalmando tiempos y espacios.

En Luna Cinema se ve un auto compacto a lo lejos, perdiéndose en el horizonte, entre los árboles que, batidos por el viento frío e iluminados por los fanales rotos, asemejan fantasmas. «Tiempo de Vals» y el silbar del siseo hacen zozobrar el silencio de la noche. Es la última escena y las letrillas de «Fin» son seguidas por los créditos.

Los tenebrios acaban de presenciar nuevamente el punto místico de la película:

En un momento mismo el cantante Chayanne es atropellado y el ornitorrinco Chayanne, por la repentina frenada, da un cabezazo en el costado de Gabriela, lo que provoca la muerte del ornitorrinco que ya llevaba dos lustros conectado como riñón adentro de ella. Chayanne reflexionará: por fin ha encontrado al dueño de aquella deforme silueta que aparece en sus sueños, tronchándolos en pesadillas, atropellándolo una y otra vez… Sabrá que es él mismo, que por su propio acoso todo aquello se generó: le agobiará tanto la culpa que conforme se sucedan los meses irá olvidándolo y aquel instante anómalo se transformará en pesadilla. Después conocerá a Gabriela luego de vagabundear buscando trabajo.

Gabriela, por el golpe en la frente contra el volante, pierde la memoria y, a la par, el cabezazo que le da Chayanne en el costado le daña irremediablemente lo que supone su riñón derecho: así empieza su desgracia, entonces buscará desesperadamente un ornitorrinco vivo para hacer la diálisis. Unos años después conocerá al ornitorrinco Chayanne.

Chayanne nunca sabrá que él también fue, en ese choque, quien ocasionó la muerte a un Chayanne que ya llevaba diez años conectado como riñón en Gabriela.

Gabriela nunca sabrá que ella también fue la muchacha que, diez años atrás, persiguió el automóvil que atropelló a su ídolo, para luego furiosa arrojar una taza contra el parabrisas.

Más de cinco mil años han trascurrido desde que Chayanne y Gabriela fueron confinados. Tétrico, sin la amenaza de Totóh, ha devorado a todos los planetas y satélites (no la Luna: la prisión; no la Tierra: el centro de operaciones tenebrias). El inconmensurable tamaño del agujero negro ya sólo se compara con su voracidad, que a cada segundo harta con estrellas.

Sin embargo, en esta ocasión los tenebrios no vitorean chocando entre ellos sus antenas ni aletean de éxtasis, como lo hacen cada dos lustros, al presenciar el clímax de la cadena perpetua que Tétrico les ha reservado a Gabriela y a Chayanne en Luna Cinema. En esta ocasión los millones de ojos (esas esferas llenas de pus negra) están vaciados por el miedo profundo, por el terror antiguo: han visto cómo el cantante Chayanne, en vez de quedar contrahecho entre su sangre y sus vísceras, ha quedado desinflado. En el automóvil, los rasguñados Gabriela y Chayanne se fueron arrugando, perdiendo aire por las heridas.

Los tenebrios sienten el fracaso, saben que algo ha hecho Totóh, el Globero de los Caleidoscópicos Colores, para liberar a Gabriela y a Chayanne, dejando globots en sus lugares para ganar tiempo. Entonces la mujer y el ornitorrinco podrán morir para después reencarnar en la superficie de un minúsculo asteroide; inevitablemente surgirán el héroe y su ejército que acabarán de tajo con Tétrico, el Abominable Agujero Negro Cuadrado, y con sus hijos, los ladrones de fuerza gravitatoria, como ya algún día ocurrió.

Los tenebrios, en vano intento, empiezan a batir sus alas para marcharse, pero el negro de sus cuerpos es de luto por ellos mismos: en estos instantes del más terrible pánico saben que El Globero los destruirá, y que ya los destruye, y que ya no existen.

Es medianoche en la Isla de Pascua y en el cielo han aparecido de pronto un billón de esplendorosas estrellas y, aunque no se ven, un número infinito de planetas.

La Luna de nuevo está sintonizada en el aburrido canal del conejo gris.


© Édgar Omar Avilés | Del libro de relatos Luna Cinema (Educal, 2010)

Édgar Omar Avilés | México, 1980

Estudió Comunicación y es Maestro en Filosofía de la Cultura. Autor de La noche es luz de un sol negro (2006) y Embrujadero (2010). También ha publicado la novela Efecto vudú (2017) y el ensayo La VALÍStica de la realidad (2012), acerca de la obra del escritor norteamericano Philip K. Dick. Parte de su narrativa se encuentra en las compilaciones Fantasiofrenia (2003), Novísimas voces de la literatura mexicana (2005), Vamos al circo. Minificción hispanoamericana (2017) y Corto circuito (2018).

Foto de autor: Archivo

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